El año más caliente

Jean Meyer

Frenar, luego disminuir las emisiones de CO2 es una urgentísima necesidad, sin la cual no hay esperanza contra el cambio climático

Hace un año, el 20 de enero exactamente, nos enteramos de que 2015 fue el año más caluroso desde 1861, y por mucho. El famoso Niño tuvo algo que ver, pero más bien el calentamiento persistente y los datos publicados aquel día por la National Oceanic and Atmospheric Administration y por la Agencia Espacial estadounidense lo demostraron con mucha precisión. Desde 1880 se lleva el registro de las temperaturas y en 2015 la temperatura promedio del globo tuvo 0.9C más que el promedio del siglo XX. Le ganó por 0.16 a 2014. Diciembre de 2015 rompió record al rebasar con 1.1C el promedio del siglo anterior.

2016, muy posiblemente, le ganó a 2015, de modo que van cinco años seguidos al alza y, según la Organización Meteorológica Mundial, esto es sólo el preludio de fenómenos extremos provocados por un calentamiento sostenido. Una sequía histórica castiga Bolivia, al grado de provocar un serio malestar político. La peor escasez de lluvias en cuarto de siglo golpeó a la agricultura, al ganado y a los hombres. La zona más afectada es el Oriente, principal zona productora de alimentos. El gobierno tardó demasiado en proclamar una emergencia nacional, porque esperaba que en octubre llegasen por fin las lluvias tan esperadas. No llegaron.

El deshielo acelerado del Polo Norte, confirmado por los satélites de la NASA y del CNES francés, es una prueba evidente de que algo está pasando, tan evidente que hasta el escéptico Donald Trump debería abrir los ojos. El verano pasado la banquisa tuvo su extensión más reducida desde que existe un seguimiento, debido al hecho de que durante casi veinte meses seguidos las temperaturas no han dejado de subir. La Agencia Espacial Europea ha calculado que en los últimos cinco años la gran isla de Groenlandia ha perdido más de mil millones de toneladas de hielo, cuando en los veinte años anteriores había perdido menos de la mitad. La superficie helada en el Ártico en el pico de deshielo veraniego de 2016 era 40% menor que hace cuarenta años. Es un dato que no engaña.

El 8 de noviembre pasado, la Organización Meteorológica Mundial publicó su informe para confirmar que nos calentamos con un grado Celsius comparado con el nivel preindustrial y que acabamos de pasar el periodo de cinco años más cálido de que se tenga registro. El acuerdo de París, firmado en diciembre de 2015, pretende mantener los incrementos de temperatura muy por debajo de los 2 grados; los últimos datos sugieren que será muy difícil lograrlo, si uno piensa que los gases de invernadero se acumulan más que nunca en la atmósfera. El informe dice que los países deben reducir por lo menos 12 gigatoneladas de dióxido de carbono, “lo que equivaldría a retirar todos los autos de las calles de Europa durante doce años”.

Mientras, el nivel de CO2 en la atmósfera alcanza niveles inauditos: 400 partes por millón de este gas, principal responsable del calentamiento, fenómeno que se antoja irreversible. Hay que saber que al principio de la revolución industrial, había 278 partes por millón, hace dos siglos. Una vez liberado, se tarda muchísimo en disminuir la concentración. ¿Cómo cumplir con las metas del acuerdo de París con una concentración tan alta? Frenar, luego disminuir las emisiones de CO2 es una urgentísima necesidad, sin la cual no hay esperanza de luchar contra el cambio climático. No nos quedará sino adaptarnos al nuevo mundo, a lo mejor, creciendo escamas en la piel. Parece inevitable que el planeta siga recalentándose en los próximos veinte o cincuenta años. El problema de fondo es que no somos capaces de renunciar a nuestro modo de vida, que es muy reciente, pero que vuelve imposible una marcha atrás. A menos que un cataclismo nos lo imponga.

Yo nací en medio de la guerra mundial, en el momento más negro para las democracias, cuando los japoneses tomaban Singapora, cuando un Stalin acorralado buscaba un arreglo con Hitler; luego vino la paz y unos años maravillosos. En unos años me tocará decir adiós y me preocupa pensar en que mundo dejaré a mis hijos y nietos.

Investigador del CIDE.
[email protected] cide.edu

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