(Mérida, 1961) entró a la literatura vía los griegos. En esas tragedias se halló y encontró el reflejo del mundo femenino de su niñez, “Ese mundo encontró un espejo en la tragedia griega con esos mujerones que hay allí”, asegura el escritor yucateco que obtuvo el 2025 en el campo de Lingüística y Literatura, el máximo reconocimiento otorgado por el gobierno de México, en reconocimiento a “su trayectoria de más de 60 años, su minucioso cultivo del cuento y la minificción, y su aporte a la formación literaria”.

El narrador de 84 años, quien es uno de los exponentes más importantes de la ficción breve en México, cuenta que empezó a escribir con sólo la primaria terminada y sus primeros pasos los dio en la poesía, pero luego, cobijado por maestros como Rulfo, Edmundo Valadés y Augusto Monterroso, su camino lo fue llevando por los vericuetos de la brevedad, hasta darle sentido, peso y definición.

Autor de La banda de los enanos calvos, Sueños de segunda mano y Mamá duerme sola esta noche, Monsreal dice que está feliz con el galardón, pues es un empujoncito para seguir trabajando, y que espera que lo entreguen en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes.

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¿Aunque probó varios oficios, lo esperaba la literatura?

Me estaba esperando y ya era mañosamente seductora porque ya estaba para envolverme, para atraerme y me marcó para siempre. Más o menos pronto supe que quería estar con la literatura. Comencé a hacer mis primeros versos para las compañeras de la escuela de teatro, sin saber muy bien lo que hacía, pero fue en Punto de Partida donde descubrí que existían los talleres literarios y ahí sí fue cuando dije, “Bueno, esto es un juego para jugarlo en serio. Hay que aprender las reglas de ese juego”. Aprendí los pequeños secretos, reglas, astucias que se requieren, palabras, gramática, sintaxis. Me encantó descubrir el lenguaje y luego establecer un juego muy serio con él.

¿Con qué autor o historia se hizo escritor?

Rulfo fue mi tutor en el Centro Mexicano de Escritores, no nos llevamos muy bien que digamos, pero muchos años después empezó la amistad en serio. Y luego Arreola, otro artífice de la palabra, y al arrancar que me topo en la vida con Monterroso, con quien descubrí a los que fueron mis primeros maestros literarios, Jules Renard y Efrén Hernández. Con ellos aprendí a manejar el gusto, la malicia literaria, las pequeñas astucias.

¿Un universo que no le descubrió la escuela?

Estudié sólo hasta sexto año de primaria. Fue hasta que entré a explorar el mundo del teatro que empecé a leer. Con los griegos tuve la transmutación interior, con ellos entendí que quería contar lo que traigo en el buche. Fue como un huracán, una fuerza incontenible de la naturaleza que avasalla pero que enseña. Fui aprendiendo que todo es parte de este juego espléndido en el que hay que creerse uno que es el personaje.

Foto: Gabriel Pano / EL UNIVERSAL
Foto: Gabriel Pano / EL UNIVERSAL

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¿Desde dónde asume la literatura?

Hay dos elementos fundamentales para la creación literaria: imaginación y memoria. No puede uno decir dónde comienza una y dónde termina la otra. Cuándo parte un hecho literario de la memoria o cuándo parte de la imaginación y en qué momento se juntan, se maridan, se aman, se consienten y juegan. Llega un momento en que no se diferencian y entonces puedo ir cabalgando en cada uno de esos juegos.

¿Hay temas que lo siguen atosigando?

No son míos, pero tengo los 10 mandamientos y los siete pecados capitales. Con eso tiene uno para cubrir todo lo que se quiere. Hay algunos que son más frecuentes que otros: la culpa, la vergüenza, el coraje, la soberbia, el miedo, esos temas universales que me gustan a mí, me atraen especialmente porque con ellos puedo trabajar mejor. Yo viví rodeado de mujeres toda mi infancia. Mi mundo es femenino. Mi parte femenina es muy abundante. Ese mundo después encontró una respuesta o un reflejo o un espejo en la tragedia griega con esos mujerones que hay en la tragedia griega. Estos personajes supongo que me crearon un mundo interior del cual puedo abrevar permanentemente y estar sacando hilo. Esa admiración estética con el tiempo se me convirtió en una emoción estética.

¿A géneros como el aforismo o el haiku los ha personalizado?

La minificción se los ha apropiado. Ahora ya no le llaman aforismo, sino minifición; ya no le llamen greguería, ahora es minifición, leen haiku y dicen: “Ah, pero es como una minifición en verso, ¿no?” Por eso es tan generoso el género porque cabe todo, en sus puertas pueden entrar todos esos géneros breves que antes estaban diseminados y que no habían adquirido la carta de naturalización que les otorgó Edmundo Valadés al acuñar el término minificción.

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¿Usted les ha dado nombre propio y definición?

Les llamo esencialismo cuando es la mera frase, el mero concepto; y cuando hay un atisbo de personaje ya encaja en la minificción, porque ya tiene otra forma. La minificción es un mosaico de formas, es como un rompecabezas, no todas las piezas son iguales, y entre todas van a formar la figura, cada pieza es distinta y tiene que encajar en el lugar preciso. Tiene distintos colores, distintas formas.

¿Al escribir sabe qué forma tendrá una pieza?

No. Procuro tener una idea y un tema central cuando arranco un libro. Empiezo a manejarla como un rompecabezas: hay una pieza central y sobre esa van a empezar a llegar las otras. Eso me permite estructurar el libro de manera que no sea nada más juntar textos. Yo no estoy para nada de acuerdo y ese es un error que cometen muchos que escriben brevedades; dicen, “el Face ayuda mucho, voy a publicar uno diario o uno a la semana y de repente ya tengo 100 minificciones, ya tengo un libro’. No, para mí no es así. Hay que tener una idea clara de a dónde va el libro, qué elementos debe contener, qué ritmos, qué cadencias. ¿Van a ser minificciones muy breves, medianas, más larguitas? Pero todo eso necesita una estructura.

Usted ha dedicado la vida a la literatura y no se detiene.

Para mí escribir es un ejercicio gozoso, de veras plenamente gozoso. Aunque esté escribiendo las cosas más trágicas de la vida, las peores tragedias, lo más doloroso para mí, tengo que hacer que el ejercicio de la escritura sea gozoso. Por eso sigo escribiendo a máquina, en libreta con pluma fuente y cosas así. A veces, claro, llega la fatiga del cuerpo, pero nada más lo dejo en pausa, necesito mis horas de sueño y la vagancia, y luego regreso. Acabo de publicar Tres cuentos aproximadamente tristes (Sb Editorial), pero tengo varios libros pendientes y como no ando corriendo tras los editores ni los editores me andan buscando, sigo trabajando y tengo mis guardaditos de libros.

¿La literatura lo ha hecho feliz, ha sido buena amante?

Es mi amante definitiva prácticamente desde que la conocí.

¿Qué significa para usted el Premio Nacional?

Es así como decirme: “Muy bien, muchachito, has trabajado bien, sigue trabajando. No ha sido en balde esto, ha valido la pena”. Más que nada es ese empujoncito, el impulso para seguir trabajando, seguir aprendiendo porque procuro que cada libro tenga algo distinto, que sea una experimentación, una exploración. Soy un explorador y un invencionador, entonces, cada libro es un amor especial. No puede uno andar con todos los amores siendo el mismo. Nadie puede.

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