Leí por allí que 198 de los más o menos mil jugadores que compiten por la Copa de futbol profesional varonil nacieron en un país distinto a aquel cuyo escudo y camiseta portan.

La mayoría –casi cien– son africanos que nacieron en la Francia continental. El propio equipo mexicano tiene entre sus goleadores a Quiñones, nacido en Colombia, y a Fidalgo, oriundo de Asturias (El País, de España, ya le dedicó una entrevista a página entera).

Los 198 con dos países en el corazón representan aproximadamente un 20% de quienes han saltado a las canchas en México, Estados Unidos y Canadá. Según mis infatigables algoritmos, actualmente hay unos “304 millones de migrantes internacionales, lo que representa casi el 3.7 % de la población global”. Han de sumarse “cerca de 117 millones de personas desplazadas por la fuerza debido a conflictos, violencia o persecución, incluyendo refugiados y solicitantes de asilo”.

Las dos cantidades apenas rebasan el 5% de una población mundial que hace meses alcanzó y superó los ocho mil millones: el 95% de los seres humanos vive en su país de nacimiento.

Una primera conclusión: ninguna identidad patria parece realmente amenazada con semejantes promedios: 95% frente a un 5% del que todavía habría que descontar a las “personas desplazadas por la fuerza” y seguramente deseosas de volver cuanto antes a su terruño, si termina el respectivo conflicto.

El nacionalismo populista, chauvinista y excluyente se las arregla para buscar culpables donde no los hay; además, ignora (a propósito) que los migrantes llevan riqueza neta, contante y sonante (y constante) a los países a los que llegan.

Hace ya casi cien años Simone Weil nos alertaba contra la presunta utopía de un mundo en el que nadie tendrá que laborar: es inviable y casi indeseable, pues el trabajo contribuye al sentido de la vida. Hoy desde Estados Unidos se repite esta utopía, cuyo efecto es amedrentador contra quienes nos ganamos el día con nuestra fuerza de trabajo.

Ganamos. Ganamos. Ganamos. Ganamos. La selección mexicana ya rompió el traumático techo de cristal de los cuatro partidos como tope. De los ocho goles hasta ahora, cuatro los han anotado Quiñones (tres) y Fidalgo (uno). No es malo el balance: cuatro por nacidos en México; cuatro por nacidos en otro país, pero ya integrados a una nación históricamente generosa y abierta, aunque sin duda con muy serios problemas de saturación en fronteras y de burocracia en temas migratorios.

Recuerdo qué importantes eran en nuestra niñez los modelos transmitidos por el futbol. Una selección que se ve segura, creativa, solvente, puede aportarnos ejemplos positivos en un país más que nunca necesitado de ellos, sobre todo para las edades tempranas.

Las sociedades se mueven por modelos; al menos, los necesitan como parte de su imaginario social o colectivo. Ojalá, cualesquiera que sean los resultados en las fechas futbolísticas futuras, el equipo del experimentado Javier Aguirre deje “el alma en la cancha”, desde luego con “juego limpio” y con “pundonor”.

En el otro extremo de la construcción de modelos energéticos se encuentra la película Dreams (2026), de un director y guionista de apellido Franco. A título muy personal, juzgo inverosímil la trama en un par de escenas, secuencias y actitudes psicológicas. El filme presenta a un joven bailarín indocumentado que cruza en un tráiler por Texas y llega “en aventón” hasta San Francisco. Allí vive una mujer riquísima, menos joven que él, y enamoradísima. Ella lo recibe encantada en su casa con vista a la legendaria bahía. Pero surgen los desencuentros porque ella no se anima a presentarlo formalmente al muy poderoso padre y al muy clasista hermano. Entonces la mujer denuncia al joven ante la policía migratoria y luego va a México a confesarle su hecho y a proponerle que él se quede en la capital azteca, donde ella lo visitará muy seguido. Sin embargo, él ya estaba iniciando una carrera como bailarín en San Francisco, y la carrera prometía ser exitosa. Se enfurece con ella. La maltrata.

El futbol y el cine, junto con la música masiva, se han vuelto los máximos constructores de modelos para los imaginarios locales, regionales, nacionales, continentales, mundiales.

Segunda conclusión: estas tres actividades humanas tienden a convertir tipos en arquetipos. Personas comunes se vuelven paradigmas por la fuerza misma de la actividad respectiva, que goza de una difusión muy superior a otras actividades, como la literatura o la propia danza. Luego entonces, una persona en la cancha, en la pantalla, en el escenario representa a toda una comunidad, aunque no lo quiera.

Esta película hace que el joven bailarín migrante, deseoso de una legalización a la que por lo demás tiene derecho, termine representando muy mal a los jóvenes, a los bailarines, a los migrantes y de paso a México. Propongo que el director Franco despida al guionista Franco y busque apoyo para sus próximas películas en espacios tales como la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas o el Centro de Capacitación Cinematográfica o bien entreviste a miles de migrantes con historias profundas, matizadas, auténticas, dignas de tomarse en cuenta y difundirse: tendrá mejor materia prima para aprovechar los abundantes recursos de los que a todas luces dispone para la producción.

Tercera conclusión: urge una política cultural que fomente el inmenso talento que hay en México (o viene a México) en áreas tan estratégicas como el cine y, en general, las artes.

Por lo pronto, estamos asistiendo al Mundial de los migrantes, con fenómenos tales como una selección brasileña a la que dirige un astuto entrenador italiano. Y nuestro futbol, ahora sí, da muestras de mejoría como válvula de escape y de movilidad social.

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