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El presidente Recep Tayyip Erdogan ganó su apuesta al obtener para su partido la mayoría absoluta en el Parlamento en las elecciones legislativas del 1° de noviembre. Su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) la había perdido hace pocos meses, lo que obligaba a formar un gobierno de coalición, algo insoportable para quien quiere reformar la Constitución y quedar en el poder hasta 2023, por lo menos, según lo repitió en varias ocasiones: para celebrar el centenario de la república fundada por Kemal Ataturk, república que no tenía nada que ver con la presente, después de todos los cambios realizados por Erdogan.
Hace cinco meses su partido había cosechado el 40% de los votos; acaba de recibir 49.5% cuando los sondeos le pronosticaban mucho menos. La participación fue muy alta: 85%. Victoria personal de un presidente que disolvió el parlamento, cuando AKP estaba dispuesto a seguir en un gobierno de coalición, victoria del voto del miedo frente a la posible crisis económica provocada por la inestabilidad política, frente a la guerra vecina en Siria y más aún a la ruptura en julio del alto al fuego en el Kurdistán turco. Esta ruptura le sirvió al presidente para convencer al electorado turco de la necesidad de un poder fuerte para evitar la creación de un Estado kurdo a caballo sobre Irak y Turquía. La jugada le tiraba además al partido kurdo del HDP que había logrado 15% de los votos en la elección anterior, atrayendo muchos jóvenes turcos. Ahora perdió un millón de sufragios, si bien logró superar la barrera del 10% debajo de la cual un partido desaparece. Esos votos regresaron al partido socialdemócrata de donde venían.
Así que el presidente Erdogan ganó su apuesta. A un costo muy alto para la democracia y para los ciudadanos turcos, sean turcos o kurdos, creyentes o no creyentes, musulmanes ortodoxos o alevíes… Cuatro días antes de las elecciones, Erdogán mandó cerrar violentamente dos televisoras de la oposición y pocos días después de su victoria arrestos e inculpaciones se han multiplicado, lo que no anuncia la “reconciliación nacional” prometida, sino la continuación de la deriva hacia un régimen autoritario y personalista. El presidente no dispone todavía de la mayoría parlamentaria de los tres quintos, necesarios para reformar la Constitución pero encontrará con seguridad solución a su problema.
La minoría kurda cuenta con 16 millones de personas, o sea la quinta parte de la población turca (casi 80 millones); en los últimos años había tenido grandes esperanzas cuando las medidas positivas tomadas por el gobierno habían convencido a las milicias del partido nacionalista kurdo (PKK, Partido de los Trabajadores del Kurdistan) de renunciar a la lucha armada y a la independencia, a cambio de una verdadera autonomía y del respeto de su lengua. Todo esto, el esfuerzo de años se fue al caño y desde el mes de julio combates y bombardeos han vuelto a asolar el Este de Turquía. Las milicias kurdas de Siria apoyan a sus parientes turcos, de modo que la aviación turca las bombardea también, en lugar de combatir a un Califato que ha sido alentado durante mucho tiempo por Ankara. Así se acabó la doctrina inicial de Erdogan cuando, hace diez años, anunciaba “cero problemas con los vecinos”. Entonces apoyaba totalmente al régimen sirio, mientras que ahora considera a Bashar el Asad como el enemigo por destruir.
En 1985, los nacionalistas kurdos declararon la guerra al gobierno turco. El saldo de una terrible represión fue de 45 mil muertos, a lo menos, como resultado de una estrategia militar de la tierra quemada. La presente escalada entre milicias kurdas y ejército no anuncia nada bueno para la población civil. Mientras que la Bolsa de Estambul celebraba a su manera la victoria de Erdogan, jóvenes kurdos gritaban en la ciudad de Diyarbakir “¡Guerra, guerra¡ Esto será la guerra”. Por desgracia, es la guerra.
Investigador del CIDE.
jean.meyer@cide.edu
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