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Después del sismo del pasado 19 de septiembre, María Luisa Hernández Iduñate se volvió sonámbula. Sin darse cuenta, se levantaba por las noches y gritaba, la chica de 26 años sufrió estrés postraumático.

Al momento del terremoto, su mayor preocupación fue el bienestar de sus trabajadores y del inmueble que renta, donde vende vestidos exclusivos.

María Luisa es diseñadora de modas, y tenía pavor de perder su negocio en tan sólo unos minutos, así como el trabajo y esfuerzo de toda una vida.

Pero no sucedió así. El inmueble, ubicado en la calle Zacatecas 208 en la colonia Roma Norte, quedó intacto, pero no su tranquilidad. Supo de su sonambulismo por su madre, quien llegó de Torreón, Coahuila, cinco días después del sismo de magnitud 7.1.

“Mi mamá llegó para ayudarme con el negocio, tenía muchas cosas qué hacer, tenía que atender los pedidos de ropa e ir con las autoridades para solicitar revisión del inmueble. Fueron días muy difíciles”, relata.

Por las mañanas se levantaba cansada, agotada; pensó que el ejercicio mejoraría su estado de ánimo pero no. Diez minutos en la caminadora y no podía seguir por la ansiedad.

“Fue mucho el estrés de tener que manejar todo [en mi negocio]: desde que mis trabajadores estuvieran bien, ver que verificaran el inmueble, y seguir trabajando para no quedar mal con mis clientes”, explica.

Aquel martes 19 de septiembre, María Luisa Hernández estaba en su oficina revisando un pedido de vestidos. De pronto uno de sus cuatro trabajadores dijo: “está temblando, se siente que se mueve el edificio”; en seguida bajaron.

En la calle se enfrentó a uno de los shocks más grandes de su vida: ver a la gente llorar y gritar.

Dos edificios cercanos al local de María Luisa, en Medellín y Ámsterdam, se desplomaron a causa del sismo de magnitud de 7.1 grados.

“Escuché cómo se cayó el edificio de Medellín. Estaba hablando con un vecino y de pronto se escuchó un ‘¡pum!’; y luego escuché ‘¡está volviendo a temblar!’ y todos corrieron, gritaron. Eso fue lo que más me afectó: salir y ver que el edificio de enfrente también se le estaban cayendo las cosas.

“Yo decía: estoy bien, aquí todos estamos bien; pero me impactó mucho ver la reacción de la gente, verla llorar”, reconoce.

María Luisa no pudo más, el estrés era tanto que acudió a las asesorías sicológicas gratuitas que imparte la Secretaría de Salud de la Ciudad de México (Sedesa) en Benjamín Hill, en La Condesa.

“El sicólogo me dijo que mi cerebro se quedó en estado de alerta y que quise bloquear el hecho de que tembló; por eso sentía esta ansiedad de salir corriendo”, explica.

Le recetó pastillas para dormir, y también le aconsejó que, así como dibujaba sus diseños y vestuarios, dibujara y escribiera aquello que le causaba miedo y temor.

En una hoja de papel plasmó a sus empleados bajando las escaleras durante el sismo y la preocupación que sintió por perder su negocio.

“Siento que me desahogué. Me sentí con peso menos. El problema me duró dos semanas, apenas me siento muy bien”, dice.

“Esta es una ciudad muy acelerada, si te pasa algo, te levantas y sigues, no debe ser así. Si te levantas haces reflexión de eso. A ver, ¿qué nos dejó el sismo?”, sentencia.

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