El especulador inmobiliario neoyorquino, cercanísimo al botón nuclear, aseguraba hace unas semanas que no tenía ningún interés en aprender español. Lo entiendo: lleva ochenta años tratando de entenderse con el inglés, ¿para qué iba a esforzarse otros ochenta por una lengua que no utilizará?
En altísimo contraste, el papa León viaja por África y transita con generosa confianza del italiano al español, del latín al inglés, del francés al portugués: reconoce así –signos políticos mediante signos lingüísticos– que el joven continente hereda idiomas de las antiguas metrópolis y tiene derecho, ya tan sólo por eso, a reclamarse parte activa de Occidente. China y el Vaticano lo han entendido muy bien: el futuro del mundo anda moviéndose por esas periferias geográficas y existenciales de las que hablaba la filósofa argentina Amelia Podetti, figura influyente en Jorge Mario Bergoglio.
Creo haber entendido que quienes analizan imperios juzgan la calidad de las élites como uno de los factores para medir la salud y la viabilidad de dichas moles políticas y territoriales. Si así fuera, bastaría que comparáramos las respectivas inteligencias de los dos norteamericanos más famosos hoy en día para que viéramos cuántos años tiene por delante el imperialismo vecino y cuántos el catolicismo peregrino, cada uno por su cuenta.
¿Qué hizo Estados Unidos de América para ir perdiendo calidad y seriedad en sus liderazgos? En todo caso, nuevas generaciones se apuntan para el recambio, y el fatalismo y el determinismo no nos ayudan: se acercan noviembre de 2026 y noviembre de 2028, y ya veremos si las élites económicas y armamentistas norteamericanas llegan a un acuerdo con sus élites políticas para revertir las psicopatologías imperantes en la (todavía) máxima potencia mundial. Por lo menos, buscarán a alguien que haga menos desfiguros y esté menos ansioso de ir de escándalo en escándalo para distraernos de sus escándalos originarios: Epstein, el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, la corrupción galopante, el desprecio a las instituciones…
Entre mis apuntes tengo que hay diez tipos de poder y que las dinámicas y los forcejeos o alianzas entre ellos se complementan con las pugnas entre integrantes de un mismo poder. Me explico. El especulador neoyorquino se alía con miembros del poder financiero especulativo y del poder armamentista y también se alía con su compinche medio oriental, tan ocupante del poder ejecutivo como él, y a la vez ambos, en sus empeños apocalípticos, reciben ráfagas de críticas por parte de otros poderes ejecutivos.
La reciente reunión en Barcelona de varios líderes y del presidente del gobierno español señala una alianza de poderes ejecutivos frente a otros poderes ejecutivos. Después de todo, ya tan sólo México y Brasil tienen más habitantes que Estados Unidos. Frente a la irracionalidad de los escándalos mediáticos y de las amenazas a civilizaciones, se alza la racionalidad de las alianzas dentro de poderes y entre poderes. Y la moneda está en el aire.
A propósito de irracionalidades, la promesa de acabar con una civilización en una noche requiere de dos precisiones: el ocupante (casi con k) de la Casa en avenida Pensilvania está destruyendo, sí, una civilización: Occidente. Y una cultura: la norteamericana. Y no lo logrará en una noche, pero es muy notoria su prisa, quizá para eludir aquellos escándalos de origen.
No detecto una declaración conjunta fuerte a raíz de la reunión de mandatarios, que en los medios españoles parece haber tenido relativamente poca cobertura. Capté por allí un clamor en defensa de la integridad de Cuba. Infiero que, ante el probable fracaso en Irán, los halcones hipnotizados del Potomac apuntarán hacia la isla caribeña antes de las elecciones de noviembre, y esto lo saben (o al menos lo temen) los mandatarios de Brasil, México, España, Colombia, Sudáfrica… Y quieren adelantarse, mostrando músculo político y económico, ya que no militar. (Adelantarse es clave; ya lo decía un personaje de La sombra del Caudillo: “en la política sólo se conjuga el verbo madrugar”).
También me preocupa la integridad de mi país. Me basta enterarme de dos feminicidios muy recientes para sentirme otra vez horrorizado, frustrado, enojado, impaciente. Una joven doctora procedente de Chihuahua… Una joven que buscaba empleo y se trasladó de Iztapalapa a Avenida Revolución…
Para ellas ya no habrá Apocalipsis por la sencilla razón de que ya lo hubo: absolutamente nadie las defendió. Más aun, la absurda disposición de las 72 horas para empezar a “proceder” les da tantas ventajas a los feminicidas que parece redactada por ellos…
Ignoro si el nuevo estado del poder judicial en México empieza a rendir sus frutos, que serán (lo juran) de ensueño. Por lo pronto, la ineptitud y la corrupción parecen encontrarse en su mejor momento. Y no se necesitará un Sherlock Holmes para seguirles la pista a los asesinos de Edith en Revolución 829, Ciudad de México: deben abundar las pistas, y si no se llega muy pronto a los criminales (evitando así nuevos feminicidios), entonces habrá que temer la existencia de una auténtica red de complicidades, dignas de más de un escalofrío.
Estos crímenes y la persistencia de los peores vicios del antiguo régimen porfirista y del antiguo régimen priísta en la “procuración” de justicia me hacen sentir la magnitud del divorcio entre las élites gobernantes y los gobernados. Y, sobre todo, las gobernadas.
Mi pésame: quiero decir, me pesa. Y me pesa que gente joven tenga que salir a buscar trabajo en condiciones tan precarias, que incrementan la vulnerabilidad, especialmente la de las mujeres. Si una utopía nos queda, es la utopía del pleno empleo. El resto es palabritas, palabritas, palabritas.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

