La segunda en Francia

Jean Meyer

La proximidad entre la extrema derecha y la izquierda extrema complica el triunfo de Emmanuel Macron

La segunda vuelta, claro, de las elecciones presidenciales, y poco tiempo después vendrán las elecciones legislativas que son como una tercera vuelta que puede perder el presidente electo en la segunda. Por lo pronto, el tema candente es la segunda vuelta que ocurre en estos instantes. Emmanuel Macron, el candidato del “ni izquierda, ni derecha”, enfrenta a Marine Le Pen, la mujer nacida en Mayo del 68 que lidera desde 2011 el Frente Nacional creado por su padre, doctor en Derecho, paracaidista durante la guerra de Argelia: renunció a su flamante diputación para alistarse como voluntario y, antes de que terminará la tragedia franco-argelina, empezó a celebrar la “revolución nacional” del Tercer Reich.

Macron debería ganar sin problemas, pero los quince días que separan las dos vueltas han sacado a flote un elemento que por no ser exactamente novedoso, no deja de ser desagradable: la proximidad entre extrema derecha e izquierda extrema. Hay que recordar que en la primera vuelta cuatro candidatos se situaron alrededor de 20% de los votos; si bien Macron y Le Pen, al rebasar esa cifra, quedaron como finalistas, poco le faltó al veterano Jean-Luc Melenchon, candidato de los “insumisos”. ¿Qué hacen hoy los que lo votaron hace quince días? Él no dijo cómo iba, personalmente, a votar; solo declaró que no votaría a la candidata del Frente Nacional. Sin embargo, dejó en claro que la segunda vuelta pone frente a frente al candidato del “capitalismo extremo”, “el banquero Macron”, y a la candidata de “la derecha extrema”. Por lo mismo, los “insumisos”, con pocas excepciones, no pueden dar su voto a Emmanuel Macron, muchos están votando blanco o nulo, y, eso es el punto grave, unos votan Frente Nacional.

Una vez más, en la historia, nos encontramos frente a la apuesta de la estrategia “tanto peor, tanto mejor”. Me explico: “nuestro candidato revolucionario (Melenchon) no ha podido llegar al poder, para destruir el sistema. Marine Le Pen, la de la “revolución nacional” es anti-sistema a su manera y dará el choque necesario. Luego nos tocará nuestra hora”.

Para un historiador de mi generación, conocedor de la historia de Europa, heredero además de la memoria de su padre (El Libro de mi padre. Una suite europea), no es posible olvidar los errores, primero de la izquierda alemana, luego del Partido Comunista alemán, izquierda de la izquierda, errores que llevaron a Hitler al poder. Primer error: en las elecciones presidenciales no apoyaron al candidato centrista de un partido católico llamado Zentrum (Centro); así le regalaron la presidencia al viejo mariscal Hindenburg, el que nombraría canciller a Hitler: ironía de la historia, el católico se llamaba… Marx. Segundo error, mucho más grave, en 1932-1933, los comunistas, siguiendo la línea definida por Stalin, combatieron rudamente al “verdadero enemigo”, no a los nazis, sino a los socialistas. En los enfrentamientos callejeros que dejaron cientos de muertos en Alemania, los comunistas pelearon más de una vez, al lado de las camisas pardas contra los socialistas; durante varias huelgas masivas, el “Frente Rojo” comunista cooperó con los S.A. (Tropas de Asalto). “¡Fuego, fuego, sobre los osos cirqueros de la Social-Democracia!” rezaba en aquel entonces el gran poeta comunista francés, Louis Aragon. Terrible error. El análisis de Stalin y del Komintern, que transmitía la consigna a todos los partidos comunistas del mundo, veía en los socialistas a los lacayos del capitalismo, defensores de un sistema que Hitler atacaba; el mismo Hitler desaparecería rápidamente, dejando libre el camino para la revolución en Alemania, primera etapa de la Revolución Mundial.

Tal apuesta llevó pronto los comunistas a sentarse al lado de los socialistas en los campos de concentración nazis. Stalin entendió la lección y optó por una nueva línea política, la del Frente Popular, alianza con los socialistas y demás partidos democráticos (católicos incluidos), que llevó a la izquierda al poder en Francia, en 1936. No debería Melenchon haber olvidado esa lección.

 

Investigador del CIDE.
[email protected] cide.edu

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