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A principios del año, cuando Corea del Norte afirmó que no tardaría en tener un misil balístico intercontinental, el presidente Trump se burló y dijo que era imposible. Fue desmentido por dos lanzamientos exitosos, el primero en mayo y el segundo, de más largo alcance, el 4 de julio, Día de la Independencia norteamericana. Toda una bofetada, “un regalo a los bastardos de Estados Unidos”, dijo el presidente Kim Jong-un. Dicho cohete no llegaría a California, pero sí alcanzaría Alaska; los progresos rápidos de los ingenieros de Corea del Norte obligan a tomar en serio la amenaza formulada por el secretario de la Defensa de Pyongyang: “Si nuestros enemigos malinterpretan nuestra situación estratégica e insisten en que sus opciones pasan por un ataque preventivo nuclear contra nosotros, lanzaremos un ataque nuclear preventivo sobre el corazón de América”. Aún no han armado el cohete que llegaría al “corazón de América” y no se sabe si disponen de la miniaturización de la bomba atómica, pero como no han dejado de sorprender al mundo por la rapidez de sus progresos, es tiempo de pensar seriamente en repensar la crisis coreana.
Corea del Norte puede golpear severamente a los dos aliados de EU, Corea del Sur y Japón; tiene un millón de soldados, 60 bombas atómicas, sus cohetes y quince mil cañones apuntan a Seúl, de modo que cualquier disparo por parte de los EU provocaría una catástrofe. No hay solución militar, pues, y como hasta ahora ninguna de las dos partes quiere dialogar (“Con el diablo uno no negocia, lo mata”, dijo el vicepresidente Dick Cheney en tiempos de Bush junior), la única esperanza de Washington era la ayuda de China. Ciertamente, China es el principal apoyo de Pyongyang y su socio comercial en un 90%, sin contar que es su única fuente de energía. Hoy, Donald Trump se dice decepcionado por una China que, lejos de retirar su apoyo, aumenta su comercio con Corea del Norte. Washington debe entender la contestación de Beijing: “no tenemos la influencia que usted nos presta; Pyongyang es muy celoso de su independencia, ferozmente nacionalista y, además, legítimamente preocupado por vuestra hostilidad permanente desde la tregua que se firmó en 1953, hace 64 años”.
El 28 de julio, aniversario de esa firma que celebra como una victoria, Corea del Norte lanzó un segundo misil intercontinental. A consecuencia, el primer ministro japonés reunió urgentemente a sus ministros y generales; el flamante presidente de Corea del Sur, Moon Jac-in, un progresista pacifista que ofrecía hace poco el dialogo a Pyongyang, hizo lo mismo, mientras Donald Trump multiplicaba los tuits y decía “Estoy muy decepcionado con China… no hacen nada para nosotros con Corea del Norte, sólo hablar”. ¿Qué más podría hacer el debilitado ocupante de la Casa Blanca?
No hay manera de parar a Corea del Norte en su carrera nuclear y balística; no hay opción militar, China no servirá de comodín, Pyongyang no va a pararse en tan buen camino: su programa armamentista es consecuencia directa de la caída de Saddam Hussein y de Muamar Gadafi: hubieran tenido arma nuclear, nadie se hubiera atrevido contra ellos. Hasta el lobo tiene sus buenas razones, reza el refrán. ¿Entonces? Lo peor no es seguro, pero bien podría ocurrir. Desde que tengo memoria, existe la crisis coreana. Lo que se firmó en 1953, en Panmunjom, es una tregua, nunca hubo tratado de paz y en cada una crisis repetida, los dirigentes del Norte suben las apuestas. Después de cincuenta años, EU (y sus aliados) debería inventar otra cosa que el paseo entre negociación y enfrentamiento (20% de negociación, 80% de enfrentamiento). La única negociación exitosa procuró en 1994 el congelamiento del programa nuclear coreano durante ocho años, hasta que Bush canceló, en 2002, el convenio con el pretexto (falso) que Corea enriquecía clandestinamente uranio. El acuerdo preveía la firma de la paz y normalización de las relaciones entre los dos países. ¿Kim tercero (Kim Jong-un) aceptaría negociar algo semejante con un Trump imprevisible y nada fiable?
Investigador del CIDE.
jean.meyer@ cide.edu
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