El año pasado impactó el fallecimiento de Rodolfo Rodríguez González, el ingenioso creador de ese poliédrico personaje que fue “El Pana”.

El 1 de mayo fue embestido por un toro en la placita de Lerdo y el 2 de junio murió en un hospital de la ciudad de Guadalajara.

Ayer sábado se cumplieron 10 años de sus históricas faenas a los auténticos toros “Rey Mago” y “Conquistador” de la ganadería de Garfias en el ruedo de la Monumental Plaza México, que representaron su mágico resurgimiento. Hizo el paseíllo inspirado en Lorenzo Garza, recostó la cabeza sobre la hombrera de plata como Luis Procuna y alargó el trazo con el sentimiento de Manuel Capetillo, pero pudo advertirse en él, el milagro de la identidad propia. El trincherazo a su primer toro, dejándose llevar por el espíritu, fue sencillamente de antología. ¡Un destello de arte, un relámpago en la tiniebla!

Después de torear con el alma, dio varias fosfóricas vueltas al ruedo, convirtiendo la presunta retirada en un acontecimiento nacional, justo premio a una vida de sacrificios, terribles cornadas, desprecio, infierno alcohólico y desempleo, provocado en buena medida por sus expresiones burlescas y socarronas sobre las figuras dominantes de su época.

El envión de aquella pirotécnica actuación le sirvió para mantenerse en activo nada menos que nueve años más. Aunque pasado de tueste y mermado de facultades, con apuros para reponerse entre los muletazos, “El Pana” esparció detalles de su singular tauromaquia en trasteos intermitentes pero cargados de un sabor añejo incomparable.

Y es que “El Brujo de Apizaco” era la reminiscencia de los maletillas que en otros tiempos corrían la legua y brincaban las cercas de las ganaderías para pegarles pases a los toros bajo la luz de la luna; romántico depositario de la torería de los grandes de otras épocas.

Allá por el lejano 1978, costaba trabajo definir si el histriónico novillero era un fantoche o un torero, pero pasaron pocas semanas para que nos cautivara por distinto. Con una marcada proclividad a rescatar suertes en desuso y brindar una gran variedad a sus trasteos, pronto despertó un interés inusitado con el que convocó a multitudes (en novilladas) que iban por oleadas, curiosas, entusiasmadas, al coso metropolitano. 25 mil espectadores en promedio asistían al conjuro del nombre del tahonero reconvertido en enigmático torero. Actualmente no es infrecuente que vayan a La México 5 mil personas ante carteles con matadores de toros.

Tuvo pues Rodolfo el atributo esplendente de la personalidad, tan importante en cualquier actividad de la vida. Quien tiene personalidad llama la atención, acapara las miradas, despierta admiración y causa sensación, como no pueden hacerlo seres quizá con mayor capacidad.

La noche del 7 de enero de 2007 fui a su habitación del hotel Dakota de la colonia Nápoles para felicitarlo. Su triunfo era en cierta forma el de sus fieles partidarios, que nunca dejaron de creer en él. Platicamos largamente Salvador Solórzano, Luis Singer, Mauricio Méndez “El Calafia” y yo. Entrada la noche ahí los dejé, a un lado del vestido rosa y plata que colgaba de una silla, deliberando sobre cómo aprovechar el exitazo del iconoclasta personaje…

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