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Quién es el Titanic, quién el iceberg y qué nos importa

José Carreño Carlón

Se ha desatado una guerra de narrativas que ha trastornado el debate público con efectos reales en la economía del mundo

Guerra de narrativas. A 48 horas de la investidura de Donald Trump, entre fricciones y provocaciones que involucran ya a dos potencias nucleares en el mar de China, ante la inminencia de guerras comerciales con socios y no socios y la expectativa de una feroz embestida antimigrantes —y en medio de abiertas declaraciones de guerra cultural entre el establishment artístico e intelectual y el nuevo establishment político estadounidense— se ha desatado en paralelo una guerra más: la guerra de narrativas que ha trastornado el debate público con efectos reales en la economía mexicana y de otros países y regiones del mundo.

En México la narrativa dominante nos presenta como víctimas aplastadas, después de humilladas y ofendidas, por una fuerza perversa que se dispone a atropellar lo mismo derechos humanos de nuestros connacionales que acuerdos y tratados internacionales que nos unieron en una misma región comercial. Le sigue la narrativa del país víctima de sus clases dirigentes que hace más de 20 años, con la apertura comercial, lo habrían entregado indefenso al actual rechazo y el desprecio del discurso antimexicano y anti TLCAN del todavía presidente electo.

A esta narrativa se une la que encuentra en las clases dirigentes de hoy, pasividad, pasmo o un mal correspondido ánimo de entendimiento con el agresor. Enseguida están las narrativas optimistas que confían en que Trump no será en realidad lo que todos los días se empeña en ser, ni hará lo que todos los días proclama que va a hacer. Y, aunque usted no lo crea, hay narrativas que ofenden a quienes aquí se unen a la aprensión planetaria ante el arribo de Trump, bajo el supuesto de que se trata de una preocupación fabricada para desviar las críticas al gobierno local.

Bauman, Attali y el Titanic. En su libro de 1999, En busca de la política (FCE), Zygmunt Bauman, el ahora célebre sociólogo polaco de la ‘modernidad líquida’, le dio a su vez celebridad a un artículo publicado en 1998 en Le monde por Jacques Attali: El Titanic, lo global y nosotros. En este texto, hoy multicitado, aquella embarcación, “parábola de la soberbia humana”, sería nuestra “sociedad triunfalista, autocomplaciente, ciega, acrítica, despiadada con los pobres”, de la economía global, a la que estaría esperando un iceberg “oculto en alguna parte del brumoso futuro, contra el que chocaremos para después irnos a pique mientras la música sigue tocando”.

Profético, Attali enlistaba los icebergs que acechaban a la globalidad desde finales del siglo pasado: el iceberg financiero, que en efecto causó la primera vía de agua en la crisis de 2008; el nuclear, que ahora asecha en las animosidades chino-trumpianas; el iceberg del calentamiento global, contra el que nos enfila directo el mismo Trump, y el social, con la población desprotegida, que en 2016 se convirtió en la fuerza electoral que nutre el populismo nacionalista en Europa y las Américas: el mega iceberg que parecería estar echando a pique al Titanic de la globalidad.

¿Apocalipsis now? Aquí haría sentido la metáfora del México global como el Titanic a punto de ser destrozado o brutalmente desordenado por el iceberg Trump. Pero también están los análisis que hacen de Estados Unidos de Trump, con sus conductas económicas autoritarias contra México y sus propuestas ultranacionalistas, otro Titanic arrogante cuya economía sería postrada por los icebergs del mercado mundial. Pero eso de nada nos sirve porque un desmantelamiento de la economía estadounidense acabaría con lo poco que quedara de la economía mexicana después del primer encontronazo.

Mejor será volver al Attali que dos décadas atrás nos advirtió que los políticos habían dejado de estar al timón del barco de la globalidad que navegaba a toda velocidad. Y al Bauman que, antes de morir, la semana pasada, nos advirtió contra el auge del populismo de derecha como una crisis de la humanidad, y hace 20 años nos puso En busca de la política —extraviada— como medio para enfrenar los nuevos tiempos.

Director general del Fondo de Cultura Económica

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