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El misterio de los santos inocentes

Jean Meyer

Pequeños infantes lechosos, víctimas directas o indirectas, a lo largo de los siglos, de hombres que presumen pertenecer a la especie 'homo sapiens sapiens '

Desde el 9 de agosto tengo sobre mi mesa la foto en blanco y negro de una pequeña familia. El papá, unos treinta años, lleva en brazos un niñito de un año, poco más de un año; a su lado la joven mamá. No aparece en la foto el hermanito Ahmed, cuatro años. Es una familia palestina que vivía en el pueblo de Duma, cerca de la ciudad de Nablús. Unos días antes del día 9, Saad, el papá y el pequeño Ali murieron abrasados a consecuencia del atentado cometido, de noche, con cocteles molotov por terroristas judíos; la madre, Rihan, y el niño Ahmed fueron hospitalizados con graves quemaduras en el 60% del cuerpo. Rihan murió el 7 de septiembre; no sé si Ahmed vive todavía.

Pensaba escribir sobre el caso, en el marco de una reflexión sobre la línea seguida por Israel contra el pueblo palestino, pero en la noche del 2 de septiembre me alcanzó en internet la terrible fotografía a colores del cuerpo de un pequeño niño, ahogado en el mar Egeo, entre la costa turca y la muy vecina isla griega de Kos. En el naufragio murieron once personas, varias mujeres, su madre, y cuatro niños, entre los cuales su hermano. Escribí hace poco sobre el tema de los desesperados habitantes del Oriente Medio que buscan al peligro de su vida un refugio en Europa. Habrá que volver al tema, pero la foto en blanco y negro del hermoso niñito Ali, bien vivo en brazos de su padre, la foto a colores del santo inocente desconocido, víctima de la locura de los hombres, me llevan por otros lados. No podré tener a la vista, cada día, la segunda foto, la de Aylan, y la primera me hiere cada día. Como abuelo, como padre, como hombre.

Es “el misterio de los santos inocentes”. Charles Péguy escribió un hermoso, rugoso, terrible poema en prosa, con ese título, sobre los infantes masacrados por los soldados, los sicarios del rey Herodes que deseaba, a toda costa, la muerte del niño Jesús. Antes de que el mar llevara a la playa el cuerpo del niñito vestido de una playera roja y de un pantalón corto azul, después de enterarme de la muerte atroz de Ali, busqué mi libro de Péguy y leí “el misterio de los santos inocentes”. Y ahora escribo en memoria de tantos inocentes niños ahogados en el mar Mediterráneo —el mar Egeo es parte de aquel—, asfixiados en los bajos de las barcazas de los traficantes de ganado humano, asfixiados en los trailers o en los camiones frigoríficos que comercian en toda Europa con los migrantes. Y en nuestro México también, desde la frontera con Guatemala hasta la frontera con Estados Unidos. Escribo en memoria del largo desfile de todos estos pequeños infantes lechosos, víctimas directas o indirectas, a lo largo de los siglos, de hombres que presumen de pertenecer a la especie homo sapiens sapiens. Sin olvidar a nuestro pequeño compatriota de seis años, torturado y apuñalado 22 veces, hace poco, por cinco muchachos y muchachas cuya edad va de doce a quince años…

Insondable misterio encuentro en la masacre de los santos inocentes. Herodes quería matar al niño Jesús porque creía que venía a quitarle su trono; los terroristas judíos, hasta ahora más que tolerados por el Estado de Israel, quieren expulsar los palestinos de su tierra natal y, si necesario, borrarlos de la faz de la tierra. ¿Qué querían los adolescentes asesinos del santo inocente? La fascinación del mal… “Cuando hay gente que se asfixia en camiones y llegan cuerpos de niños a la orilla del mar, es hora de actuar”, dice la inglesa Yvette Cooper y la canciller alemana Angela Merkel pide a la Europa toda abrir los brazos a los refugiados: “Si Europa falla en esa cuestión de los refugiados, quedará destruida su estrecha relación con los derechos civiles universales y no tendremos la Europa que deseamos”. Cuando Hitler quiso expulsar a los judíos alemanes de su país, todas las naciones se negaron a darles visa de entrada que exigía el poder nazi para dejarlos salir del Reich. 

 

Investigador del CIDE

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