Este lunes 1 de junio se cumplieron cien años del nacimiento de Norma Jean. Tuvieron que pasar muchas cosas para que la recordemos después de un largo siglo. Una fue la metamorfosis de la niña en adolescente y luego en joven, y esto se manifestó en una nueva denominación, esto es, en un cambio de nombre que –por cierto– ella y alguien más eligieron: Marilyn Monroe.
¿Qué elementos confluyen para que surja un ícono de la cultura? En el caso de Marilyn antes que nada ha de hablarse de un inmenso talento, casi más bien genio actoral, con un carácter único e inconfundible. Y tuvo una belleza que fue adaptándose a los estereotipos de la época y en parte contribuyó a crearlos, mientras de un modo u otro se resistía a ellos.
Ya es un respetable lugar común decir que estos dos atributos eclipsaron otros, también muy fuertes en ella, como la inteligencia y el deseo de aprendizaje y preparación.

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¿Los íconos necesitan surgir de metrópolis centrales, de núcleos políticos y económicos? La industria cinematográfica norteamericana apoyó a Marilyn, aunque no la creó y más de una vez la torturó por ejemplo mediante un contrato poco favorable de Fox y la obligación de filmar películas que la encasillaban como objeto de deseo.
En este siglo xxi las actrices tienen mejores condiciones laborales, gracias (al menos en parte) a batallas como las que Marilyn dio hace ya más de setenta años.
Actriz y directora, Cherien Dabis ha hecho una película muy valiosa en Todo lo que fuimos (2026). Según la ficha técnica, nueve países han participado en esta pieza magistral: “Palestina ocupada, Alemania, Chipre, Jordania, Grecia, Qatar, Arabia Saudí, Estados Unidos de América y Egipto”. La película participa en el Festival de Sevilla por mejor dirección y se encuentra entre las candidatas para representar a Jordania en los Óscares (iba a rodarse en Palestina; la guerra–invasión lo impidió).
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La directora y actriz palestino–norteamericana hace un recorrido desde 1948 hasta 2022 mediante una saga de tres generaciones. Tiene la originalidad y el acierto de haber incorporado a una familia en la película: “Los actores principales son todos familia. En la película, un padre y sus dos hijos, y el adolescente que interpreta a Noor también es primo de ambos. Así que, en realidad, son cuatro generaciones de una misma familia. Me pareció muy especial trabajar con esta increíble familia de actores palestinos, la familia Bakhri, para crear este retrato intergeneracional. Y su familia es de Jaffa, de donde proviene también la familia que protagoniza la película” (entrevista en la hoja respectiva con los datos de la película, Renoir, Madrid).
Noor participa un día cualquiera en una intifada. Hay disparos. Corre 1978. Su madre habla con un joven judío en 2022: algo de Noor hay ahora en este joven. Para que ello sea posible han tenido que transcurrir muchos acontecimientos, y al menos uno es letal. Entre las historias entrecruzadas, vivimos casi en carne propia el despojo de tierras y casas de mediante las armas ya en 1948. No hay ninguna indemnización. La película ofrece una suerte de salida simbólica y práctica entre ciudadanos de una parte y otra, ya que no se cuenta para nada con los gobernantes.
Tres mujeres (Á voix basse, 2026), de la directora tunecina Leyla Bouzid, también nos presenta tres generaciones (al final serán cuatro): abuela, madre y Lilia (una hija que a su vez tendrá una hija).
Daly, tío de Lilia, es encontrado muerto y desnudo en una calle de Sousse. Lilia, a quien encarna la actriz Eya Bouteraa, viaja desde París con su novia para asistir a las exequias y para, inevitablemente, enfrentarse a la evidencia de que a su madre –que quiere tener nietos– le costará mucho trabajo admitir el hecho de que su propia hija se enlaza con el destino de su hermano, Daly, homosexual, y de que por ello probablemente nunca prolongará la línea consanguínea.
La casa de la abuela en el filme es asimismo la casa de la abuela de la directora: “Desde los inicios mismos de mi deseo de hacer cine, siempre soñé con filmar esta casa. […] Su potencial para el movimiento, la fluidez y las perspectivas, el claroscuro de alto contraste de la luz que la atraviesa, los muebles antiguos de madera oscura… todo en esta casa respira cine. La exuberante vegetación que literalmente la invade le confiere una atmósfera surrealista y mágica en esta calle empedrada. Parece desprender una energía mística, la de las veinte vidas que allí se vivieron, ahora desaparecidas, y cuyo misterio la cámara intenta capturar” (entrevista en la hoja respectiva con los datos de la película, Renoir, Madrid).
La directora se pregunta cómo encontrará Lilia el valor y la fuerza para ser quien es. “¿Cómo construir algo, tener un hijo sin decírselo a su madre?” El filme se presentó en el Berlinale del pasado febrero.
Las catadoras de Hitler, también de 2026, es una película de Silvio Soldini y se basa en un hecho que se conoció hace apenas un par de décadas: el chef de Hitler tenía la instrucción de reclutar mujeres jóvenes para que probaran los alimentos preparados por él antes de llevarlos a la mesa del dictador en las fronteras orientales de la Alemania de entonces, allí donde ocurrirá un atentado en julio de 1944.
La película se basa en la novela homónima (Le assaggiatrici) de Rosella Postorino. El director quería evitar errores frecuentes en películas con base histórica: “Tenía mucho miedo de hacer una película de época, porque recrear un mundo en el que no has vivido es más problemático, más caro y a veces, como espectador, cuando veo una película de época, hay algo que suena un poco falso, puede ser la actuación, algún diálogo o el maquillaje demasiado visible. He sido cuidadoso desde ese punto de vista, quería que la película se recibiera como una película muy auténtica” (entrevista en la hoja respectiva con los datos de la película, Renoir, Madrid). Pienso que lo consigue.