“Al salir a la calle, todo era horrible; toda la avenida donde pasan los carros estaba llena de ropa, de telas, de cortinas, trapos, hilos, de mil cosas que se cayeron de los edificios”, recuerda Gloria Sánchez Gutiérrez, una de las costureras que sobrevivió al terremoto del 19 de septiembre de 1985, que afectó talleres textiles situados en la Ciudad de México.
Gloria, quien trabajaba en los talleres de la empresa Carnival, cosiendo ropa interior de dama, entraba a trabajar a las 7:00 de la mañana en un edificio localizado en avenida San Antonio Abad, por donde ahora pasa el parque elevado. Apenas 19 minutos después de iniciar su jornada, el sismo de magnitud 8.1 sacudió ese y los demás edificios de la zona.
“Ese día llegué, me metí al locker, me cambié la ropa, me puse mi bata de trabajar —teníamos que usar bata—, me cambié los tacones por zapatos bajitos, empecé a trabajar y coser, cuando sentí que me mareé y se me cayó un locker de hilos. Me alcancé a salir y escuché que atrás de mi dijeron ‘está temblando’”, cuenta a EL UNIVERSAL.

A 41 años de la tragedia —y tras haber experimentado también los sismos de septiembre de 2017—, la mujer advierte la importancia de prevenir.
Recomienda hacer una mochila de vida y no dar por sentado nada, pues “no somos de hule”.
“Yo entendí que tenemos que tener precaución, prevenir. Desde el 2017, que fue el otro terremoto, tengo una maleta con muchas cosas que son indispensables: documentos, papeles, pilas, lápices, una frazada, medicamentos. No mucho, pero cosas que son necesarias para un momento dado. Cada que suena la alarma, agarro mi maleta y me salgo. Lo deberíamos hacer todos. Hay personas de mi propia familia que se ríen: ‘Ay, ahí va con su maleta’, yo lo siento, pero la saco”, dice.
En el Monumento a la Costurera, ubicada en en la esquina de avenida San Antonio Abad y calle Manuel J. Othón, en la colonia Obrera, Gloria, aún con lágrimas por el sentimiento que le provoca recordar aquella vivencia, afirma “aprendí que no somos eternos, ni somos de hule”.
“Fue desesperante. El impacto de salir y ver todo aquello que se vivió, te lo juro: el enrejado del Metro estaba ensangrentado, muchas chicas desgarradas, señoras tiradas. Había en una calle a un lado del edificio, donde habían tres edificios y se cayó el del medio, niños llorando, personas gritando”.
Aunque el edificio donde ella laboraba no se derrumbó, sí sufrió daños y grietas, señala. Tras los sismos, cuenta que las mujeres se quedaron casi un mes a las afueras del inmueble para evitar que entraran y sacaran sus cosas.
“Los dueños eran judíos, muy buenas gentes. Nos exigían que nos metiéramos y no queríamos. Duramos un mes ahí afuera. Fuimos al Sindicato que teníamos, nos dijeron que no nos podían ayudar; (...) fuimos a la universidad a buscar peritos para que vinieran a valorar el edificio. Ya vinieron y nos dijeron que no había problema, que estaba bien, que sí podíamos seguir, continuar trabajando. Nuestro alegato era que el edificio no estaba en buenas condiciones y el vibrar de tantas máquinas podía dañar más. Dijeron que no, que a Dios gracias el edificio estaba bien, que sí tenía golpes, pero que eran superficiales”, explica.
Gloria advierte que tras la revisión, las mujeres se convencieron y regresaron a su edificio a trabajar, pero en octubre un nuevo sismo la hizo salir corriendo, y ya no quisieron regresar. Entonces se les ofreció firmar su renuncia voluntaria y el pago de ley; a quienes no quisieran, se les ofreció irse a trabajar a otro edificio de la empresa situado en Ermita Iztapalapa. Ella, quien llevaba 11 años laborando en la empresa, prefirió renunciar.
Agrega que lo más duro de ese 19 de septiembre fue dejar de ver a las personas que conoció en su andar laboral. “En este edificio, como el de Carnival, ahí hacíamos amistad, la plática, y conocimos a muchas personas, personas que ya no volví a ver”, concluye.
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