Hace días el líder norteamericano ironizó ante el ocupante del Palacio de Buckingham: “Si no fuera por nosotros, ustedes hablarían hoy alemán.” Se refería, desde luego, a la decisiva participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Carlos le respondió: “Si no fuera por nosotros, ustedes hablarían hoy francés.” Aunque el asunto es menor frente a noticias más recientes, me detengo en él un par de párrafos.

Cualquier hablante de inglés habla un poco de alemán, aunque no lo sepa. Y francés. Y árabe.

Veamos tres palabras –muy comunes hoy– que no son originarias del inglés: war (nos avisa Wikipedia) proviene de una raíz proto–francesa que a su vez se remite a una cepa proto–germánica; es probable que el vocablo inglés quarrel proceda de esta misma fuente, antiquísima. El vocablo inglés tariff no existiría sin el árabe: tarifa viene (nos sigue avisando) del árabe ta´rif, “notificación, información o lista de cuotas” y se deriva de ´arafa, “dar a conocer”. El vocablo, según la misma fuente, habría ingresado en lenguas europeas durante el siglo xvi por la vía del comercio mediterráneo y originalmente se refirió a “tabla de deudas pendientes o inventario”. Una tercera palabra es hamburger, obviamente germana: Ham tal vez significó “ángulo” o “giro”, y Burg es aún hoy “castillo” o “fuerte”. Acaso hot y dog son palabras, ellas sí, de raíz inglesa en el vocabulario diario de muchos personajes.

Las lenguas son muestrarios de la diversidad humana. Carlos hubiera dado una mejor respuesta si hubiera abandonado el simplismo y el imperialismo implícitos en la suya (incluida una visión esquemática y monolítica de los idiomas) y hubiera reconocido que el inglés (como todas las lenguas) se ha enriquecido con el comercio mundial. Y el comercio incluye culturas, narrativas y, sin duda, vocablos que se adaptan a los requerimientos de comunicación y a las posibilidades de pronunciación de cada comarca.

De hecho, las lenguas son sistemas que se regulan ellos mismos gracias a los acuerdos tácitos o pactos de sus hablantes sobre la marcha. Ya veremos en próximas entregas el valor de contar con sinónimos y antónimos y con otras formas estratégicas de comunicación o de expresión o de juego o incluso de dominio y manipulación, formas todas ellas creadas de manera anónima, esto es, colectiva. (Y también veremos si al canciller federal alemán le gustó o no la frase de su par norteamericano.)

Y a veces hay que ponerles freno, no a las palabras, sino a quienes acaso las usan para estos últimos fines: dominio y manipulación. Y es así como en el otro extremo de la importancia de las palabras se encuentran los fríos análisis numéricos que hacen las consultoras de inversión por todo el mundo. (Para estas reflexiones y opiniones me baso en el artículo de Nizaleb Corzo “El memo que no leemos. Lo que los comités globales de inversión dicen de México cuando México no está en la sala”, en Diario Ultimátum, viernes 24 de abril de 2026, p. 14. Debo al doctor Andrés Ordóñez el conocimiento de este texto.)

Dígase aquí simplemente que los inversionistas no se interesan por conferencias matutinas de ninguna especie y que no juzgan a nadie, sino que evalúan: sopesan países enteros o regiones o entidades federativas por factores como la seguridad pública, la independencia del poder judicial, la autonomía de las instituciones, la gobernabilidad, la estabilidad, la calidad de la democracia, el respeto a los derechos humanos y a las diversidades, el sometimiento de los poderes ilegales ante las reglas de convivencia, las buenas relaciones con el multiplicando del trabajo, la amplitud y riqueza de las ofertas educativas y culturales, así como mediáticas: con calma y con base en datos bien recabados y confirmados van llenando casilleros en listas de evaluación, y el país o estado o pueblo respectivo, aspirante a recibir inversiones, obtiene un número que lo coloca en un determinado punto, y el punto puede cambiar conforme dichos factores empeoran o mejoran. No es excesivo describir la transición mexicana en estos términos: hace unos treinta años y durante dos decenios mucha gente buscó alcanzar altos niveles en cada uno de tales factores (que coinciden, por cierto, con la idea de modernidad en Octavio Paz).

Y aun ante los “fríos números” (que al final también son palabras, si bien unívocas) la comunicación sigue siendo decisiva. Se habla del poder como experiencia comunicativa. Y, en efecto, ha de comunicarse muy bien el impacto de cada decisión y de cada información en un contexto tan volátil, vertiginoso y competido como el mundo de hoy. Tal contexto implica una clara comprensión de las interconexiones de los factores, y es así como, si la meta consiste en incrementar el empleo y por ende la recaudación fiscal para unas finanzas sanas y para una mayor presencia del Estado de bienestar a largo plazo, entonces ha de entenderse muy bien qué factores evalúan los inversionistas y cuánta racionalidad hay en ello, pues serán las inversiones productivas las que permitan el incremento del empleo formal.

Desde luego, en estos tiempos de inversionistas cautelosos (bien hacen en serlo) una democracia sana es “condición de posibilidad” de una economía sana, y una economía sana es “condición de posibilidad” de una sociedad sana, de una nación sana. Impedir que el pueblo, sabio como es, vote por la alternativa que juzgue más conveniente y utilizar para dicho impedimento a las nuevas (o no tan nuevas) “fuerzas vivas”, sería (si así estuviera ocurriendo) como empujar una ficha de dominó que terminaría derribando a decenas o cientos de fichas más: un país entero.

Imponer gobernantes estorbando el veredicto de las urnas es una acción moralmente derrotada. Al tiempo.

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