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Cuando se entraba al cine con todo y coche

Mochilazo en el tiempo

Los autocinemas llegaron de Estados Unidos a México para disfrutar del cine al “aire libre”. Entre las décadas de los años 50 y los 60, en la capital había al menos cuatro; hoy sólo hay uno con dos sucursales que trata de rescatar este concepto

Texto y fotos actuales: Magalli Delgadillo y Midory Salinas

Fotografías actuales: Luis Cortés

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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La señora Sofía Alcántara no recuerda qué película fue a ver con su familia cuando visitó, por primera vez ese enorme lugar, pero sí la emoción que le provocó este sitio iluminado con una gran pantalla, los focos de los autos y las estrellas.

A principios de la década de los 50, se hicieron conocidos los grandes estacionamientos, donde el público ingresaba en automóvil, hacía fila y pagaba un boleto por carro (no por persona) para ver una película al “aire libre”.

El primero de estos sitios del que se encontró registro en esta casa editorial fue del Autocinema Lomas, inaugurado el 2 mayo de 1950. El anuncio de la apertura decía que era el “primero en América Latina. Gigantesco, suntuoso, cómodo”. A diferencia de los siguientes, los cuales aparecerían nueve años después, este fue el más elevado en precio: ocho pesos por  pareja (por cada adulto extra se debía pagar dos pesos más y por niño, un peso).

El menú que se ofrecía en este recinto destacaba de los que aparecerían posteriormente. En lugar de ofrecer comida rápida, vendían filete, pollo a la parrilla, empanadas, mariscos, helados y pasteles.

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Aunque el anuncio de la inauguración apareció el 5 de mayo de 1950, el primero apareció tres días antes en las páginas de la cartelera cinematográfica de EL UNIVERSAL GRÁFICO.

Las visitas a estos lugares dependiendo de las posibilidades de la familia, podía resultar poco frecuente. Corina Cabrales, quien hoy es licenciada en derecho y maestra de la preparatoria abierta de Mérida, Yucatán, recuerda que a finales de  la década de los 60 solía asistir a estos sitios. Una de las cintas que vio fue Dumbo.

Ella contó en entrevista que “el precio era por auto, sin importar cuánta gente fuera. Pagábamos cerca de 15 pesos, un costo razonable, si tomas en cuenta que un cine normal costaba  cuatro o cinco pesos por persona (en ese entonces, en Polanco cobraban seis pesos).

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Imagen extraída de la cartelera del 16 de abril de 1974, donde se anunciaban dos proyecciones para público infantil.

El Autocinema Satélite fue inaugurado oficialmente el 1 de noviembre de 1959. Dos años después surgió el “del Valle”, abierto al público el 5 de enero de 1961. En ambos el precio de la entrada era de 12 pesos. Quizá dependía de la zona el aumento de costo.

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El autocinema Satélite, de acuerdo con el libro Espacios distantes aún vivos. Las salas cinematográficas de la Ciudad de México (editado por la UAM), la inauguración había sido el 31 de octubre de 1961; sin embargo, el anuncio de inauguración en el periódico apareció el 1 de noviembre de aquel año como se muestra en la fotografía. Por su parte, el autocinema Lindavista nunca anunció su cartelera en este periódico.

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Un boleto de entrada al también llamado autocine, el cual se ubicaba entre Coyoacán y Avenida Universidad. El precio dependía de la zona.

Los Salinas Alcántara era una de las familias (de cinco integrantes), las cuales asistían una o dos veces al mes. Consultaban la cartelera antes de ir a ver una proyección y buscaban las cintas más adecuadas. Ellos procuraban llegar temprano —poco antes de las 7:30 de la noche— para entrar a la dulcería y así abastecerse de los productos que consumirían mientras disfrutaban de las proyecciones en pantalla.

El Autocinema Lindavista era al que siempre acudía la familia de la señora Sofía, quien lo describe como grande; además, había de todo en la dulcería que se encontraba dentro. A pesar del costo de los productos (elevado al doble o triple), había una gran demanda en la miscelánea.

Cuando Sofía o su esposo no podían pasar a la tienda antes de la función, esperaban a los jóvenes del personal de servicio que les ofrecía, en la comodidad del asiento de su auto, algunas golosinas colocadas en una charola. Llevaban casi de todo: palomitas, muéganos, refrescos, helados… “Te vendían cosas novedosas. Había productos difíciles de encontrar en otros lugares”, recuerda Sofía Alcántara.

Eliel Salinas, hijo de doña Sofía, tenía siete años cuando acudió por primera vez a este lugar y vio El gato con botas. Él recuerda que otros productos exclusivos que se vendían aquí eran los Boing en lata, una de las novedades en ese entonces. También había unos carros donde preparaban comida rápida como hamburguesas, tortas y pizzas al estilo de los que hoy conocemos como los food truck.

Sin embargo, a veces, tenían que salir: “Bajábamos del auto para ir a la dulcería, a veces, nos ayudaban las luces de los otros coches y como había muchos, nos costaba un poco de trabajo encontrar nuestro lugar”.

De acuerdo con la Enciclopedia de Arquitectura de Alfredo Plazola, los autocinemas debían tener una extensión de 40 mil metros cuadrados para albergar 750 coches. Sin embargo, la capacidad mínima era de 500 móviles con 10 rampas y el cupo máximo era de mil o mil 200 con 15 rampas, pero esto variaba ya que cupo dependía del espacio que cada uno tenía.

Para el arquitecto la organización más correcta debía ser la siguiente: primero se encontrarían los accesos y salida (situada de manera a la entrada), le seguiría una taquilla, donde se encontraría un pequeño estacionamiento para evitar congestionamiento en el camino hacia el lugar designado.

Al llegar al patio de exhibición, donde se encontraban unas rampas, con el fin de elevar el móvil hacia enfrente para observar perfectamente la pantalla (por lo regular de 15 por 11.30 metros para 650 autos y 17.5 por 12.80 para 950). Los espacios complementarios como la cafetería y sanitario también se ubicaban en el “estacionamiento”.

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La organización de autocinemas, según Alfredo Plazola en el volumen 3 de su Enciclopedia de arquitectura.

Ellos estaban acostumbrados a visitar los cines comunes (con una sala obscura, butacas y con una gran mampara), pero la nueva propuesta de disfrutar del séptimo arte en la comodidad de su vehículo era una buena idea para algunos: “A mí me pareció hermoso: era muy amplio, había muchos coches: era uno, tras otro, tras otro, tras otro”, platica la señora Alcántara. También Eliel Salinas lo recuerda así: “Eran unos estacionamientos muy grandes, casi del tamaño de los actuales hoteles. Llegaba muchísima gente”, platica.

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Imagen  tomada del libro Enciclopedia de arquitectura (1957) de Alfredo Plazola, volumen 3.

La familia Alcántara se trasladaba de Nezahualcóyotl a Lindavista, donde para el 15 de enero de 1964 se inauguró el Sears en la plaza comercial Futurama y ahora es nombrada sólo Plaza Lindavista. “Para nosotros era algo muy especial ir. Las personas se arreglaban bonito, se ponían su mejor vestido, se peinaban porque iban al autocinema (drive in, nombre en inglés) e ibas a bajar a la dulcería o por lo que tú quisieras. Las personas le daban mucha importancia a esos momentos”, comenta Sofía.

El outfit de la familia de Levy Seth Trujillo era diferente. Al entrar en vehículo particular, las personas tenían la libertad de hacerlo hasta en ropa para dormir: “alguna vez llegamos a ir en pijama. Mis hermanos y yo (asistíamos así) porque las funciones sólo podían ser en la noche, pues debía estar obscuro para ver la película y por lo regular, la función terminaba después de las 10, por eso, llegábamos sólo a dormir o lo hacíamos en el coche”.

Ellos asistían al recinto de Satélite cinco veces al año, aproximadamente. Los Trujillo tenían como adquisición una combi, en la cual se transportaban con gran comodidad los cinco integrantes. “Mi madre ponía una mesa adentro de la camioneta y preparaba hot dogs. Era como estar en la sala de mi casa viendo una película. Era toda una experiencia”.

No todos los que disfrutaban de las proyecciones se encontraban dentro de estos lugares. Levy Seth recuerda cuando las personas se pegaban a las ventanas de sus casas para ser parte del público: “Donde estaba el autocinema, es ahora un centro comercial y atrás  se encuentran unos condominios. Era chistoso ver a la gente en las ventanas de sus departamentos, en los condominios, viendo desde lo alto el estreno mundial en la comodidad de su casa”.

La ingeniería auditiva

En Estados Unidos, en la década de los 30, el audio de las cintas era resuelto con megáfonos o bocinas montadas en la pantalla, pero eso provocaba un sonido muy fuerte para los espectadores en primera fila y para las personas de los últimos lugares era casi imposible escuchar. Posteriormente, en 1941, fueron creados unos altavoces, los cuales se colgaban en las ventanas, incluso, se podía  modular el sonido, de acuerdo con el libro online Una genealogía de la pantalla de Ismael Márquez.

Las instalaciones, el sonido y las proyecciones, por lo menos del recinto en Lindavista, eran adecuados, según la señora Sofía Alcántara: “¡Era tan bonito! Había indicaciones, el sonido estaba bien, la atención era muy buena, incluso, los carros estaban bien alineaditos. Además, había una especie de torrecitas para escuchar el sonido dentro del carro. Sólo debías bajarle un poco a la ventanilla para escuchar más”, platica con emoción.

En tanto, Levy Seth Trujillo comentó en entrevista que en Satélite para cada vehículo había “una caja (como la de los buzones de cartas), la cual era bocina, por cierto – agrega - se escuchaba fatal, y si no funcionaba pues ya no escuchabas nada y sólo podías leer los subtítulos (de las películas), si tenían”.

Eliel Salinas recuerda que el sonido y la imagen en la sede de Lindavista siempre le habían parecido de mala calidad, pero si las personas iban en plan de noviazgo estaba bien.

Sin embargo, las razones por las cuales a Eliel Salinas le gustaba asistir a esos recintos eran dos: la experiencia era especial y, después del cine, era el segundo lugar donde se podían ver imágenes a color. En la década de los 60, no todas las personas podían acceder a una televisión. Él tenía una en casa, pero era de bulbos y las imágenes sólo se podían ver en blanco y negro. “Ir al autocinema era algo especial: se podía disfrutar de una enorme pantalla con sonido y a todo color”.

No existe un registro oficial sobre el cierre de estos lugares en México. En las páginas de EL UNIVERSAL, en julio de 1972, dejaron de aparecer los anuncios del Autocinema Del Valle, seguramente se debió a su desaparición. Por su parte, el de Satélite, sitio que anunciaba la pantalla más grande de Latinoamérica, continuó hasta 1991, por lo cual, se cree que cerró y fue el fin de estos sitios en la capital.

A finales de la década de los 80, estos grandes centros cinematográficos comenzaron a desaparecer por llegar a ser poco rentables. Eliel dijo que la última vez que fue a un autocinema, vio la cinta El resplandor (1980). Después, estos sitios se volvieron un grato recuerdo, ¿las razones? Comenzaron a surgir más salas de cine, por ejemplo, “cuando abrieron cines en Plaza Satélite, la gente dejó de ir al autocinema”, recuerda Corina Cabrales y también, en la década de los 80, llegaron las videocaseteras a México, es decir, el cine en casa. 

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En abril de 1972 la entrada a Satélite ya había cambiado su tarifa y costaba 8 pesos más, es decir, de 12 a 20.

"Toda la familia es bienvenida, sin importar lo ruidosos que sean sus niños"

La primera vez que los mexicanos vieron imágenes en movimiento proyectadas en algunas pantallas fue en julio de 1896, gracias a los hermanos Auguste Marie Nicolás y Louis Jean Lumiere. Ambos comenzaron a buscar un lugar en México para dar a conocer su invento.

En sus inicios, el suministro de cintas extranjeras era lenta y el público se aburría pronto de la cartelera en un mismo lugar, por lo cual, debían hacer una breve exhibición de las producciones y eso causaba que no se pudieran invertir en un lugar fijo.

En México, en 1899 se inauguró una tienda para vender y alquilar películas. Estas se convirtieron y multiplicaron en “saloncillos, de carpas y de jacalones -construcciones rústicas de tablas y láminas de cartón para exhibiciones cinematográficas. Hubo veintitantos esparcidos por la metrópoli, la mayoría en el barrio de la Merced”, de acuerdo con el texto “Cómo nacieron los cines”de Aurelio Reyes. Quizá esto fue el antecedente del cine fuera de cuatro paredes.

A finales de la década de los 50 y principios de los 60, se popularizaron los drive in o autocinemas en México. Esta nueva forma de “ver cine”, no hubiera sido posible sin el experimento de Richard Hollingshead, quien al intentar incrementar las ventas de lubricantes automovilísticos, inventó un nuevo concepto en Nueva Jersey, Estados Unidos.

Él había planeado aumentar el comercio de los productos de la empresa de su padre, al reunir un lugar de servicio, donde también se pudieran ver filmes. El 6 de junio de 1933 puso en marcha su “planeación mercantil” e invitaba a todo el público de la siguiente manera: "Toda la familia es bienvenida, sin importar lo ruidosos que sean sus niños".

Esa noche, por el pago de 25 centavos por persona y una cantidad igual para la entrada del automóvil. La capacidad de ese gran estacionamiento era para 400 vehículos y una pantalla de 120 metros cuadrados, donde el público pudo ver por primera vez la comedia Wives Beware (1933), dirigida por Fred Niblo.

Poco a poco, comenzaron a venderse algunas golosinas y comida rápida como pizza, hot dogs, bebidas como café, entre otros. Sin embargo, el deseo de Richard Hollingshead también era hacer prosperar esta nueva idea, por lo cual, su nueva estrategia consistía en exhibir cintas censuradas y ofrecer servicio por las mañanas.

Estos establecimientos comenzaron a proliferar. En 1959, había cuatro mil drive in en América (Norteamérica), de acuerdo con Cultura mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masa. En esa época, en el país vecino y donde se originó este concepto, la atmósfera era la siguiente: “El drive in es un fenómeno joven y estacional. El precio de la entrada, en el país del norte, era barato: dos dólares por coche (…) Con la entrada tenías derecho a dos largometrajes. La calidad de la imagen era mediocre, pero no importaba, veías chicas guapas en la pantalla y, sin la presencia de los padres, puedes besar a tu amiguita dentro (…)”, según el mismo libro.

Hoy son fantasía de millennials y nostalgia de muchos 

A plena luz de un día de junio de 2017, de no ser por el anuncio de la entrada y la pantalla blanca, el Autocinema Coyote —el cual tiene una sede en Avenida Insurgentes y otra en Polanco— parecería un simple terreno baldío en Avenida Insurgentes —a unos metros de la estación del metrobús Francia. Este sitio está rodeado por bardas con anuncios de cintas del momento, pero ninguna de estas son las que se proyectarán en el drive in, salvo los de la entrada.

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Ahí, el terreno es plano, no como en algunos lugares de Estados Unidos (en sus tiempos de auge), donde la pantalla estaba inclinada ligeramente hacia el suelo, los autos estaban a 12 metros de distancia cada uno para guardar privacidad y a la altura del tablero, con una rampa, tenían una elevación de entre 95 y 75 centímetros para ampliar el campo de visibilidad, tanto de los pilotos como los pasajeros de la parte trasera. Hoy, en México los usuarios de Autocinema Coyote pueden sentarse en algunos asientos, apartados de los coches, para disfrutar del ambiente y la comida.

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En Autocinema Coyote fue inaugurado en 2011, cuando un grupo de cinco socios, se propusieron “transformar un poco el concepto del cine de hoy en día”, mencionó en entrevista una de las copropietarias, Jacqueline Kajomovitz. Para ellos fue importante rescatar la nostalgia y lo retro lo implementaron porque entre los jóvenes había esa necesidad de ver cine de diferente forma. Con esa idea en mente, abrieron la primera en 2011 (en la delegación Coyoacán) y debido al éxito expandieron su negocio a una sede más.

—¿Cuál fue la respuesta del público?, se le pregunta.

“Los primeros tres meses, estuvieron agotados. Actualmente, la asistencia es de 80 u 85 por ciento (120 coches, aproximadamente)”.

“Los fundadores teníamos la idea de autocinemas obtenidas de películas: nosotros somos más jóvenes”, pero adicional a esto, implementaron la tecnología “un audio súper avanzado con bocinas inalámbricas con bluetooth. A cada auto, al ingresar, se le da una para ponerla en el tablero de su coche. Pueden controlar el volumen. Se escucha increíble”. También cuentan con una pantalla enorme (de 11 metros). “Poco a poco, fuimos transformando el concepto del cual disfrutaron nuestros papás o abuelos”.

La socia del único sitio “fijo” con exhibiciones al “aire libre” en la Ciudad de México agregó, “el público estuvo muy agradecido de retomar el concepto. Además, es un lugar donde hay funciones especiales, meses temáticos y a la gente le encanta esto. A pesar de que entran en su coche, pueden estar con el colectivo”.

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Dentro de este lugar también se encuentra una tienda, donde se pueden adquirir alimentos como hamburguesas, hot dogs, nachos. También hay un local de souvenirs para adquirir algún artículo tipo retro.

Eliel Salinas, después de 30 años de haber asistido al “cine al aire libre”, acudió y comentó lo siguiente: “También fui al Cinema Coyote, pero no fue lo mismo”, y no precisamente porque en todos los aspectos hayan sido mejor (los primeros autocinemas), sino por la siguiente razón: “Todo tiempo pasado, fue mejor”.

Exactamente por ese “sentimiento de amor al pasado” es por lo cual Jacqueline Kajomovitz dice ha sobrevivido durante siete años este centro del cine; además de “la renovación del lugar y el caché que le ponemos la forma de interactuar con el público que ha sido rutinario”, agrega.

Por su parte, Sofía Alcántara fue con la ilusión de recordar viejos tiempos: cuando algunos jóvenes “lampareaban” entre los caminos formados por los carros para saber cómo se encontraban los usuarios, los dulces, el sonido, las imágenes.

Sin embargo, para ella la experiencia fue otra: “Hace poco fui, pero no tuvo el mismo impacto: el espacio era más chico, recuerda que la pantalla del Autocinema Lindavista era tres veces más grande, el sonido fue malo, los autos se encontraban desacomodados. Yo me fui decepcionada. Sí recordé lo que alguna vez vi, pero no encontré lo que fui yo a buscar. El tiempo pasado era mejor para mí”, comenta con tristeza.

Una de las cosas que más le gustaba a la señora Sofía Alcántara, era el panorama de un “montón de coches estacionados. El gran espacio, pero sobre todo, la gente, la cual iba. Esta última vez que fui había muchos cajones vacíos. Ya no tuvo el mismo auge”.

Jacqueline Kajomovitz menciona que en este autocinema el pasado siempre se encuentra presente: siempre tienen una lista de opciones que remonte a la época; la decoración es de estilo cincuentero; venden hamburguesas, hot dogs, malteadas, nachos, entre otros. “Realmente es meterte en un lugar, un túnel que te remonta a esta época, pero utilizando los beneficios de este momento: la tecnología”.

De nuestras Fotos comparativas: La foto antigua es de un autocinema de los años 50, en Los Ángeles, California, tomada del libro en línea Márquez, Ismael, Una genealogía de la pantalla: del cine al teléfono móvil, el cual da crédito a Propperfoto y Guetty Imágenes.

La imagen actual fue tomada en la ciudad de México en el autocinema Coyote. Nuestro agradecimiento a este lugar por su autorización.

Foto principal: Vista del Autocinema Satélite en la década de los años 60. Cortesía de la página Ciudad Satélite en el tiempo.

Fuentes: Entrevista con usuarios de autocinemas: la señora Sofía Alcántara, Eliel Salazar, Corina Cabrales y Levy Seth Trujillo. Entrevista con socia de Autocinema Coyote: Jacqueline Kajomovitz. Bibliografía: Plazola Cisneros, Alfredo, Plazola Argui, Alfredo, Enciclopedia de la arquitectura, volumen 3, Plazola editores y Noriega, 1957, 987 pp ; Márquez, Ismael, Una genealogía de la pantalla: del cine al teléfono móvil véase en https://books.google.com.mx/books?id=nPWYCgAAQBAJ&pg=PT34&dq=Autocine&hl... Martel, Frédéric, Cultura mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masa, véase en https://es.slideshare.net/RafaelUrrutiaValdizan/cultura-mainstream-cmo-n.... Artículo: Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines”, 1982, véase en http://www.analesiie.unam.mx/pdf/50_285-296.pdf .

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