Algunas de estas cosas son ciertas (Almadía), dice Vicky González. Lo son en pleno siglo XXI: machos aferrados a su pose; mujeres que no pueden sino dolerse porque a veces se sienten como “ciudadanas de segunda clase”; familias que aparentan el brillo mientras ocultan la inmundicia que habita por debajo; niñas que sienten vergüenza de serlo; parejas de límites indefinidos sin espacio para el silencio y que creen tener todas las certezas del sexo y el amor; funcionarias que ejercen el poder como un arma que no exonera a nadie. Bienvenida sea la escritura de González que, desde muchas voces, nos lleva al necesario lugar de la incomodidad.
Muchos de estos cuentos son atravesados por la poderosa idea de los referentes: ¿por qué los necesitamos? ¿Qué cree que es lo más complejo de crecer sin ellos?
Creo que en la adolescencia somos incapaces de forjar nuestra propia personalidad sin observar a los demás para copiarles algo. La mayor parte del tiempo lo hacemos sin darnos cuenta, y esas veces son las más peligrosas, porque no son modas, sino creencias (creer que mereces que te traten de cierta forma, o que el amor se vive de cierta manera). Ese tipo de cosas se aprenden en casa. El otro tipo de referente es al que le copiamos descaradamente y lo que intentamos imitarle son cosas superficiales: el corte de pelo, la forma de hablar, de vestir. Intentamos copiarles la actitud, pero eso casi siempre termina mal, porque es una máscara y no se puede sostener tanto tiempo. Lo difícil de crecer sin tener alguien cercano a quien admires es que entonces lo buscas en donde puedes y la mayor parte del tiempo terminamos recurriendo a personajes ficticios o a personas famosas sin entender lo que en verdad hay detrás. En otras palabras, no todos los referentes son buenos.

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¿Cómo fue el ejercicio de narrar algunos cuentos en primera persona y de asumir a esos personajes desde ese lugar tan particular?
Fue sumamente divertido; me encanta meterme en distintos papeles y narrar desde ahí. Creo que me hubiera gustado ser actriz. Imagino que el ejercicio de la actuación es similar: entender al personaje, conocerlo bien y luego darle vida, improvisar, ver hasta dónde te lleva; en este caso, dejar que la voz dicte la historia que estás escribiendo. Creo que también es un ejercicio de catarsis para mí, porque en varias ocasiones he decidido narrar desde la voz de alguien a quien repudio, una voz que se parece a la voz de personas que me han hecho daño. No lo había pensado antes, pero podría decir que es una especie de psicomagia: al poseer su voz, me pongo por encima de ellos y los domino.
Uno de los asuntos más interesantes en estos cuentos son esas “pequeñas teorías de la vida cotidiana” (la tendencia a explicarlo todo, a encontrarle un sustrato profundo a casa cosa que hacemos o que hacen los demás). ¿Cómo las trabajó desde lo literario?
Creo que se trata de observar y detenerse en los detalles de forma obsesiva. Las historias que narro en este libro pueden pasarle a cualquiera; no son aventuras épicas; son, como dices, situaciones de la vida cotidiana. Se convierten en historias que vale la pena contar al momento en el que el punto de vista se clava más de lo normal en algo. Por ejemplo, cuando uno de los narradores recibe una carta que va dirigida a alguien más, un error típico cuando vives en una casa rentada que ha pasado por varios inquilinos; este narrador pudo haber tirado la carta y seguir con su vida, pero en mi historia decide buscar a la destinataria, seguirla de cerca, obsesionarse, enamorarse (según él), etcétera. Pareciera que mis personajes están buscando cualquier excusa para salir de esa cotidianidad y esas excusas se encuentran en los detalles.
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Precisamente por esa línea, una de sus personajes habla de una situación sexual en la que siente enorme placer mental (no sexual). ¿De qué manera abordas ese mundo de las ideas (preconcebidas, prejuicios, expectativas sobre los roles, etc.)?
Ese personaje describe algo que no sé si me sucedió solo a mí o si le sucede a todo el mundo: el placer, al principio, además de sexual es por concepto, como si fueran hitos que debiéramos de lograr para convertirnos en personas mayores (una obsesión que tuve durante la pubertad). Por ejemplo, la primera vez que me besé con alguien recuerdo haber pensado: “Estoy besando a un hombre”, como si la frase, el concepto, fuera más importante que el acto, y después obviamente fue escalando. Ahora puedo ver que hice cosas que no quería hacer, y que definitivamente no disfruté, solo porque el concepto me atraía. Sobreanalizarlo todo es una maldición, pero funciona para escribir.
¿De qué manera narra los estereotipos de las relaciones mediadas por la idea del género, sin que se sienta moralizante?
Creo que una de las maneras es que la historia la cuente “el malo”, y te la cuente sin reconocer el error. He conocido a muchos hombres misóginos o que ejercen una masculinidad tóxica muy descarada, pero muy pocos lo reconocen. Ellos creen que su comportamiento es normal, y no solo eso, sino que están haciendo lo correcto. Me gusta narrar desde ahí, como decía antes, por una especie de catarsis. También escribo desde la voz de mujeres misóginas y machistas. A muchas de las mujeres de mi generación, de la ciudad de donde vengo, nos tocó practicar esa voz durante la adolescencia sin darnos cuenta, y me encanta que ahora se algo que se lea con muchísima incomodidad.
¿Qué lectura hace de las instituciones (familia, religión, matrimonio) desde estos cuentos?
En varias ocasiones menciono a la familia y el concepto de hogar como algo que debería ser un refugio, pero en cambio es un lugar frío en donde impera la soledad. A la religión y al matrimonio los critico cuando existe una doble moral. Es algo que vemos constantemente en la vida real, que el más religioso es al mismo tiempo el mayor villano. O que hombres casados estén buscando aventuras con mujeres más jóvenes, o según ellos “menos valiosas” que sus esposas, a quienes puedan utilizar para satisfacer los deseos sexuales que no se atreven a mencionar en casa. Critico a los fervientes religiosos que creen porque les dijeron en qué creer y jamás lo cuestionaron, jamás se han asomado a ver qué otros tipos de creencias existen allá afuera o de qué otras maneras se puede vivir la espiritualidad. Esa gente sigue creyendo en las mismas cosas que les enseñaron en la niñez y se casaron porque les dijeron que tenían que hacerlo antes de los treinta.
En todos los cuentos hay un trabajo narrativo muy valioso alrededor de los cuerpos o la corporalidad. ¿Cómo los concibe dentro de su escritura?
Creo que tiene que ver otra vez con la obsesión por los detalles que en algún momento me forjaron. Cuando eres pequeño observas con ferocidad; te quedas callada porque eres niña y pocas veces es tu turno de hablar, así que observas. Y lo que hay a tu alrededor son cuerpos que deseas, que repudias o que quieres llegar a ser o poseer. Creo que llevo esa fijación a la escritura, describiendo lo que supuestamente no debería de importar, pero sigue abriendo o cerrando puertas, aunque solo es un disfraz de humano que nos tocó portar.
El título del libro me hizo pensar en la cuasi obligación o exigencia permanente que se ejerce sobre las mujeres, que “deben” asegurar que sus ideas, opiniones, sentimientos, etc. son válidos o ciertos.
No lo había visto así, pero tienes razón. El título del libro tenía que ver con dos cosas: por un lado, que las situaciones incómodas que describo en las historias suceden, que el machismo sigue existiendo, que la misoginia puede ser ejercida por una mujer, que la baja autoestima y la negligencia de la familia nos lleva a regalar el cuerpo a cambio de algo de cariño, que la gente engaña, etcétera. Y por otro lado, que algunas de las cosas que narro están basadas en sucesos reales; por lo tanto, son ciertas. Pero ahora que mencionas, es verdad que he pasado gran parte de mi vida tratando de convencer a los demás que “a pesar de ser mujer”, soy capaz. Que soy capaz de asesorar a un hombre mayor que tiene un puesto alto porque sé más de branding y estrategia de marcas que él (trabajo que me da de comer), que soy capaz de dar un servicio especializado y de altísima calidad a un cliente extranjero “a pesar de ser mexicana”, y la nueva: que soy capaz de escribir ficción, que no todo lo que escribimos las mujeres son anécdotas o, como dijo un crítico misógino que apenas y hojeó mi libro, “Historias que te cuenta una tía mientras se toma una cerveza”.