San Sebastián. La premier mundial de "Morro", del cineasta mexicano Rodrigo García Sáiz, en el Festival de San Sebastián tuvo un momento especialmente emotivo.

La película, pequeña e íntima, sigue a Mateo, un veterinario en duelo por la muerte de su hijo, cuya soledad se ve interrumpida por Morro, el perro de un narcotraficante. La historia encontró en el público una respuesta que conmovió profundamente a su director.

Al terminar la función, una espectadora se acercó a García Sáiz para decirle que había sentido la película “como una cajita, un regalo que él sacaba del corazón y se la daba”. La imagen se le quedó grabada.

“Me conmovió porque así me sentí yo en el rodaje”, recordó Rodrigo horas después, sentado en uno de los salones del Hotel María Cristina.

Una de las razones que lo llevaron a hacer Morro fue una pregunta que atraviesa toda la película: ¿cómo encontrar un poco de esperanza dentro de una sociedad lastimada por el dolor y la violencia?

La historia transcurre en un México donde el narcotráfico resulta imposible de ignorar, pero el director tomó desde el principio una decisión: no convertirlo en el centro del relato.

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“El foco no está en la violencia, sino en lo que sobrevive a ella, es ese polvo que queda después del momento de destrucción”, explicó.

Su interés estaba en mirar a quienes permanecen cuando el horror los ha alcanzado. “Me quise concentrar más en los personajes, en los seres humanos que salen adelante pese a todo”.

En esa elección también hay una postura frente a la manera en que México ha sido representado tantas veces en el cine. No se trata de negar una realidad que conoce y le preocupa, sino de recordar que el país tampoco puede reducirse a ella.

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“Somos mucho más que la violencia en México”, afirmó. “Somos esas personas que se levantan todos los días y que, a pesar de esos dolores tan profundos, eligen seguir creyendo en la ternura, en estos vínculos inesperados”.

Eso representa Morro, el perro que entra en la vida de Mateo y le plantea una contradicción: debe cuidar al animal de un hombre que pertenece al universo que ha contribuido a destruir el suyo.

Sin embargo, en lugar de utilizar ese encuentro para alimentar el resentimiento, la película lo convierte en la posibilidad de elegir algo distinto.

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“Mateo, de cierta manera, soy yo, que elige la ternura y el cuidado más que la venganza”, reconoció el director. “Yo quiero ver un futuro más luminoso, más verde, donde también los animales nos enseñen”.

La relación entre el hombre y el perro termina siendo mucho más que un mecanismo narrativo. Para el cineasta, los animales conservan una forma de relacionarse con el mundo que los seres humanos parecemos haber ido perdiendo: no juzgan, establecen vínculos directos y obligan a regresar a una forma elemental de contacto.

“Nosotros cada vez estamos más solos, más violentos”, señaló.

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Y aunque la historia nace en México, su reflexión no termina allí. “Traté de hacer una historia muy pequeña, pero que al mismo tiempo es muy universal”, dijo al referirse a una violencia que reconoce hoy en distintas partes del mundo.

Volver al origen

Para escribirla decidió abandonar la distancia. Viajó a Culiacán y se internó en zonas marcadas por el conflicto, donde conoció a personas que terminaron modificando su mirada y también el guion.

“Conocí muchos Mateos, conocí muchos Ponchos, conocí muchas Isabeles”, recordó.

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Más que acumular datos, buscaba otra cosa: “Me fui a meter a las zonas de conflicto, a hacer una recopilación no tanto de información, sino humana”.

Allí observó la normalización de la violencia, la desesperanza entre los jóvenes y, al mismo tiempo, esa extraña capacidad de continuar con la vida incluso cuando todo parece haberse roto alrededor.

La experiencia también lo llevó a reconocer la distancia desde la que se observa el problema en otras partes del país.

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“Yo crecí en la Ciudad de México, afortunadamente no crecí en una zona de conflicto grave. Y la lejanía que mantenemos también nos hace parte del problema porque lo normalizamos”, admitió.

Para encarnar a Mateo pensó desde el comienzo en Gustavo Sánchez Parra. Ni siquiera lo conocía personalmente cuando escribió la película, pero “desde el primer momento me vino su cara a la mente”, contó.

El personaje se construyó sobre conversaciones acerca de la soledad, la empatía y la relación entre seres humanos y animales. Y entonces llegó el otro protagonista: Morro. El perro no estaba entrenado para actuar, una decisión que convirtió el rodaje en un ejercicio de paciencia e incertidumbre. Si quería echarse a dormir, la película debía aceptar que era la hora de su siesta.

“El perro iba a ser perro”, resumió el director.

En una producción independiente rodada con recursos limitados, aquello podía parecer una locura. Sin embargo, ocurrió lo contrario.

“El dios del cine nos ayudó y se dieron las cosas de manera muy genuina”.

Morro es su segunda película y la primera que también escribe. Después de la experiencia de Lluvia, una producción coral mucho más compleja, sintió la necesidad de regresar a una forma de filmar más cercana a aquello que le interesaba desde el principio.

“Volví a mis raíces”, explicó. “Sentí que había vuelto al CUEC, a los principios básicos, a volver a entender el cine como algo que se hace en equipo, con hermandad, de creer en un proyecto que no sabemos a dónde nos va a llevar”.

Quizá por eso habla de San Sebastián sin detenerse demasiado en lo que pueda ocurrir después.

“Simplemente ya estar aquí es un regalo”, dijo.

Lo que realmente le preocupa está fuera de las salas de cine: que la violencia termine formando parte del paisaje hasta dejar de conmovernos.

“Nos hemos vuelto muy poco empáticos”, reflexionó. “Los teléfonos también nos han ensimismado mucho; a pesar de que cada vez estamos más pegados porque hay menos espacio, estamos más lejos”.

Y volvió al mismo lugar desde el que parece haber nacido Morro: la necesidad de recuperar aquello que considera esencial antes de que la costumbre termine por arrebatárnoslo.

“Nos comunicamos muy poco viéndonos a los ojos y olvidamos los valores más importantes de la vida, que son eso: la ternura, el contacto, el amor”.

En una película atravesada por la violencia, Morro apuesta por lo contrario. No por ignorar el dolor ni por ofrecer una salida fácil, sino por preguntarse si todavía somos capaces de elegir el cuidado cuando todo parece empujarnos hacia otro lado.

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