A partir de la crisis política y la caída de la presidenta Dilma Rousseff, una de las interpretaciones que más he leído entre analistas es que Brasil exhibió la debilidad de sus instituciones.

No estoy de acuerdo. Habrá exhibido su polarización, su corrupción, el control de las élites por encima de las decisiones democráticas, su debacle económica, pero no una debilidad institucional.

La mejor prueba de ello es que hoy Brasil tiene nuevo presidente y se prepara para albergar en tres meses nada menos que unos Juegos Olímpicos. Hay Congreso, hay Corte Suprema, no hay revueltas violentas en las calles, las protestas no han paralizado al país, las empresas y comercios están abiertos, el transporte funciona, con todas las dificultades y carencias de esa nación, pero a la mañana siguiente, sin Dilma Rousseff, Brasil siguió siendo Brasil.

Acarrea, eso sí, un terrible desprestigio que crece con los años.

Desde 2014, cuando organizó el Mundial de Futbol, a Brasil se le cayó el teatrito. Su ex presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, fue un mago en vender al planeta un “milagro” que en la práctica nunca sucedió. Sin las capacidades de encantamiento público de Lula, Dilma recibió a miles de futbolistas y periodistas, a millones de aficionados que padecieron Brasil. Si Lula fue el mejor espectáculo de relaciones públicas para esa nación, el Mundial fue el peor de todos.

Ya para entonces, los escándalos de corrupción y los malos resultados económicos nutrían las protestas en las calles. Casi dos años después, ni los escándalos amainaron ni la economía repuntó. La profundización de las circunstancias puso en jaque al gobierno de Dilma Rousseff.

Ella no fue acusada de corrupción. Sino de presuntamente haber maquillado las cifras de la deuda pública para hacer campaña política con ellas. Voy más lejos: si en Latinoamérica se exigiera a los presidentes con el mismo rigor con que fue medida Dilma, no estarían en el poder Peña Nieto, Santos, Macri, Maduro, Evo, Correa, Ortega, Bachelet, Humala…

¿Qué tienen ellos que no tuvo ella?

La incapacidad de Dilma Rousseff para tejer alianzas políticas la dejó, a cien días de los Juegos Olímpicos, con la barra demasiado alta y la pértiga demasiado corta para brincarla.

En el deporte de la grilla no supo dar a sus adversarios lo que necesitaran para ser opositores duros pero incapaces de pensar siquiera en el derrocamiento, no pulsó bien hasta dónde se puede estirar la liga, quizá se ensoberbeció.

Si Dilma apostó a que Brasil amanecería muerto sin ella, se equivocó. Ahí siguen Brasil y sus instituciones. Maltrechos, eso sí, porque si los grandes capitales del mundo ya veían al país con desconfianza por sus pobrísimos resultados económicos, este episodio de revancha política sólo viene a profundizarla y a hacer que las grandes empresas, si habían estado aguantando la decisión de retirarse de Brasil, empiecen a dar saltos hacia atrás.

historiasreportero@gmail.com

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