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El 13 de julio, en el hospital de Shenyang, murió Liu Xiaobo, escritor disidente chino, Premio Nobel de la Paz 2010. Cuando lo iban a condenar a once años de prisión, en la Navidad de 2009 “por incitación a la subversión del Estado”, había declarado su “optimismo, al pensar que algún día la libertad reinará en China, porque ninguna fuerza puede oponerse al deseo de libertad de los hombres… Espero que esos progresos se reflejen en el proceso mío en curso y espero con impaciencia el veredicto de la corte, un veredicto que pueda pasar el examen de la historia”.
No lo pasó. Liu Xiaobo fue encerrado, aislado, silenciado hasta el final. Pudo haber evitado ese destino y escoger el exilio entre 1999, año de su liberación después de tres años de cárcel, y 2008, cuando fue arrestado por la redacción de la Carta 08, documento firmado por 300 intelectuales a favor de los derechos humanos y de una progresiva democratización política. No lo hizo y por eso se le debe aplicar el juicio formulado por Blas Pascal: “Hay que creer en los testigos dispuestos a morir”.
El 8 de octubre de 2010, una silla vacía lo representaba en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz. En aquel entonces cité un fragmento de la declaración suya que leyó la actriz Liv Ullmann: “Quiero decir una vez más al poder aquel que me priva de mi libertad, que persisto en la convicción que afirmé hace veinte años en mi Declaración de huelga de hambre del 2 de junio (durante el movimiento de la plaza Tiananmen, en 1989): no tengo enemigos, no tengo odio”. Es cierto, nunca odió a nadie, pero enemigos, los tuvo; lo encarcelaron de 1989 a 1991 por su participación en el movimiento estudiantil: en lugar de quedarse tranquilamente como profesor famoso en la universidad de Columbia, en Nueva York, voló a Beijing. De 1996 a 1999 estuvo en un campo de trabajo forzado por haber invitado el gobierno a buscar la cooperación con Taiwan (algo que Beijing hizo a partir de 2005).
Como historiador, admiro su discurso de 2006 intitulado La Filosofía del puerco: “La historia y la memoria de una nación no pueden arrancar de cero, no se puede dejar que una dizque gloriosa cultura creada por la flor y nata de historiadores pagados por el poder ocupe los corazones y las mentes. Salvar la historia y recuperar la memoria (…) tiene que ver con el hecho de saber si la nación china podrá gozar de una buena salud memorial, para evitar, en el futuro, la repetición de tragedias. En la China actual que sufre de amnesia, mientras no se restablezca la verdad histórica, mientras no se pueda presentar en voz alta los hechos reales, todo intento para encontrar una vía para el futuro quedará ilusorio. (…) Si, después de la catástrofe, los sobrevivientes no pueden pensar el desastre, en el mejor de los casos, son cuerpos inútiles. Y, suponiendo que gocen de un relativo bienestar, su felicidad será la del puerco en la porqueriza”. (publicado en francés bajo el título La Philosophie du porc et autres essais, París, Gallimard, 2011).
Pasará a la historia a lado de otros perseguidos políticos que recibieron el premio Nobel, Alejandro Solzhenitsyn, Andrei Sajarov, Vaclav Havel, Nelson Mandela, con una diferencia mayúscula; esos cuatro héroes recuperaron la libertad y vivieron la victoria: se derrumbó el poder soviético y comunista en Rusia y Checoslovaquia, se acabó el apartheid en África del Sur, Havel y Mandela llegaron a la presidencia de su país. Liu Xiaobo murió preso. La otra gran diferencia es que el mundo se movilizaba a favor de los cuatro, mientras que no se preocupó ni se preocupa por los presos políticos chinos. Triunfo lamentable del “realismo político”.
El gobierno chino impuso e impone un silencio total sobre Liu Xiaobo y censura en internet cualquier alusión al Cid Campeador chino. Obviamente, teme, que después de su muerte, siga cabalgando y triunfe algún día.
Investigador del CIDE
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