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Un ensayo sobre La sal de la tierra, la obra maestra del polaco Józef Wittlin

Un ensayo sobre la obra maestra del escritor polaco Józef Wittlin. Publicada originalmente en 1936, la novela retrata el tiempo previo a la Primera Guerra Mundial desde la mirada de un empleado del ferrocarril en Galitzia

Józef Wittlin abandonó Europa tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial y pasó las últimas décadas de su vida exiliado en Nueva York, donde murió en 1976. Crédito: Editorial Minúscula
12/07/2026 |01:03Jean Meyer |
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Qué bueno que se pueda leer en español el libro fabuloso de Józef Wittlin, un autor injustamente olvidado que parecen descubrir en España!. La Sal de la tierra (Barcelona, editorial Minúscula, 2021) fue publicado originalmente en polaco en 1936, entonces traducido a varios idiomas, como al francés en 1939, año en el que Wittlin fue nobelizable, aunque la Segunda Guerra Mundial le cerró el paso hacia el Premio.





La destrucción de Polonia lo sorprendió en Francia con su familia. Entendió inmediatamente, en mayo de 1940, cuando la Wehrmacht marchaba sobre París, que un refugiado polaco judío tenía que huir. De París a Biarritz, luego a Niza para embarcarse en enero de 1941 hacia Nueva York que se volvió su segunda patria.

Había nacido en 1896 en Galytzia, provincia ucraniana con fuerte presencia polaca, perteneciendo al imperio austro-húngaro. Hizo sus estudios en Lviv (Lwow en polaco, Lvov en ruso, Leopolis o Lemberg para los austriacos) antes de participar en la Primera Guerra Mundial en uniforme austriaco, luego a la breve y violenta guerra de 1918-1919 entre Polonia y Ucrania. Vencedora, Polonia anexó Galytzia. Wittlin que escribía en polaco, empezó a publicar poesías en 1920. En Viena, conoció a Rainer María Rilke y a Karl Kraus y se hizo amigo de Joseph Roth, compatriota de Galytzia, judío como él. Los años pasados en Francia, de 1929 a 1932, le permitieron concebir una gran trilogía, La saga del paciente soldado de infantería, y redactar el primer tomo, La sal de la tierra. El segundo tomo, La muerte sana, estaba bastante adelantado y para el tercero, Un agujero en el cielo, se había reunido el material necesario, cuando ocurrió la catástrofe: a la hora de salir de Francia, los estibadores dejaron caer al mar la maleta que contenía sus manuscritos y documentos. Pérdida total. Renunció a su proyecto y las súplicas de sus amigos y editores no sirvieron de nada. Muchos años después, hizo un intento, pero desistió después de escribir treinta hermosas páginas que uno puede leer al final de la edición en francés del año 2000 (La saga du patient fantassin, Éditions Noir sur Blanc, Lausanne).

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La fotografía muestra a soldados frente a un tren blindado austriaco (panzerzug) en Galitzia (Europa del Este) durante la Primera Guerra Mundial. (Tomada del Proyecto Flickr Commons). Crédito: Librery of Congress

En Nueva York trabajó como periodista y ensayista, y, cuando empezó la Guerra Fría, en Radio Free Europe, lo que le cerró las puertas de Polonia para siempre, a pesar de ser un autor muy popular. Hizo notables traducciones de Rilke, Roth, Cervantes, Hermann Hesse; se dice que su Odisea es la mejor versión en polaco. Publicó poemas sobre la Shoah y sus obras poéticas las puede uno leer en From the Tree of Knowledge. Poetry by Józef Wittlin. An Anthology (Mondrala Press, 2024). En 1946, publicó sus recuerdos de Lviv: Mi Lvov (Pre-textos, 2006) (Mi Leopolis, Hojas de Hierba, 2022; La meva Lwow, en catalán, 2023). En 1963, la editorial polaca de París publicó Orfeo en el infierno del siglo XX, traducido al español en 2016 por Libros de Trapisonda, Valencia.

La primera edición polaca de La sal de la tierra es de 1936, 22 años después del inicio de la Guerra Mundial, tres años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial y a 18 años del renacimiento de Polonia; faltaban tres años para su asesinato perpetrado por Hitler y Stalin.

La primera edición polaca de La sal de la tierra es de 1936. 22 años después delinicio de la guerra mundial, tres años antes del inicio de la segunda guerra mundial; a 18 años del renacimiento de Polonia, faltaba tres años para su destrucción perpetrada por Hitler y Stalin.

Esa novela sigue tristemente de actualidad ahora que la guerra de agresión de Putin contra Ucrania rebasó, en duración, a la Primera Guerra Mundial. No es una novela de guerra, en el sentido de que no hay un solo combate; es la antesala de los combates cuando, en el verano de 1914, forman de manera metódica el alistamiento en las numerosas naciones de la Doble Monarquía, el imperio austro-húngaro. El apellido del héroe, un humilde y analfabeta guarda-barrera del ferrocarril, Piotr Niewiadomski, remite a una posible condición de “sin domicilio” – lo que no es el caso, tiene su casita – y, por algo que tiene que ser más que una coincidencia, se parece demasiado al apellido Niewiadomski del polaco ultranacionalista que asesinó al primer presidente de la nueva Polonia, en 1922.

Piotr pertenece a la pequeña nación hutsul, subgrupo etnológico ucraniano de las montañas carpáticas de Galytzia; pueblo de campesinos ganaderos, famoso por sus tradiciones, sus trajes bordados coloridos, su música, está espléndidamente retratado en la película Los corceles de fuego de Sergei Paradzhánov (1968). El autor nos presenta un pueblo orgulloso, supersticioso, analfabeta que la guerra saca violentamente de su pobre tranquilidad. “En aquellos días, la campiña hutsul estaba tranquila a pesar de que la guerra se estaba acercando cada día más. La cosecha había sido levantada, pero faltaba pasar el arado sobre la paja. Los viejos hutsules no tenían prisa en volver al arado, pensaban en algo más urgente: el heno (…) De vez en cuando, interrumpían su labor, sacaban sus pipas humeantes de sus bocas y meditaban sobre la muerte que, en la lejana Serbia, afilaba su guadaña sobre sus hijos. Únicamente las viejas madres estaban constantemente habitadas por el miedo”.

La sal de la tierra cuenta la pérdida de la inocencia en un pequeño rincón de la Galytzia ucraniana que empieza a conocer el miedo y la enajenación, antes de llegar a sufrimientos atroces. Con toda razón, Alice-Catherine Carls, autora del prefacio/postfacio de la edición francesa, apunta que “uno de los temas de la novela es la monarquía austro-húngara, la complejidad de sus esfuerzos para unificar pueblos dispares, y la mezcla de rigidez y ductilidad que caracteriza sus instituciones”. Obviamente, el autor ha vivido lo que cuenta: no falta un solo detalle a sus descripciones de la movilización, del ejército, del cuartel, del drill y de todas sus exigencias para transformar al recluta en autómata. Enamorado de la vida pastoral de su Galytzia natal, Józef Wittlin deja adivinar las experiencias trágicas vividas por su gente, y por él mismo, durante la Primera Guerra Mundial.

“Sin embargo, ninguna de las madres llorosas pensaba en el fin del mundo. La inquietud empezó a llegar en el país de Pokuta solamente a mitad de agosto. Por primera vez, la palabra ‘evacuación’ aterrizó en la región. Llegó volando desde las ciudades donde la habían desenterrado, sacado de las cavas del olvido, con olor a encerrado, con palabras tales como: victoria, derrota, cautiverio, presos, ataque, muerto en el campo de honor. Si bien la palabra ‘victoria’ era la más apreciada, a pesar de que el emperador ganase batalla tras batalla en Serbia, Galytzia y en el reino de Polonia… rumores sordos venían de Lviv, diciendo que el ruso venía (…) Es un ‘ruski’ barbudo, armado de una pica y de un knut (…) saquea las tiendas y las cantinas judías y cuando le contagia la rabia, hasta quema pueblos enteros, corta la barba de los judíos y embaraza a las judías. Por eso es bueno colgar a la puerta de la casa una imagen de la Virgen o diseñar con gis una cruz. Pero, se dice, que cuando el ruso está furioso no perdona la vida ni a los cristianos”.

Nuestro héroe, Piotr Niewiadomski, aún no movilizado, ve pasar los trenes que vienen del Oriente y corren hacia el Poniente, llenos de judíos que huyen del furor cosaco que devasta la Galytzia: “¿A dónde iban? ¿Retomaban su migración interrumpida durante unos siglos? ¿He aquí que el ferrocarril transporta Israel en el desierto al final del cual le espera la Tierra prometida? Esa tierra, por la gracia del emperador Francisco-José, se encuentra en Moravia. Allá los barracones de madera recibirán a los fugitivos de Galytzia de confesión mosaica”.

Es un hecho histórico. El 3 de septiembre de 1914 los rusos tomaron Lviv y la rebautizaron Lvov. Empezó la catástrofe para los civiles, especialmente para los judíos y los ucranianos, acusados de ser los traidores responsables de la derrota. Cuando los soldados austriacos y húngaros, que no hablaban ucraniano, preguntaban a los campesinos quienes eran, los pobres contestaban rusyn, es decir, “ruteno”. Los soldados entendían “rusos” y los mataban. Cuando llegaron los verdaderos rusos, acometieron contra los judíos. Un millón de civiles, entre ellos la mitad de la población judía, huyeron. Los acomodaron en campos en Moravia, Silesia y Austria. Cuando no quedó un solo lugar en los cuarteles y las escuelas de Viena, el viejo emperador ordenó algo que Joseph Roth, el amigo galytziano de Józef Wittlin, nunca olvidó: “Que instalen mis fieles súbditos judíos en el palacio de Schönbrunn”.

Wittlin apunta: “Los hutsules no huían. Los hutsules no huyen nunca, ni delante de nadie. ¿Puede uno llevarse consigo la tierra y las vacas y los borregos?”. En cuanto a Piotr, greco-católico, como muchos en Galytzia, reflexionaba sobre el hecho de matar en tiempos de guerra. “Parece que matar a un ruso no es pecado, o cuenta como medio-pecado, como matar a un judío. Sin embargo, no es lo mismo. Los judíos no son creyentes, mientras que los ortodoxos creen en Jesucristo. Piotr conocía a los ortodoxos. Habitaban muy cerca, en Bukovina. Ciertamente eran rumanos, pero sujetos del emperador Francisco-José, como los hutsules… Todo esto no tiene sentido. Uno no sabe más quienes son los suyos, quién es el enemigo, quién es justo y quién es pecador. Dicen que los rusos están en retirada pero nos ordenan evacuar”.

Poco después, llega la orden de movilización para Piotr y sus vecinos. Suben al tren y, en cada parada suben más reclutas, ya de diferentes naciones; con los eslovacos todavía se entiende, pero cuando el tren entra a Hungría, “Piotr realizó de repente cuál colosal pecado tuvo que ser la construcción de la torre de Babel para que el Buen Dios, como castigo, haya mezclado todas las lenguas humanas. Jamás él se había inclinado sobre el misterio por el cual un hombre no entiende al otro. Es solamente en la estación húngara de Khust que se espantó frente a la insondable profundidad del hecho que ese gendarme tenía ojos, orejas y una boca como todo el mundo, pero que de esa boca no salían sonidos humanos. No, la lengua magyar no era humana. Era fuego, azufre, paprika… Si, a lo menos, fuese un enemigo, pero aparentemente es uno de los nuestros, un sujeto del emperador.. No, no es un sujeto del emperador, es un hombre del rey. Porque entre los magyares, el emperador es apenas un rey. Se entiende porque los magyares no merecen un emperador. Con semejante lengua”.

Desde la reforma constitucional de 1867-1868, el imperio húngaro se había desdoblado de modo que el Habsburgo era emperador de Austria y rey de Hungría, la monarquía se había desdoblado en kaiserliche und königliche, KK, por eso Robert Musil en El Hombre sin atributos, habla de “Kakania”.

El pobre Piotr recuerda al héroe de Voltaire, Cándido, y tiene un hermano en el personaje de Angel Wagenstein en El Pentateuco de Isaac (1998, traducido en 2008 por Libros del Asteroide), un sastre judío de Galytzia que pasa por dos guerras mundiales, tres campos de concentración y cinco patrias: Kakania, Polonia, la URSS, el Tercer Reich y, finalmente, Austria. Uno se la pasa riendo amargamente.