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Martínez Bucio y el abandono solidario, por Jorge Ayala Blanco

Reseña de El diablo fuma, película protagonizada por cinco hermanos que se organizan como pueden en una casa sin padres cuya única guía es una abuela con la realidad muy distorsionada

Los cinco hermanos —Elsa, Tomás, Marisol, Víctor y Vanessa— sostienen una vida sin adultos, organizando su propio mundo ante la ausencia de sus padres. Crédito: Especial
10/05/2026 |01:03
Jorge Ayala Blanco
colaborador de Confabulario Ver perfil

En El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) (México, 2025), pulsional debut del editor michoacano egresado del CCC y con máster en Creación Cinematográfica en la Universidad del País Vasco de 42 años Ernesto Martínez Bucio (cortos previos: Benjamín 07, Cenizas 11, Las razones del mundo 15; T. Rex 15, y El futuro 28), con guion suyo y de la poeta Karen Plata, premios a la mejor ópera prima en la sección “Perspectives” de la Berlinale 25 y al mejor guion en Morelia 25, la enfermera treintona sin mayores atributos Judith (Micaela Gramajo) un mal día simplemente se ausenta de su casa por tiempo indefinido y sus cinco hijos ya no tan pequeñitos, tres niñas y dos niños: Elsa de 8 años (Maripau Bravo Aviña), Tomás de 7 (Rafael Nieto Martínez), Marisol de 10 (Regina Alejandra), Víctor de 12 (Donovan Saíd Martínez) y Vanessa Vane de 14 (Laura Uribe Rojas), quedan a cargo de su atareado padre incapaz de darse abasto Emiliano (Ricardo Gamboa) y al supuesto cuidado de la apoltronada abuela materna media bulto o desvariante Romana (Carmen Ramos), si bien, transcurrido algún insoportable tiempo, el desbordado padre, emocionalmente vencido bajo la pesada carga práctica y moral, también se eclipsa sin previo aviso ni explicación alguna, y así, entre juegos y travesuras e insultos a los vecinos, dibujos catárticos, riñas intestinas y una generalizada deserción escolar, los cinco infantes obedecen a la paranoica abuela asediada por un Diablo nocturno e inician un encierro absoluto, a la defensiva, tapiando las ventanas con papel, atrancando puertas y colocando trampas en el techo, lo que coincide con un arribo del papa Juan Pablo II a mitad de los 90, pero en cierta ocasión, un inopinado telefonema en demanda protectora provoca la irrupción de un policía indagador (Quetzalli Cortés) cuyo estricto cumplimiento redunda en la visita anunciada de dos inquirentes trabajadoras sociales del DIF y un asistente médico que obligan a urdir calculadas mentiras, para alegar que los padres se hallan trabajando en Cancún, previo retiro de los parapetos caseros que, a la partida de los indeseados visitantes, volverán a ser colocados, provocando además el recurso límite a un exorcismo diabólico de los cinco chavitos sonsacados por su Abu y convocados como siempre por un abandono solidaria.





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Crédito: Especial.

El abandono solidario se divide claramente en dos tiempos, ambos sujetos a evidentes regímenes de medios expresivos distintos, el primero extraordinariamente largo, manifiesto e inscrito por una desatada e insalvable cámara en la mano del crucial fotógrafo casi coautor del film Odei Zabaleta, acosando y aislando a la vez a los chavitos y chavitas en activas imágenes proactivas, anticipatorias de comportamientos, participantes y que hurgan a rabiar, de manera despiadada e incansable y desnudadora, mientras los niños entierran en off a su perro Willy y van quedándose solos pero a sus anchas bajo el no-cuidado de la abuela ceroalaizquierda por mentalmente inestable e inepta, al interior de un flujo fílmico autoiniciado y que arrasa, verboso e incallable sin hacer explícita ninguna actitud adulta salvo las propias de los estallados asomos maduros infantiles, creado a lo posDogma ‘95 por un continuum sólo interrumpido por algunos vastos espacios en negro e insertos clave de viejos videos grabados por la añorada madre Judith que pueden ir para adelante o de repente hacia atrás reembobinándose, gracias a la dúctil edición del realizador en colaboración con la coguionista y el fotógrafo, todo lo cual habrá de ser sustituido por un segundo tiempo, a base de un régimen expresivo-dramático mucho menos agresivo e implacable, a partir de que los 5 infantes posen formaditos e irónicamente bien acicalados aguardando a las inquisidoras del DIF (“¿Desde hace cuánto están sin electricidad?”), con un registro de cámara contrastantemente equilibrado, por completo estable y regular, aunque no por eso menos acezante que en el régimen anterior, hasta el oscuro final.

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El abandono solidario ambienta de gozosa y omninvolucradora forma insólita el relato de un enclaustramiento voluntario e imaginariamente salvador (a semejanza de los críos autónomos del Nadie lo sabe de Kore-eda 04), dentro de una fortaleza hechiza, donde cobran tanta importancia los verbalizados sueños persecutorios que la abuela toma por realidad, como los deseducadores ecos de una omnipresente TV inmostrable, el fervoroso reflejo de los espejitos celebrando la despedida del Papa (“Cuándo sea grande quiero ser maestra o Papa”, profiere la pequeña Elsa), la ofrenda de un diente de leche a través del hueco de un tabique comunicante con el mundo exterior, los spots bombardeados por la Secretaría de Salud salinista, y las programáticas cancones de moda “No podrás” de Cristian Castro y “Eres” de Napoleón, cual inconsciente colectivo de época.

El abandono solidario traza así el retrato de las memorias de niños temporales e intemporales a la vez, memorias que parecen arrancadas a cuadros costumbristas-tenebristas, fincadas en la compulsiva espera infructuosa, en apremiante estancamiento dulce, marcadas por un abandono cruento/incruento y dictadas por una solidaridad tierna y dura, plena de mágicos encuentros cotidianos creados sobre la marcha por los infantes que resultan alucinantes sin complejo de perros sabios, aunando lo real y la fantasía para seguir juntos, lanzando finalmente al fuego sus objetos más queridos: la playera deportiva robada al vecino, una protectora ballena neobíblica de peluche o un árbol genealógico ornado con fotos-pegote de los papis, para eliminar las amenazas gubernamentales en su contra y lograr que sus padres regresen para nunca volver a irse, coronando este antimelodrama, ni lacrimógeno ni edificante.

Y el abandono solidario culmina con el chirris Tomas rezando por segunda vez en tinieblas ante una blasfema vela votiva (“Querido Diablo, si estás ahí, hazme una señal; no, mejor no”).