¿Y Crimea?

Jean Meyer

Ahora el conflicto está congelado, pero nada se ha solucionado. Mientras, los tártaros de Crimea pagan el pato. Sus escuelas religiosas han sido cerradas

Hubo violación del derecho internacional cuando Moscú, después de intervenir militarmente en la península oficialmente ucraniana, procedió a su incorporación en la Federación de Rusia. No habrá marcha atrás. Tan pronto como desapareció la URSS, habrá empezado un partido de brazo fuerte entre Rusia y Ucrania. Pero hay que recordar que además de la mayoría rusa, de la importante minoría ucraniana, existe en Crimea la minoría tártara.

“El lugar parecía completamente extranjero; los olores no eran rusos, los sonidos no eran rusos, el burro que rebuznaba cada noche, junto al dar comienzo el muecín a su monótono canto desde el minarete del pueblo (una esbelta torre proyectada en silueta frente a un cielo color durazno), era totalmente de Bagdad”. Así habla la memoria de Vladimir Nabokov, al evocar Crimea en 1919. Cuando el héroe de “Todo pasa”, de Vassili Grossmann, beneficiado por el “deshielo” promovido por el ucraniano Nikita Jrushchov ―el que dio la provincia rusa de Crimea a Ucrania en 1954― sale del campo de concentración, se encuentra con pueblos en ruinas, minaretes derrumbados, cultivos abandonados. Los tártaros de Crimea, pueblo musulmán, acusados colectivamente de colaboración con el invasor alemán y, “castigados” como otros pueblos, fueron deportados en masa, en mayo de 1944, hacia Asia Central. La república autónoma de Crimea despareció, su territorio fue incorporado a la república soviética rusa e invadido por colonos rusos y ucranianos. Rehabilitados en 1967, los tártaros no han recuperado ni su territorio, ni sus derechos nacionales y, después de la anexión, sus dirigentes han tenido que huir hacia Ucrania o Turquía. A la hora del “regreso” de Crimea en el seno de Rusia, 65% de sus habitantes eran rusos, 25% ucranianos y 10% tártaros.

En mayo de 1992, Crimea proclamó su independencia para protestar contra el centralismo ucraniano y convocó a referéndum. Kiev declaró todo inconstitucional y, después de fuertes tensiones, Crimea se inclinó. Boris Yeltsin, había declarado alguna vez que el problema de Crimea era exclusivamente ucraniano; ahora reconocía que era también ruso, con las bases navales de Sebastopol y Balaklava para la armada del Mar Negro, y con una mayoría demográfica rusa. A partir de 1992, en repetidas ocasiones, Crimea fue la manzana de discordia entre Ucrania y Rusia, entre los parlamentos de Kiev, Moscú y Simferopol (capital crimeana). No cabe duda que la mayoría rusa hubiera preferido cancelar el traspaso de 1954, pero se resignó al statu quo. Kiev temía que ceder en el caso de Crimea pudiese incitar a las poblaciones rusas de Donetzk y Lugansk, sus provincias orientales, a pedir su integración a Rusia. Se lograron compromisos sobre la flota y sus bases, Crimea renunció al regreso a Rusia.

Congelado, el caso no estaba cerrado, ni resuelto, como bien se vio el año pasado, en el marco de un enfrentamiento mucho más grave entre Kiev y Moscú. Crimea es y quedará rusa, y ni modo que haya sufrido el derecho internacional. Los temores ucranianos se confirmaron con la insurgencia separatista del Oriente, apoyada por Moscú y los errores de Kiev. Ahora el conflicto está congelado, pero nada se ha solucionado. Mientras, los tártaros de Crimea pagan el pato. Sus escuelas religiosas han sido cerradas, todas menos una, a veces violentamente. Un año de negociaciones no tuvo resultados; según las autoridades, “las escuelas siguen en el proceso de registro” exigido por la ley. Las escuelas religiosas ortodoxas, las que dependen del Patriarcado de Moscú, no las ucranianas que dependen del patriarcado de Kiev, fueron registrados sin problema. Quedaron sin registro y por lo tanto cerradas, las musulmanas y las bautistas. En varias ocasiones la policía entra violentamente en las mezquitas y confisca literatura religiosa bajo la acusación de “extremismo”, invocada también contra los bautistas.

Investigador del CIDE

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