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Ya era suficientemente polémico que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le entregara a Donald Trump el Premio FIFA de la Paz, en una especie de compensación por el hecho de que el presidente estadounidense no obtuvo el Nobel de la Paz.
Pero este domingo, la FIFA decidió retirar la sanción de un partido que pesaba sobre Folarin Balogun, estrella de la Selección de Estados Unidos, tras haber obtenido una tarjeta roja en el juego contra Bosnia-Herzegovina. El escándalo tiene que ver con lo que Trump insinuó primero y confirmó ayer: que llamó a Infantino para pedirle una “revisión” de la decisión de sacarle la roja a Balogun porque, a su juicio, “no era una falta” y era una “gran injusticia” que no se le permitiera jugar contra Bélgica.
Infantino defendió su actuación, alegando que la suspensión de la sanción no tuvo que ver con la llamada de Trump, sino que se trató de una medida adoptada por un comité independiente.
Pero el daño está hecho. Si fue o no una decisión independiente, la duda la sembraron el mismo presidente de Estados Unidos, al vanagloriarse de su llamada; republicanos como Ted Cruz, al agradecerle su gestión, y el propio Infantino, con la condescendencia que ha mostrado ante el mandatario de EU.
Trump es un presidente que está acostumbrado a hacer lo que quiere, que usa su cargo sin empacho para presionar, trátese de aranceles, acuerdos comerciales, tráfico de drogas… o futbol.
Con tal de ganar, no tuvo reparos en actuar para favorecer a un jugador que es ciudadano por derecho de nacimiento, hijo de padres nigerianos, a pesar de que este es un privilegio que el mandatario exige eliminar.
Trump ya había logrado que se le permita entregar el trofeo al ganador del Mundial y poder tener el mismo protagonismo que en el Súper Tazón.
La FIFA parece estar decidida a concederle a Trump todos sus deseos. Mientras que no pudo —según dijo— hacer nada para evitar que la sede del equipo de Irán tuviera que cambiarse porque el gobierno estadounidense no quería alojarla; o para evitar que a un árbitro ya avalado por la Federación se le negara la visa, sí pudo actuar de inmediato para retirar una tarjeta roja y permitir que una estrella del futbol de EU se “salte” la sanción que le correspondía, luego de que Trump se lo pidió.
Además de sentar un precedente, el caso Balogun deja claro que no hay líneas rojas para Trump; que el presidente estadounidense intervendrá, inclusive en los deportes, para imponer su voluntad; que su poder no tiene contrapesos y que está decidido a aplastar a cualquiera que se rehúse a hacer lo que él quiere.
A Trump el futbol no podría importarle menos. Lo que quiere es dejar asentado quién manda. Lo mismo aplica, por ejemplo, para los 259 años de la independencia de EU. Sólo le importó en tanto que era la ocasión perfecta para lucirse. Se vanaglorió de que podría dar el discurso más largo de la historia, y nadie le diría que no, a pesar de que el país enfrenta olas de calor extremo.
Lo mismo en el Mundial. Lo que quiere es demostrar que, si él lo pide, jugará Balogun, o quien tenga que jugar; que nadie va a “sacarle la roja” a Trump; que nadie puede decirle que “no” a lo que pida. Lo preocupante es que, a decir por la reacción de la FIFA, Trump tiene razón.
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