Elsa Aguirre le dio una bofetada a Pedro Infante cuando intentó besarla; Jorge Negrete la conquistó con 21 años de diferencia y Luis Miguel le robó unos besos que nunca olvidó.

Elsa Aguirre, la mujer que podía ser la femme fatal de la época de oro del cine mexicano, poseía una belleza ante la que cualquier hombre sucumbía.

A los 95 años, en su hogar de Morelos, falleció por causas aún no reveladas y dejando una filmografía de unas 50 producciones entre películas y telenovelas; Belinda, de 2004, fue su último trabajo en el set.

En las cintas se enamoró y fue abandonada por Rafael Baledón en Una mujer decente; se vistió como una joven inocente pero calculadora y divertida ante Pedro Infante en Cuidado con el amor y “rivalizó” actoralmente con figuras de la época como Dolores del Río y Rosa María Vázquez en Casa de mujeres.

Elsa Aguirre con su hijo Hugo.
Elsa Aguirre con su hijo Hugo.

“Encarna a la gran belleza criolla del cine nacional, aunque tuvo una carrera pequeña en realidad, apenas una treintena de películas haciendo en los 50 la mayor parte de su obra y que han ido sobreviviendo”, dice Roberto Fiesco, productor, investigador y autor del libro biográfico de Elsa Aguirre, La mujer que yo amé.

“Hizo sobre todo melodramas que la ponían como la mujer un poco víctima de los hombres, pero también podía seducir a cualquiera, era un cine propio de sus tiempos. Podía además hacer algo como Ojos de juventud, donde no tenía ni 20 años, se dedicaba a la calle y el trabajo sexual y llegó a ser hasta una mujer de 70 años”.

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En los últimos años, Elsa vivió en Morelos; fue Cuautla su lugar de retiro donde practicaba el yoga y gustaba de ir a un manantial, cuyas aguas registran una temperatura de 15 grados centígrados. También era vegetariana y procuraba estar arreglada todos los días.

No fue noviera, reveló a EL UNIVERSAL en una entrevista de 2023, pero sí muy enamoradiza. Y llegó a sentir atracción por Pedro Infante.

“Él era un hombre casado, aunque en las películas me daba la oportunidad de desenvolverme y nada más estaba esperando las escenas de besos”, contaba.

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Elsa Aguirre, uno de los rostros más bellos de la Época de Oro del cine mexicano.
Elsa Aguirre, uno de los rostros más bellos de la Época de Oro del cine mexicano.

Debut oportuno

Su inicio en el mundo artístico fue de manera providencial, cuando asistió a un casting para extras. Su altura de 1.70 metros la hacía destacar sobre el promedio, junto con su porte y rostro.

“Era muy especial su presencia en el set, su mirada siempre tranquila y ecuánime, siempre con una sonrisa dispuesta al trabajo. ¡Qué belleza más impresionante la de Elsa!”, recuerda la actriz Ana Ciocchetti, quien trabajó con ella en la telenovela Lo que es el amor, en 2001.

Alfredo Gurrola, quien la dirigió en Albur de amor (1980), última película de Elsa, dice que ella podría no haber sido un dechado de sabiduría actoral, pero sí se conocía ante la cámara.

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El filme de Miguel Zacarías se estrenó en 1954, en el póster que anunciaba la película en el cine Olimpia, se advertía de las escenas de besos apasionados entre Pedro y Elsa.
El filme de Miguel Zacarías se estrenó en 1954, en el póster que anunciaba la película en el cine Olimpia, se advertía de las escenas de besos apasionados entre Pedro y Elsa.

“Venía de una época donde las grandes actrices no tenían necesariamente escuela, nunca cambiaban su personalidad y más bien eran los personajes los que debían someterse a ellas. Pero era una profesional, se aprendía bien los diálogos y estaba más allá de ser diva. Lo único que hacíamos fue jamás darle a ella y Toño Aguilar (protagonista) llamados temprano”, narra el realizador.

Con sólo aparecer en un foro y sin palabras, Elsa Aguirre ya enseñaba algo a sus compañeros de elenco. Claudia Ramírez la conoció en Lo que es el amor a principios de siglo y la recuerda como una mujer generosa.

“Era ver la disciplina, la generosidad y siempre estar impecable en el set, en el momento estar lista para trabajar, haber estudiado; Elsa tenía todas esas cualidades”.

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Sobre la muerte, Elsa, quien fue velada ayer en Cuernavaca, tenía claro que no existía, sino que era una continuidad de la vida.

“Yo únicamente sé que tenemos que saber bien quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos y saber cuál es nuestra misión sobre la Tierra”, decía.

Con información de César González y Fernando Rivero

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