Todos estaban aquí

Malva Flores

Llenaste de recuerdos
a la ciudad entera
Juan Gabriel

Pocas horas después de la muerte de Juan Gabriel escribí en mi muro de Facebook: “Ay. No se pongan sesudos, por el amor de dios, por una vez. Se murió Juanga!!!” Y ahora estoy aquí haciendo justamente lo que pedí que no hicieran, invitada por Julio Aguilar, cuyas palabras me sorprendieron la mañana de ayer cuando me escribió: “Recuerdo que alguna vez, en Filosofía y Letras, hablaste ante la clase con mucho entusiasmo de las letras de Juan Gabriel. Me llamó tanto la atención lo que dijiste que hasta hoy lo recuerdo.” Una sombra de rubor por mí, ahora lo compruebo, perseverante incorrección magisterial, se asomó en la pantalla de la computadora.

No recordé qué dije aquella vez, hace casi un cuarto de siglo, pero imaginé la pena ajena que habrían causado mis palabras a mis propios profesores, ya colegas entonces, que aún llegaban a la clase vestidos de estricto traje gris mortecino. Y yo ahí, con las Islas de Ciudad Universitaria a mis espaldas, en la primera clase que ofrecía en mi adorada Facultad, hablando de mi entusiasmo, de mi verdadera admiración por la extrañeza que me causaba y me causa aún la composición de los versos en las letras de Juan Gabriel y los inesperados cambios de ritmo dentro de una misma melodía.

“Pero, qué necesidad”, habrían dicho mis profesores, argumentando su descontento: no hay misterio en esas desastradas líneas, en esas rimas primarias que pueblan los versos del “Divo de Juárez” o en la forzada cadencia de octosílabos cortados malamente, alejandrinos astrosos que se acatan con la inclusión de algunos “ay, ay” para alcanzar el número silábico de oro... Y lo peor —imaginé sus doctas y mesadas barbas en el fastidio de la hora—: el ríspido trastocamiento de la sintaxis, la extraña “cubanización” de algunas frases (“dime cuándo tú vas a volver…”), en aras de cumplir con un mandato de ritmo y dar pie a la aparición de los violines más cursis. Como una estela de melcocha, acaba el verso y languidece el mariachi, se abisma en el lagrimón de las cuerdas. Tal vez eso y más me habrían dicho.

Hoy casi todos mis profesores están muertos, pero estoy segura de que todos ellos conocían, tarareaban, a Juan Gabriel, lo detestaran o no. Hoy, Juan Gabriel es bandera de no sé cuántos movimientos reivindicadores. Hoy probablemente se le estudia en las facultades como un hito en lentejuelas. A mí nada de eso me subyuga, aunque lo respete. Tampoco me importan los nombres de los versos o de las figuras retóricas. Poesía popular, de Alta Cultura, anticuada, vanguardista, tradicional, sonora, visual, bla, bla, bla. De veras, ¿importa? La poesía no está ahí, en esas nomenclaturas.

El domingo pasé toda la tarde viendo videos de Juan Gabriel, pero no lo veía a él, sino a mí. Y canté “Querida” mil veces y —“ya lo sé que tú te vas y quizá no volverás”—, lloré por el amor al que lloré y discutí con Nacho Helguera, mientras bailábamos un “mambo desordenado”: él, la revolución magistral de Pérez Prado, y yo, la pertinencia de considerar la música de Juan Gabriel un clásico (para su asombro). Ayer me reí en el Noa Noa con un vodka tonic en la mano, mientras una compañera de estudios se contorsionaba sobre una mesa llena de botellas y nadie atendía su baile sicalíptico; también me burlé de los amigos que berreaban borrachos en una cantina de quinta del centro de mi ciudad, el Distrito Federal, porque sabían que la costumbre era más fuerte que el amor. Esos, los que hoy me miran con cara de “¿Juan Gabriel? ¡por Dios!” De ellos me burlé, porque ayer estaban aquí, conmigo, viendo en holograma a Juan Gabriel. Ellos y yo, el holograma cantando. Mis hermanas y yo, cantando como si fuéramos Rocío Dúrcal. Mi abuela que cantaba en la misma ciudad y con la misma gente. Todos estaban aquí.

*Poeta

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