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Cuando las morgues recorrían la ciudad

Las gavetas fueron vehículos que funcionaron como morgues improvisadas a principios del siglo XX. Levantaban de la calle los cuerpos que no tenían quién los identificara y les diera sepultura
Cuando las morgues recorrían la ciudad
06/10/2018
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Texto: Elisa Villa y Nayeli Reyes
Fotos antiguas: Archivo EL UNIVERSAL
Diseño Web: Miguel Ángel Garnica

 

 

Las calles de la ciudad estaban cubiertas de ataúdes improvisados que “esperaban” su turno para que la gaveta los recogiera. Ésta era un vehículo que recogía los cuerpos de personas fallecidas que no tenían quién los reconociera y les diera sepultura. Funcionaban como morgues improvisadas cuando los cementerios no se daban abasto en tiempos de hambruna y epidemia.

Aunque la escena de un vehículo deambulando con fallecidos no identificados parezca reciente (como con los tráileres llenos de cadáveres en Jalisco), en realidad ocurrió hace un siglo, sin la tecnología ni los protocolos sanitarios actuales. En 1915 en vísperas de la Revolución Mexicana, la Ciudad de México atravesó por una época de hambruna.
 

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Así era el trabajo en el depósito de cadáveres. Grabado del interior de una morgue antigua, publicado en EL UNIVERSAL
 

Los gatos fueron el "chivo expiatorio". La gente los comía condimentados y no quedó uno en la ciudad, escribió el historiador Francisco Ramírez. En hospitales psiquiátricos como La Castañeda, fue imposible mantener a los internos y los echaron a la calle, abandonados a su suerte. Las mujeres, a veces niñas, se prostituían por alimentos.

Y también estaban quienes se desplomaban por el hambre y sus cuerpos quedaban tendidos a media calle. A esos nadie los velaba, rezaba y sepultaba. Los diarios de la época describen el olor a descomposición que impregnó la ciudad.

La gaveta los amontonaba y llevaba a los hornos crematorios del Panteón de Dolores. No había donde resguardarlos por si alguien llegaba a reclamarlos. Simplemente los incineraban y sus cenizas eran arrojadas a las barrancas, quizá sin que sus familiares se enteraran de su destino, de acuerdo con una crónica de Héctor de Mauleón.
 

 
Quienes sobrevivieron a la hambruna no corrieron con mejor suerte. En 1918 una epidemia de gripe azotó la ciudad, coincidiendo con los últimos meses de la Primera Guerra Mundial. La gente la bautizó como “el abrazo de Carranza”, aunque otros bromeaban diciendo que fue un “trancazo”.
Esto porque un año atrás, en 1917, Venustiano Carranza desfiló con sus tropas por la Avenida Reforma cuando fue elegido como presidente. Días después del festejo, una ola de gripe se esparció por la ciudad y no pasó de ahí.

En el otoño de 1918, la gente pensó que “el trancazo” había vuelto, solo que esta vez cobraría la vida de quinientas mil víctimas en siete meses. No era un simple trancazo: la gripe española había llegado a México.

La epidemia formó parte de la cultura popular y algunos periodistas aprovecharon la situación para hacer crítica social. Decían que para la clase alta la enfermedad se llamaba “influenza”, palabra tomada del italiano, pero para los más pobres simplemente se llamaba gripe.
 

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Primera plana de EL UNIVERSAL el 20 de abril de 1918. “Es como un estremecimiento que va corriendo por todas las capas de la sociedad, como una sensación de estupor primero y luego de horror”, se lee en el diario

Como sea, la gripe se llevó a ricos y pobres por igual dejando un saldo de 30 millones de muertos en todo el mundo, veintiocho millones más de los que provocó la Primera Guerra Mundial que en ese momento se llevaba a cabo, según el texto de Héctor de Mauleón.

"La enfermedad comenzaba como una gripe común y corriente, y a los tres días el enfermo presentaba alarmantes síntomas como oclusión de las vías respiratorias y abundantes hemorragias nasales que terminaban en la muerte”, escribió la cronista María Elena Solórzano.

Otra vez, los muertos no encontraron espacio en panteones, mucho menos trato digno: “los cuerpos se descomponían en las calles sin que nadie los enterrara”. La prensa de la época criticó duramente al gobierno, pues no desinfectaban los tranvías ni otros espacios públicos pese a que médicos y bacteriólogos de la época ya habían advertido sobre la forma de transmisión de la enfermedad, como se puede constatar en publicaciones de 1918. Al siguiente año, los casos de gripe se acabaron.

En la actualidad, incinerar un cadáver o destruir restos de personas cuya identidad se desconozca o no hayan sido reclamados es considerado un delito ante la Ley General en materia de Desaparición Forzada. La misma ley agrega que quien destruya los restos de un ser humano con el fin de ocultar un crimen recibirá una condena de quince a veinte años en prisión, además de una multa.
 

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Una empleada del Semefo atiende a una mujer que encontró en una gaveta del anfiteatro al que fuera su esposo

 

Crónicas de las morgues

 

La palabra morgue tuvo su origen  en el siglo XVI en Francia, donde se utilizaba para referirse a “un lugar donde se retenía a los prisioneros para su identificación”, según una definición de la Academia Francesa.

Poco después se utilizó el término en su sentido actual: un sitio donde aguardan los muertos no identificados o aquellos a quienes debe practicarse una autopsia. En el México de los años 30, cuando la hambruna y la peste quedaron atrás, un reportero de EL UNIVERSAL visitó la morgue y su descripción de lo que vio quedó para la historia:

“Aquí no se acostumbra clasificar a los muertos que recogen, excepto en el registro de la oficina: limítanse a desnudar el cuerpo y dejarlo botado, venga como viniere, en la plancha o en el suelo a falta de esta última. Debido a este sistema resulta punto menos que imposible tratar de averiguar quiénes fueron estos pobres seres o cómo encontraron su degradante muerte”.

Contó que muy cerca de él estaban dos personas de escasos recursos todavía agonizando en unas camillas, sin embargo ya los habían llevado al depósito de cadáveres. El reportero escribió que las instalaciones estaban más cerca de un cuento de terror que de las morgues en países desarrollados, donde ya se acostumbraba bañar a los fallecidos y colocarlos en refrigeración con una tarjeta en el pie que incluía datos para su identificación en caso de ser reclamados.
 

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Antes de la prueba de ADN, la dactiloscopía era el principal método de identificación de las personas no identificadas en la morgue

En la misma época, las morgues en Estados Unidos eran un escenario de rehabilitación. Algunos jueces obligaban al conductor imprudente a visitar a su víctima en el depósito de cadáveres. Para otros, uno de sus castigos era leer un texto explícito.

Era la descripción gráfica de cómo es la agonía de una persona que fue atropellada, y cómo quedan sus cuerpos después del accidente. "No es mi culpa si los hechos son repugnantes. Si usted tiene los nervios templados como para correr a gran velocidad sin importarle las consecuencias, debería tenerlos igualmente para soportar la correspondiente cura", concluía el texto del castigo.

Mientras tanto, en México se enfrentaban a la falta de una estructura organizada y salubre: “(la morgue) consiste de un cuarto mal ventilado y peor aseado. De los muchos agujeros de las paredes brotan incontables ratas, lustrosas de puro gordas, que se abalanzan sobre los cuerpos y devoran febriles las carnes yertas de los infelices”, describió con horror el reportero Alejandro Aragón.
 

Nuevos servicios forenses

Situaciones como las anteriores se pueden leer en publicaciones de EL UNIVERSAL de mitad del siglo pasado. Las morgues mexicanas cambiaron en los años 60 cuando se inauguró el Servicio Médico Forense (Semefo), ahora el Instituto de Ciencias Forenses (Incifo).

En esa época se implementaron los cuartos de refrigeración para conservar cadáveres, comenta el director del Incifo, Felipe Takajashi. El doctor narra que hasta ese momento comenzaron a usarse las gavetas refrigeradas que mantienen a la persona fallecida en temperaturas de cero a menos dos grados centígrados.
 

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“Lo que establece la Ley de Desaparición Forzada, es que ningún cadáver en calidad de desconocido puede ser destruido, en el sentido de la cremación”, dice el director del Instituto de Ciencias Forenses (Incifo), Felipe Takajashi (FOTO: Elisa Villa Román)

En un principio había compartimientos individuales, el Semefo tenía 70 espacios para resguardar los cadáveres, éstas fueron reemplazadas por dos cámaras de refrigeración y una de congelación, el director del Incifo comenta que esto permite optimizar el espacio y mejorar la higiene, la capacidad actual es de 500 lugares.

De acuerdo con Takajashi, en la Ciudad de México el Incifo no ha tenido grandes crisis en el manejo de cuerpos. En 1985 la institución sólo colaboró con la identificación de cuerpos de víctimas del terremoto, pero no estuvo involucrada con la conservación de los mismos. En ese desastre un campo de béisbol fue improvisado como una monumental morgue. Hoy, en ese espacio se levanta el centro comercial Parque Delta.

Sin embargo, en 1986 sí hubo un sobrecupo de personas fallecidas, reconoce. Recuerda que ahí llegaron las víctimas del accidente de aviación de Cerritos, Los Ángeles. Eran cerca de 126 muertos: “al ser esa cantidad de víctimas mortales sí las trasladaron para acá y fue el único evento que yo recuerde generó algo así”.
 

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Desde que se creó el Semefo en 1960, se comenzaron a usar las gavetas con refrigeración. Este método ya era común en otros países en 1934

Aunque no todos los que llegan al Incifo son identificados antes de ir a la fosa común, ahora existe obligatoriamente un registro postmortem de su paso por la institución. El Incifo tiene fichas decadactilares desde los años 70, aunque es poco común a la fecha aún hay quienes solicitan estos documentos antiguos para identificar a alguien, principalmente instancias como la PGR.

“(Antes), los servidores públicos que estaban al frente de un servicio forense no se preocupaban por mantener (la evidencia) de forma indefinida porque no sabían de la repercusión que podría tener; actualmente mantenemos los expedientes de forma indefinida”, detalla.

Un siglo después, en algunas ciudades  circulan otra vez los tráileres de la muerte, vehículos con cajas refrigerantes improvisadas como morgues. Colectivos de búsqueda de personas desaparecidas han denunciado que las dependencias trabajan sin leyes claras que les permitan encontrar a sus familiares.
 

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Agosto 1986. Personas esperan afuera de las instalaciones de Semefo a que alguien les de aviso para ingresar e identificar al probable familiar que llegó hasta ese lugar

“Falta mucho para que llegue el día en que podamos decir que México cuenta con una morgue montada con todas las exigencias modernas”, así lo afirmó hace 82 años el periodista Alejandro Aragón. Hoy, sus palabras siguen vigentes.
 

FUENTES:
Hemeroteca EL UNIVERSAL
“Cementerio vecinal del pueblo de San Juan Tlihuaca”, investigación de María Elena Solórzano (2011). (Recuperado de https://goo.gl/5fvhqR)
Entrevista con el Dr. Felipe Takajashi, director del Instituto de Ciencias Forenses (Incifo)
Grandes desastres de la Ciudad de México, selección de Héctor de Mauleón (2018)
La Ciudad de México durante la Revolución Constitucionalista, Francisco Ramírez Plancarte (1940). (Recuperado de https://goo.gl/eDNFra)
“Ley general en materia de desaparición forzada de personas” (DOF 17 de noviembre de 2017). (Recuperada de https://goo.gl/edyJKT)
La fotografía Hombre baja cadáver de una carreta del Hospital General, pertenece al archivo Casasola y se encuentra en la Mediateca INAH (https://goo.gl/hkxXm4)