El universo literario del escritor portugués José Luís Peixoto (Galveias, 1974) es una persistente exploración sobre la historia de Portugal, los habitantes de la región de Alentejo, donde creció, pero también de su mundo autobiográfico.
El narrador, ensayista, poeta y traductor que es uno de los autores más destacados de la literatura portuguesa contemporánea, además tiene fuertes lazos con nuestro país —a través de sus visitas y libros publicados con Cuadrivio, Arlequín y Fondo de Cultura Económica—, los cuales se afianzarán entre junio y julio próximos, cuando se convierta en el nuevo residente literario de la Casa Estudio Cien años de Soledad, bajo el auspicio de la Fundación para las Letras Mexicanas.

“Estoy muy contento. Será una experiencia increíble, no solo el privilegio de estar ahí en esa casa habitada por ese gran escritor que es Gabriel García Márquez, sino también por estar en la Ciudad de México, con la que podré tener una experiencia de más de dos meses”, afirma, emocionado, el escritor que fue uno de los invitados especiales de la Feria Internacional del Libro de Coyoacán, y quien reconoce que su narrativa se caracteriza por su gran fuerza expresiva, desarrollada también en el teatro, el libro de viaje y la literatura infantil.
Licenciado en Lengua y Literatura Modernas por la Universidad Nova de Lisboa, cuya obra ha sido traducida a 26 idiomas y ha merecido numerosos premios como el Premio Océanos, el Premio Libro d’Europa, el Premio da Sociedade Portuguesa de Autores, el de Poesía Daniel Faria, el Premio Cálamo y el Premio Literário José Saramago, José Luís Peixoto conversa con EL UNIVERSAL sobre las obsesiones que lo llevó a publicar Libro lanzado por Arlequín; Te me moriste, su primera obra nacida del duelo y la pérdida de su padre, y vinculada absolutamente a La Montaña, su más reciente novela que habla del cáncer que se llevó a su padre, y de la muerte.
¿Tus historias, por ejemplo Libro, hablan de Portugal, pero parecen situarse en México?
Sí, porque las historias que uno tiene para contar son arquetipos; aunque a veces traten de temas específicos, se pueden entender de una manera más metafórica y simbólica. En ciertos aspectos, el mundo en que vivimos hoy está perdiendo esa capacidad de la alegoría y es esencial que uno hable de lo que conoce mejor. Es cierto que ya escribí mucho y seguiré escribiendo sobre lo que conozco mejor, sobre el mundo de mi juventud y niñez, de la ruralidad portuguesa. Pero también lo que estoy viviendo hoy me toca, llega a mi pensamiento y a los libros.
¿Hay un interés por recuperar la memoria y la historia?
Creo que la literatura tiene que encontrar su lugar entre esos dos puntos, el individual y el colectivo. La literatura es al mismo tiempo extremamente individual y también extremadamente colectiva. Cada persona, cuando lee un libro, está tomando parte en una experiencia colectiva, el que escribe y el que lee, es como una comunidad de gente imaginándose la una a la otra e interconectadas no sólo por los hechos ahí descritos, sino por algo tan profundo como es el lenguaje. Y el lenguaje es casi el misterio mismo de la humanidad. La manera como alzamos puentes a través del lenguaje es un milagro humano.
¿Escribes con la conciencia de la historia de Portugal y de tu historia personal?
Yo nací en un año muy importante en la historia de Portugal, en 1974, el año de la Revolución de los Claveles, que terminó con casi 50 años de dictadura. Naciendo en ese año yo empecé a tener alguna conciencia del mundo en un tiempo en que se estaban estableciendo los cambios de esa revolución, ese tiempo de los años 70, 80 y 90, incluso con Portugal buscando un lugar en Europa, son años que marcan mucho lo que es la realidad de Portugal hoy y lo que será el futuro de Portugal.
Puede ser que cuando empecé a escribir no tuviera una conciencia tan trabajada de esos temas y de mi posición ante ellos, pero ya tenía alguna intuición por el mundo donde nací y crecí, que es la región de Alentejo, que tiene una situación social muy propia, es la región más pobre de Portugal, es una región de latifundios, donde pocos son los propietarios de la tierra y la gran mayoría trabaja para esa élite. Y por eso también de algún modo tenía esa experiencia y esa visión. Pero con el paso de los años y con los libros que he escrito, creo que de algún modo gané un poco más de conciencia.
¿Las referencias autobiográficas son un gran motor?
Mi novela Autobiografía no es realmente una autobiografía, sino que es un encuentro entre dos escritores, uno mayor, José Saramago, y uno joven, que está intentando escribir la biografía de Saramago. Después de escribir ese libro me interesó seguir trabajando el aspecto de la biografía, la vida de una persona. Ahí está Comida de domingo, que acompaña la vida de un hombre que nació en 1931 hasta 2021; y la más reciente todavía es más ambiciosa porque acompaña la vida de seis personas reales en una reflexión sobre la vida, la enfermedad, el paso del tiempo, el sentido de la vida y la muerte. Por eso también trae un poco el tema de la Historia mezclada con la historia personal, la autobiografía, y mezclada también con la ficción, con esa masa narrativa con la cual uno puede dar forma a esos objetos narrativos.
Entre los libros Te me moriste y La montaña hay 30 años de literatura, ¿cómo es ese vínculo?
Es de una manera muy directa porque Te me moriste habla del duelo y habla de un hijo que perdió su padre, que fue lo que me pasó a mí, es un libro que trae la dimensión autobiográfica de una manera muy abierta, y en La montaña, 30 años después, vuelvo a traer a mi padre y es una dimensión bien íntima; hay relaciones, porque Te me moriste es un libro sobre el duelo y sobre la pérdida en el momento, y La montaña es la pérdida pero 30 años después, donde hay otra manera de mirarla y al mismo tiempo también hay casi una madurez en reconocer que la muerte de los otros es nuestra muerte y sobre la vida. Yo hoy tengo casi la edad que mi padre tenía cuando murió.
¿Y pese a la presencia de la historia y la autobiografía, tu obra es ficción?
La ficción es lo que define una novela, pero el hecho de que tenga relaciones directas con hechos que ocurrieron le puede regalar otra perspectiva y otra lectura y puede incluso hacer que esa ficción tenga niveles de complejidad que incluso te hacen pensar sobre dónde empieza y dónde termina la ficción. Yo creo que no existe la ficción pura. Ni esas novelas de fantasía o de ficción científica son absoluta y puramente ficcionales, siempre hay algo que nos conecta con lo que conocemos, con lo que vivimos; no se puede hacer una frontera concreta entre la literatura y la vida, incluso no estamos tan conscientes de que hay mucha ficción en la realidad. Muchas veces las ideas que tenemos sobre los otros son solo ficciones, especulaciones, pero esas especulaciones son nuestra manera de entender el mundo.
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