Confabulario

Lo que no somos

Reducir la educación al adiestramiento científico o a la mera acumulación de datos erosiona la memoria colectiva y, en una época de pantallas e información incesante, la capacidad de debatir se está empobreciendo

Educar implica mucho más que instruir: es cultivar la memoria, el juicio y la posibilidad de llegar a ser quienes aún no somos. Crédito: Archivo de El Universal

Quizá la importancia de la educación –sea lo que fuere– radique en la lastimosa condena del defecto. En la esfera humana, todo es deficiencia y todo es un todavía no. A diferencia de otros animales, el humano debe aprender a serlo. Caminar, comer, hablar, jugar, pensar. Lo que el instinto resuelve en el resto de los casos, para nosotros es una dolorosa exigencia.





Quizá la educación sea definir lo que se será. Quizá habría que darle la razón a la filósofa mexicana Juliana González (1936), quien llama la atención sobre esta peculiaridad nuestra de no ser aún. «Al ser humano –escribe en El ethos, destino del hombre (UNAM-FCE, 1996)– corresponde la vieja tarea, consagrada por Píndaro, de “llegar a ser lo que se es”, en el sentido de adquirir la “humanidad” (humanitas); lo cual significa que el hombre no tiene un “ser” dado o realizado sólo por tener la vida biológica (ni se identifica con ésta); sino que tiene que “hacer” su propio ser, producirlo y formarlo, precisamente a través del ethos y la paideia. Y en esto se cifra su grandeza».

Quizá por eso la educación ocurra estrictamente en el momentáneo instante de la niñez. Ese breve periodo es la primera oportunidad para educar. Hay quien da por buena la etimología educere: sacar de dentro. No hace falta un propedéutico anterior para empezar a enseñarle a hablar a un niño. En él está el habla, aunque aún no lo haga.

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Crédito: ARCHIVO EL UNIVERSAL

Quizá la educación sea también forzar al niño a hacer lo que debe, aunque no quiera. Al obligarlo a saludar a la tía detestable, el niño saca de sí mismo lo necesario para estirar la mano y decir «hola, tía». En ese obligarse a sí mismo hay un aprendizaje.

Quizá la educación sí tenga que ver primordialmente con el habla. Quizá sea la palabra el quicio de la educación; su medio y su destino. Educamos hablando y educamos para hablar. Hablamos para convivir con otros y con nosotros mismos. Quizá seamos palabras.

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Quizá la educación sólo quepa en los primeros años de vida. ¿Diez? ¿Doce? Luego, la adolescencia dota a quien la padece de insolencia y no hay mandato que valga. Insumiso, el joven ya es mucho de lo que será.

Quizá se educa para ser. Quizá en ello radique la afirmación de Eduardo Nicol: «El humanismo no es un saber, sino una forma de ser». Quizá la preocupación en educar responda a la condición humana de inacabamiento.

Quizá la educación determine: defina. Según se eduque se será. Quien concibe la educación como adiestramiento científico o mera acumulación de datos, termina por adoctrinar y embotar. La información abruma y no basta para comprender. La mirada sobre la realidad queda eclipsada ante la avalancha de cifras y sentencias. ¿Qué hacer con un niño saturado de consignas y números? Sólo queda entretenerlo.

Quizá por esto la educación duela. Aristóteles resumió el hallazgo de la entonces incipiente tradición griega: no hay aprendizaje sin dolor. Ese mismo dolor que Ovidio prometió que algún día nos sería útil: «perfer et obdura dolor hic tibi proderit olim».

Quizá el ámbito educativo –sea la casa o la escuela– se parezca cada vez más a un circo lleno de estímulos. Se trata de un espacio sobrecargado de estímulos sensoriales: colores, sonidos, movimiento; todo incesante. Lo que antes era un lugar sosegado para propiciar el encuentro con otros y el descubrimiento de uno mismo, ahora es un desfile de luces y ruidos.

Quizá nadie esté educando a nadie. Quizá vivimos en un mundo sin palabras ni memoria. Quizá a eso se deba la precariedad del debate público. Quizá sobrevenga el olvido de lo que fuimos. Quizá sólo seamos masa, violencia y miedo. Quizá cambiamos la duración y permanencia de la palabra por los reflejos efímeros provocados por nuestras pupilas ansiosas sobre la pantalla del teléfono y por nuestros oídos nerviosos atados a las bocinas incrustadas en el cuenco de la oreja.

Lo único seguro –lo único que escapa al quizá– es aquello que Jaime Torres Bodet escribió en un poema: «Vivimos de no ser… De morirnos. / Somos proyecto en todo mientras somos. / Proyecto de esperanza en el deseo […] / Vivimos de inventar lo que no somos».