No reelección

Jean Meyer

Los políticos de América Latina han sucumbido en los últimos años a la tentación de la reelección indefinida

¡Sufragio efectivo, no reelección! Es el grito de guerra que se escuchaba en México cuando el joven Porfirio Díaz se levantaba en armas, que se volvió a escuchar cuando Madero llamó al pueblo a derrocar al mismo Porfirio Díaz que había olvidado lo que peleaba. Los revolucionarios aprendieron la lección, por más fuerte que fuese la tentación de reelegirse. Obregón, el zorro, intentó inteligentemente hacer trampa con el distingo: “no reelección inmediata”. La pistola de José León Toral restableció de manera absoluta la no reelección presidencial. Los revolucionarios y sus hijos resolvieron el problema de la permanencia en el poder con su partido (PNR, luego PRM, luego PRI) que José Vasconcelos calificó justamente de Porfiriato colectivizado; el mismo grupo quedó en el poder hasta 2000, porque la no reelección evitaba que odios y rencores cristalizaran en una persona. Operación cosmética o prestidigitación, ciertamente, pero funcionó.

Los políticos de América Latina, quizá porque no vivieron nuestras experiencias históricas, han sucumbido en los últimos años a la tentación de la reelección indefinida: el difunto Hugo Chávez, Cristina Fernández de Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa —parece que este último ha cambiado de parecer— la han buscado, hasta toparse con la dura realidad que Alain Rouquié define en pocas palabras: “El poder desgasta, sobre todo si uno lo gasta demasiado”. El juego de palabras en francés dice: le pouvoir use, surtout si on en abuse. Este brillante politólogo y embajador, entre otros países latinos y en nuestro México, ha terminado un libro intitulado El siglo de Perón. Ensayo sobre las democracias hegemónicas, que no debería tardar en salir a la venta. En 2013 publicó Le Mexique. Un État nordaméricain.

Hugo Chávez perdió su referéndum, el muy popular Evo Morales, después de diez años en el poder, acaba de perder el suyo sobre la posibilidad de una reelección indefinida, Cristina Kirchner, una vez agotadas las reelecciones, hubiera modificado la Constitución argentina en el mismo sentido, si no hubiese perdido la gran mayoría necesaria en el Congreso. Quizá por eso, el autoritario presidente ecuatoriano, también electo y reelecto, renunció, ¿por un tiempo, para siempre?, a una batalla constitucional para conseguir la presidencia vitalicia. El fenómeno nos recuerda de manera invencible lo que logró Vladimir Putin: después de un sorpresivo y hábil cambio de sillas con su primer ministro, una reforma de la Constitución para permanecer ad vitam eternam en el Kremlin. El presidente turco Erdogan lo ha imitado, pero le falta todavía la última etapa.

Los electorados latinoamericanos le dan la razón al profesor Alain Rouquié: no se dejaron seducir por las sirenas de la reelección permanente, incluso cuando querían (o quieren todavía) al presidente. Hugo Chávez mantuvo su popularidad hasta el día de su muerte, pero no logró la reforma; Evo Morales era popular hasta hace muy poco —las cosas parecen cambiar—; Cristina Kirchner había dejado de serlo precisamente porque había usado y abusado del poder, atacado a los medios, politizado la justicia, fomentado la corrupción. Su autoritarismo arbitrario, característico de las democracias que A. Rouquié califica como “hegemónicas”, dividió al peronismo, alejó al electorado y dio la victoria a Mauricio Macri, el opositor. Evo Morales ha empezado a bajar por la misma pendiente, empujado por la situación económica. Alain Rouquié subraya que en nuestros países “bolivarianos”, que son todos exportadores de materias primas (México ha dejado de pertenecer a esa categoría económica, si bien tiene su permanente candidato “bolivariano”), el presidente se consolida porque llega al poder cuando las materias primas alcanzan precios muy altos. Han bajado y siguen bajando, y arrastran a esos gobiernos.

Investigador del CIDE. [email protected]

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