Hay rabia en el rostro de don Antonio, un habitante de Santa Úrsula Coapa, originario de Guanajuato, que ha vivido los mundiales de Futbol del 70 y el 86, y cuyo padre trabajó como obrero en la construcción del otrora Estadio Azteca, hoy Estadio Ciudad de México.
Él y muchos otros habitantes del pueblo y de las colonias que comparten la geografía, la historia y el nombre de Santa Úrsula, al sur de la Ciudad de México, viven el Mundial de Futbol con una privación de las calles en donde crecieron, jugaron y pasearon, en las que festejan, rezan, conversan, compran y venden, y por las que caminan y trabajan desde la madrugada hasta altas horas de la noche.
La rabia de don Antonio tiene rato. Durante 25 años tuvo un puesto, Birria Capricornio, frente a la entrada 1 del Estadio Azteca y, de un día para otro, nada: “Llegó el gobierno: ‘¿Saben qué? Que ya no pueden estar aquí’ ¡Fiiujjj! Y vámonos”.

Esa birria, que tiene el nombre del signo zodiacal del dueño del negocio, era parte del paisaje del Estadio, a unos pasos de Tlalpan, pero ahí el gobierno de la ciudad recién inauguró un jardín de lluvia, como parte de la infraestructura que estrenó con motivo del Mundial.
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La birria —preparada con chivo y de receta michoacana— se vendía en ese punto entre ocho y tres de la tarde, de miércoles a lunes; los martes no, porque los martes es el tianguis el que ordena la rutina del antiguo Pueblo de Santa Úrsula Coapa y de las colonias que a partir del pueblo se extienden hacia el sur hasta el estadio, colonias que fueron construidas desde los años 50 del siglo pasado por paracaidistas, venciendo la dura y ruda piedra volcánica derramada por el volcán Xitle. De ahí el nombre de Pedregales de Santa Úrsula.
Y en uno de esos Pedregales vive y trabaja don Antonio, que maneja la Birria Capricornio. Recuerda que tuvieron tal cantidad de clientes en la puerta 1 del estadio que les dio para abrir —aun en años de la pandemia— otra sede sobre el Circuito Estadio Azteca, casi en la esquina de San Alejandro. Sin embargo, la decisión del gobierno de privarlos de la calle los obligó a meter todo el negocio en ese segundo local, perdiendo la mayoría de los clientes y a la mitad de los trabajadores. Así que don Antonio declara: “No espero nada del Mundial, al contrario, nos perjudicó”. “Del estadio nosotros no vivimos, vivimos de nuestros clientes”, añade.
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Su rabia va en aumento: como en las calles está limitado el paso de coches en los días de Mundial, no puede andar circulando con la camioneta miniván que tiene acondicionada para transportar la birria. El partido México vs. Portugal, que fue la prueba del Estadio, le demostró que no es posible andar cargando a pie dos ollas de cien litros desde su casa, en San Adrián, hasta Circuito Estadio Azteca. Por eso, en las fechas de partidos del Mundial en el Azteca no abre la Birria Capricornio. “Yo aquí viví los dos mundiales, y nada que ver; andaba de chiquito con los gringos, cambiándoles las monedas. Nadie me decía: ‘no salgas’. Ahorita no vamos a poder salir”, dice don Antonio.
Doña Irene, una mujer mayor que renta el frente de su casa en San Julio durante los partidos, para los coches de clientes que conoce de años, no puede ofrecer ese servicio durante el Mundial pues el mandato es que la calle debe estar libre y que solo acceden los que tramitaron tarjetón con QR y placas. Sentada a la entrada de su cochera, donde hasta hace unos días ofreció playeras de la selección —otra venta que está prohibida por órdenes de la FIFA—, pone en palabras su enojo: “Que no se pueden estacionar coches porque quieren que la gente entre fluida al Estadio, y aparte, que nosotros, que vivimos aquí, si es posible, que no salgamos. ¡Ahora resulta!”
“Que según es la FIFA la que dijo que se no se pueden poner carros, a uno o dos kilómetros —una milla—. Yo, hasta donde sé, la FIFA se hace cargo de los estadios, pero alrededor no”, dice Javier, heredero de la única pulquería que sobrevive en Santa Úrsula, Las Cinco Monas, ubicada en San Gabriel, del otro lado de la Avenida Santa Úrsula, la única calle con nombre de mujer en un territorio de santos, algunos bíblicos, otros atribuidos a los fundadores de las colonias.
Javier es segunda generación en Santa Úrsula y tercera generación de pulqueros, bebida que le traen de Tlaxcala e Hidalgo, y que él se encarga de “echar a pelear” en las tinas. Abrumado por las presiones del gobierno sobre su pulquería —respinga por la escasa presión sobre las numerosas chelerías—, Javier habla también de cómo cambió la relación de los habitantes con el estadio y evoca el Mundial del 86: “Tú podías acercarte, ver cuando llegaban las selecciones. Ahorita nos restringen”. Al preguntarle sobre los vínculos entre el pulque y el futbol, opina: “Había química entre los dos. Sí, juntó mucha gente el futbol y el pulque. Cuando había partido, muchos venían por pulque, pero ahorita está muy desgastado con la cerveza, el vino, la michelada, los cantaritos, los pitufos”.
Ni a Javier ni a doña Irene les llegó la propuesta de vender su tarjetón con QR, como circuló en las fechas previas a la inauguración, pero sí se enteraron de que en redes sociales había ofertas de pagar hasta dos mil pesos por un lugar donde estacionarse antes del Mundial.
La fiesta no está en las calles
En medio del Mundial, los negocios en las calles de Santa Úrsula lucen renovados en sus carpas, sillas y mesas, por obra de la mayor refresquera del mundo o de la cervecera mexicana más internacional. Así es como la chelería de Félix, Acurarla —la cruda—, se estrena para la mayor fiesta del futbol.
Él es un joven que acaba de cumplir el sueño de tener una chelería y restaurante con todos los permisos, a diferencia de las muchas que sobre la calle o en los bajos de las casas se improvisan. Félix es tercera generación de una familia de ejidatarios; sus abuelos llegaron de Veracruz y Guanajuato a la calle de San Benjamín, la más ancha de todas las que confluyen en el Estadio Azteca, y la familia construyó y permanece ahí, atrás, al lado y varios pisos arriba. Alguna vez, este joven también rentó el frente para coches de quienes iban a un partido y puso carpa en la calle con michelada y mojitos.
El estadio que se ve desde las mesas de su chelería marcó su infancia: “Mis amigos son los de toda la vida, de aquí, y sus papás, sus abuelos; algunos construyeron parte del Azteca. Jugábamos en la explanada del estadio los domingos de 12 a 12 de la noche, era a morir, se llamaba la cáscara mortal; hasta hacíamos torneos con los de Tepito, de Iztapalapa, y fuimos campeones. Pero después cambiamos el futbol por la chelita. Aparte de que ya cerraron el Azteca con candado y todo”.
Aunque muchas personas encuentran una oportunidad durante el Mundial y han adaptado sus espacios para vender, lo tienen que hacer al interior, sin ocupar la calle como aquí es tradición. Es el caso de Nayeli, Hugo y sus tres hijos que venden comida en una carpa frente a su casa, rentan el espacio para un coche y prestan el baño. Para los días de partido adaptaron la sala, renovaron piso y pusieron una plancha porque nada puede estar afuera, acomodaron las mesas y la puerta está abierta a quienes quieran tacos de $30 pesos en lugar de los $250 que se paga en el estadio. En la ventana de su casa, en San Alejandro, mantienen el anuncio en verde fluorescente: “WC a $10”.
Frente al Circuito Estadio Azteca, Oscar consiguió este 2026 el sueño de vender sus tortas en un Mundial; claro, no puede ocupar las banquetas. Para celebrarlo, su local Tortas del Estadio está adornado con una colección que ha reunido en 30 años de pasión por el futbol: cientos de figuras de jugadores, balones diminutos y parafernalia que hacen juego con un original menú de tortas: las de mayor valor son las de los grandes nombres: Pelé, Maradona y Beckenbauer cuestan $90; Messi, Sánchez, Ronaldo e Higuita, $80. “Es muy chido, muy chido para mí, mi primera experiencia de vivir así de cerquita un Mundial”, dice Oscar, pero no deja de lamentar: “A muchos amigos, compañeros que de esto se sostienen, no los dejaron trabajar”.
La venta de Oscar también sirve para contrastar los precios fuera y dentro del estadio. Él calcula vender más de 300 tortas al día, algo así como 27 mil pesos (unos mil 500 dólares); del otro lado de la barda, esa misma cantidad es la que paga, por alimentos y bebidas, cualquier usuario de un palco del Estadio Azteca.
Dos semanas antes del Mundial, del paisaje del Circuito Estadio Azteca de saparecieron los vendedores de playeras, prohibidos por el gobierno de la Ciudad y la FIFA. La venta se llevó a las afueras del tianguis del martes. Ahí está Horacio (no es su nombre real) que provee y organiza la mercancía de la selección mexicana en calles del sur de la ciudad.
Él compara cómo en las calles las playeras cuestan $300 mientras que en el estadio pueden llegar a $3,500. “Como están los operativos, por lo que tengo entendido con los demás líderes en Pino Suárez y alrededor, va estar rudo todo el proyecto de la piratería por la imagen que quieren resguardar”.
Dice que eso no había sucedido: “En el 86 era más libre el comercio, había más gente, era más nacional y abierto; en la explanada vendíamos tortitas y la mercancía del Chile del 86. Los que viven aquí son clase baja, no alta que puede pagar 30, 50 mil pesos. Ahorita está limitado, es muy claseado el Mundial”.
El cambio en la calle es tan evidente que, en la cuarta fecha del mundial en el Azteca, un partido de dieciseisavos programado para el martes 30 de junio, por primera vez en la historia, el tianguis de Santa Úrsula no se instalará. “A conveniencia de todos decidimos no trabajar. Forzados un poquito, sí, pero era difícil oponerse”, coinciden Enrique y Yolanda, delegados del tianguis.
Las calles del pueblo de Santa Úrsula Coapa y las de las colonias en torno del Estadio han quedado acotadas para sus propios habitantes en fechas del Mundial y quién sabe si más allá. Por ahora, son el camino al estadio para los miles de aficionados que pudieron pagar entrada.
¿Por qué pintaron las fachadas con colores fuertes y figuras? En muchas casas ya no está el gris del adobe sino intensos verde, rosa mexicano, azul cielo o amarillo, junto a esculturas adosadas con coloridas y pequeñas figuras prehispánicas. Otras fachadas lucen murales con escenas pensadas para los nuevos peatones: Frida entregando su corazón y Diego Rivera pintando; una partera indígena recibiendo un bebé, niñas futbolistas sonrientes, Emiliano Zapata al lado de un río y de un tecuiche —que había en las cuevas de piedra del suelo de Santa Úrsula—, o un burro de carga en un terreno de piedra y magueyes.
Aun con el remozamiento de las calles por donde caminan los que van al estadio, en lo alto de los muros se multiplican antiguos cables de luz que ni la fiesta mundialista alcanzó a ocultar. Julio, un vecino que llegó a los cinco años y que ha vivido ahí desde entonces, habla de lo que queda del río Coapan, del deportivo Emiliano Zapata, y de las dos bibliotecas, la Alejandro Galindo y la Heberto Castillo, ésta en el Centro de las Artes que hace 15 años abrió.
Baltazar Gómez Pérez, sociólogo, académico de la UNAM y autor de más de 30 libros sobre Santa Úrsula, señala que en contraste con las historias de estas colonias, son pocas las huellas del patrimonio antiguo: el viejo casco del rancho lo destruyó el INVI, y quedan restos de una aduana donde hay una guardería del IMSS, y la iglesia de Santa Úrsula, en cuyo kiosko el pueblo fue fundado por tepanecas en el 785 D.C. con el nombre de Coapan: río de las serpientes.
Detrás del conjunto que componen el kiosko y la iglesia se abre el pueblo de calles sinuosas con nombres de árboles, donde es fácil perderse, pero donde también ha quedado plasmado en un grafiti lo que muchos sienten: “El barrio es de quien lo lucha. Santa U Rebels”.