Luego de una carrera donde cada cinta pareciera tener sus cimientos en algún truco extraordinario, Nolan regresa a lo básico: hacer cine, grandilocuente y espectacular, pero cine al fin.
La Odisea es una película de resistencia. En un mundo donde todo es compacto, donde el cine se ve en celulares, donde todo es digital y en streaming, Nolan rema contracorriente a todo lo establecido: no solo obliga al público a regresar a la sala, no solo filma en celuloide, sino que además lo hace en un formato que solo existe de manera nativa en un puñado de cines en el planeta.
Eso no es elitismo, es una decisión estética, pero también es una provocación: si el mundo está empecinado en ver películas en un celular, Nolan navega contra las olas, va hacia las antípodas y filma para las pantallas más grandes y majestuosas que existen en el mundo. Todo artista decide en algún momento el tamaño de su lienzo, Nolan lo tiene claro desde hace mucho: el más grande. Así de simple.
Para Nolan, la sala oscura aún importa, pero el ritual de acudir al templo, entrar en las tinieblas, aislarse del mundo, (¡apagar el maldito celular!) debe ir acompañado de un espectáculo igual de grandilocuente, enorme, magnífico e interesante.
El cine, según Nolan, debe ser un espectáculo que atraiga a las masas de vuelta a la sala, debe ser un cine que idealmente cierre la brecha entre lo comercial y su vis autoral. Un cine donde el espectáculo no esté peleado con la inteligencia.
Y eso es La Odisea, un espectáculo arrebatador, una épica contada con precisión de relojero, con una edición que construye atmósferas y abona a un ritmo impecable , actuaciones de primer nivel, una fotografía que a pesar de la magnitud del lienzo sabe jugar con los espacios cinematográficos que provocan una sensación oceánica, y un score apabullante a cargo de Ludwig Göransson, quien se convierte en el jugador más valioso. Sin su música, la película no sería ni la mitad de efectiva.
La Odisea de Christopher Nolan es una anomalía, es una cinta filmada con el espíritu de la época dorada del cine en Hollywood justo en un momento donde el cine barato -emanado de creadores de YouTube- es “el futuro”. Un cine lleno de estrellas, un cine de alto presupuesto, filmado en su mayoría en locaciones reales, en una producción que pasa por siete países, eludiendo lo más posible los efectos digitales y filmada en un formato imposible de asir en un celular, en una tableta, o en una televisión. Es un cine que ya ni el mismo Hollywood quiere hacer.
Pero lo más interesante es que, de toda su filmografía, La Odisea es la película más espectacular de Nolan y a la vez es la que menos trucos tiene bajo la manga: no está contada al revés, no es una historia dentro de una historia dentro de otra historia, no es una película de superhéroes, no está editada en paralelo, no hay gimmicks, no hay trucos.
Con La Odisea, Nolan hace a un lado muchas de sus taras: dirige secuencias de acción emocionantes, congruentes con el espacio, bien editadas, a un ritmo que sorprende dado el número de set pieces que propone -¡Polifemo, Calipso, Circe, los lestrigones, las sirenas!- y en todas ellas resuelve sin escamotear la emoción, el suspenso, pero sobre todo el peligro que corre Odiseo (Matt Damon en un cast por demás atinado) y sus hombres en su intento de diez años por regresar a su natal Ítaca, donde le espera su siempre fiel Penélope (Anne Hathaway, con intensidad telenovelesca).
No se le puede pedir más al buen cine: no me importan los cambios al texto “original”, las decisiones de cast (la polémica sobre Lupita Nyong’o que solo muestra cuán racista es este planeta), o si Telémaco (Tom Holland, actuando por primera vez en su vida) le dice “dad” a su padre. Lo único que necesitamos es que nos cuenten bien la historia, y vaya que Nolan aquí la cuenta bien.
No todo es ideal, Nolan aún carga sus muy particulares deficiencias -los diálogos de exposición, su incapacidad para escribir y dirigir personajes femeninos interesantes-, siendo la más clara su aversión a la violencia y a la sangre. No hay sangre en esta Odisea, hay pocas muertes espantosas, todo es quirúrgico, incluso frío. Así es el cine de Nolan.
Pero habría que aceptar que incluso con esa domesticación que hace del texto, con esa visión naturalista, siempre precisa, sin espacio para el horror, por momentos se deja llevar por la oscuridad: esa secuencia con Circe es casi de una película de terror que pareciera abrevar de algún video de Chris Cunningham, o qué tal ese homenaje al Goya más oscuro -Saturno devorando a su hijo. Nolan finalmente abraza el horror de frente y no desde la lente de un microscopio.
El espectáculo no hace a un lado a la reflexión, Nolan hace de su Odisea una invitación a reflexionar sobre los tiempos convulsos que se viven: ¿acaso es imposible evitar las guerras?, ¿acaso estamos condenados a repetir la barbarie una y otra vez?
Cual Odiseo regresando a Ítaca, Nolan finalmente entendió que no se necesita de elaboradas maniobras para sorprender, solo se necesita regresar a hacer cine: grandilocuente, monumental, si, pero cine al fin y al cabo.

