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¿Hacia dónde va nuestro país?

Jean Meyer

Claro que no puedo contestar porque no soy profeta y al rey Saúl no le pudieron contestar los magos y adivinos cuando les preguntó, en la víspera de la batalla decisiva, quién iba a vencer, él o el enemigo. Lo único que puedo hacer es manifestar las preocupaciones generalizadas. Así, un lector me escribe que “México vive una revolución fascista, caracterizada por actos sediciosos de grupos organizados y adoctrinados para agredir a la sociedad con paros, bloqueos, vandalismo, campamentos, asaltos y robos”. Menciona, entre otros actores, a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, y cada uno de nosotros puede armar una lista de los que nos desgastan en nuestra vida cotidiana, desde los automovilistas groseros y los ciclistas que no hacen caso a nadie, hasta los sicarios, sin olvidar a los terroristas de la Secretaría de Hacienda.

El circo nada cómico del Congreso Constituyente de la Ciudad de México, así como la actividad legislativa del Senado, nos recuerdan que los griegos (que lo inventaron todo) consideraban como una prueba de degeneración el alud de leyes, decretos, reglamentos: Se gobiernan bien aquellos que se atienen a leyes establecidas de un modo sencillo, no los que prevén en las leyes todos los casos posibles, para provecho de los sicofantes. Eso decía Eforo, primer autor de una Historia Universal, en el siglo IV antes de Cristo, y lo comprobamos cada día; cuantas más leyes, menos y peor Derecho. Todos sabemos que nuestra Justicia no funciona y que está gangrenada por la corrupción y la complejidad normativa. El profundo deterioro del Estado de derecho va acompañado por la invocación constante, populista y supersticiosa del Derecho. José María Ruiz denunciaba hace tiempo el uso populista “del Derecho como placebo” que convierte la producción de leyes en “mero discurso propagandístico, cargado de mesianismo y rasgos salvíficos con el que los actores políticos hacen creer a la sociedad que curarán todos sus males” (El País, 25 de julio de 2007). En México hoy nadie los cree, pero siguen y no hacen caso a la sociedad cuando protesta: los historiadores que sí saben de archivos, ¿lograrán hacerse escuchar de un Senado que pretende imponer una ley de Archivos a su antojo?

En cuanto a la corrupción, que es la principal preocupación de los mexicanos, porque la virulencia del crimen organizado debe mucho a la misma, vale recordar lo que el gran historiador griego Polibio escribió al comparar los sistemas políticos de Roma y Cartago: En Cartago, ninguna actividad, si es fuente de ganancia, se considera como fuente de deshonra. En Roma, no hay nada más vergonzoso que dejarse comprar o buscar ganancia por medios inconvenientes. Así como los romanos estiman a la gente que gana dinero honestamente, así reprueban la conducta de los que se enriquecen por otros caminos. La prueba es que en Cartago es por la corrupción abiertamente practicada que se ganan las magistraturas, mientras que en Roma tales procedimientos se castigan con la muerte. (Historia, Libro VI, capítulo VII). ¡Con la muerte! Sin comentario…

Con respecto al problema de la educación en México, que la clasificación elaborada por la OCDE subraya para mayor vergüenza nuestra, vale repetir lo que publicó hace muchos años nuestro admirable Jorge Ibargüengoitia en sus Instrucciones para vivir en México, compiladas por Guillermo Sheridan: La falta de aulas no es más que una de tantas cabezas de la hidra, y la que aparece con mayor frecuencia… nos enteramos de que se han construido tantas más cuantas aulas, que se van a construir tantas más cuantas otras. Es menos frecuente que se den a conocer estadísticas referentes al grado de preparación de los maestros, las faltas de asistencia de los maestros, la utilidad de los textos, el aprovechamiento en clase, la exactitud de las calificaciones, etcétera… Tengo la impresión de que el problema es de tal índole que no tiene solución dentro de los medios tradicionales, aunque estos se multipliquen.

Investigador del CIDE.
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