“Estaba descalzo, estaba dormido...”

Sicarios levantan a campesinos en Guazapares; les exigen sembrar enervantes

José y su esposa llevan tres años sin pisar su rancho. Desde 2014 han pasado por cuatro ciudades tratando de encontrar la paz que les quitó el crimen organizado (ARIEL OJEDA. EL UNIVERSAL)
Nación 20/12/2017 04:42 Íñigo Arredondo Actualizada 15:23
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Lo encontraron descalzo. Era el cuerpo de su hermano. José cuenta que lo levantaron cuando estaba dormido. Debió ser cerca de la medianoche, porque lo encontraron pasada la una de la mañana. Se lo llevaron con su hijo mayor, de unos 35 años, pero a él lo abandonaron en el camino muy golpeado y también descalzo. El cuerpo de Raúl fue hallado del otro lado del municipio Guazapares, cerca de la cabecera municipal de Témoris. Su hermano era el comisario y él se encargaba de vigilar el campo. José cumplió ese papel en el ejido en el año 2000. Entonces todo era muy tranquilo. La mayoría se dedicaba a la producción forestal. En esos años daban aprovechamientos forestales de 14 mil metros cúbicos y hoy apenas y dan para los 5 mil. Dice que siempre se han inflado los permisos, se alteran las actas y la madera ilegal pasa como legal. Es algo normal, expresa.

José se dedicaba al cultivo de manzana. Llegaba a entregar en el mercado de Los Mochis, Sinaloa, mil 400 cartones “plataneros” de manzana que le alcanzaban para vivir todo el año. A días de encontrar el cuerpo de su hermano, fueron a enterrarlo a Bocoyna, donde nacieron. Ahí recibió la primera amenaza de los asesinos. Los identifica como sus primos, que nunca han estado en el “lado recto”. José siguió las huellas de la camioneta que levantó a su hermano y dio con la casa de sus primos.

Por 2014, sus primos empezaron a meter a gente ajena al ejido. Se les veía pasar con el rostro cubierto. Un mes antes habían levantado a otro campesino por no ceder sus tierras; le exigían que sembrara enervantes y se negó. Días después, cuando salió de su rancho para denunciar el asesinato de Raúl, dejó a un encargado y éste le avisó que cinco hombres armados lo habían ido a buscar para “eliminarlo”.

Tras esa amenaza, decidió pedir ayuda a las autoridades y fue acompañado por un comandante y un policía ministerial. Poco pudieron hacer cuando llegaron al rancho. Se toparon con dos jóvenes en la entrada. La idea de José era, al menos, vender la propiedad. Al poco tiempo “nos cayó el jefe de sicarios y 20 hombres con cuernos de chivo. Nos amagaron, me pegaron con el rifle en las partes y me dijeron que me abriera, que si no me iban a reventar y que si hablaba mataban a mi familia”, recuerda.

José relata que los sicarios tenían ropa con camuflaje. Cuatro pistolas en el chaleco antibalas, además del AK-47. Enmascarados. Para hablar del homicidio de su hermano usa las expresiones “reventar”, “ultimaron”, “lo tiraron”. No hace ningún gesto. Lo dice manoteando. Cuando su esposa entiende que ya no quiere hablar, interrumpe y da precisiones. Tienen tres años sin regresar al rancho, perdieron todo. Han estado en cuatro ciudades del estado buscando el hogar que perdieron. No piden esa tierra, sino al menos que se las paguen. José repite, como convenciéndose, que de noche no se debe levantar a nadie, que así no deberían “reventar” a nadie, porque Raúl estaba descalzo, “estaba dormido”.

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