Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.

En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las películas nada más terminar de verlas.

Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión, un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando varias noches al final te hizo clic.

Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que si le puedo explicar por qué es tan buena.

Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del proceso de digerirla.

La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el desconcierto al final.

Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.

Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo en las salas y tener la misma experiencia.

Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.

Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las historias nos toquen, nos cambien.

No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de entretener también es muy válida, pero que no son comparables.

Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.

Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.

Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

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