“Lenin cambió Rusia, pero Stalin cambió el mundo” dice Nora, la profesora que le enseñó a Lea Ypi sobre el socialismo que “nos daba libertad”. En Libre (Anagrama), la autora nacida en Tirana regresa a su niñez para contarnos, desde una curiosa e inteligente mirada infantil, la manera en que vivió la transición política de un país cuyo proyecto se fue desmoronando.
Muchos tiranos, una nación “que ya ha sido ocupada en todos los aspectos”, el entusiasmo por el partido y el deseo de servir a la patria, el desprecio por los enemigos del pueblo en “uno de los países más libres sobre la tierra”, la dictadura del proletariado, la idealización de la lucha revolucionaria y una falsa democracia cambiaron para siempre en diciembre de 1990. Con este libro de memorias, Ypi se asoma a la coacción, el adoctrinamiento y la opresión veladas que fueron hecho y sentir todas las mañanas de su vida, hasta que las estrellas, las medallas y los diplomas perdieron sentido, convertidas en reliquias de museo.
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¿Cuál fue el mayor reto de narrar desde su voz de una niña, sin restarle verosimilitud a la historia y al personaje?
Es una pregunta difícil. Creo que intenté pensar en los conceptos y las ideas que me interesaban, y luego en cómo estas ideas nos afectaban en nuestra vida diaria. El pensamiento de los niños es como volver a la ingenuidad de la filosofía; los niños suelen plantear las mejores preguntas filosóficas, tan sencillas, porque aún no les han lavado el cerebro, están abiertos a todo. Con este enfoque infantil trato de redescubrir esa mirada fresca que perdemos cuando nos hacemos adultos. Cuando crecemos nos adentramos en nuestras formas de pensar y de ser, y de alguna manera ya todo está establecido, mientras que cuando eres niño todo está abierto, sientes curiosidad, quieres saber y saber. Toda filosofía comienza con esta curiosidad básica y fundamental sobre quién soy, cuál es mi lugar en el mundo, quiénes son los demás, cómo me relaciono con lo que me rodea. Creo que, cuando lo piensas, la mirada infantil no es tan diferente de la perspectiva de un filósofo; de alguna manera se unen.
Nos pareció muy interesante su mirada sobre la construcción de la imagen de una figura política y el peso simbólico de este acto. Su profesora, por ejemplo, les decía que Stalin era de baja estatura pero que, verlo en su caballo era como “ver cabalgar el espíritu del mundo”.
Durante mi infancia viví en un mundo donde la propaganda y la política estaban por todas partes. La mirada política de los adultos moldeó nuestro mundo; había referencias políticas, conceptuales y filosóficas todo el tiempo. Fue como crecer en un mundo muy religioso. Si piensas en los conceptos fundamentales de la religión, estos son bastante complejos, y te los inculcan desde muy temprano: esta es la cruz, esta es la señal de la cruz, y luego eso se complica porque ya te hablan de la divinidad que se vuelve física. Esas ideas tan complejas se convierten en olores, sabores, rostros y expresiones, y en el libro intento redescubrir y reflexionar sobre el hecho de que mi vida cotidiana fue moldeada por la política y por esas categorías. Al escribirlo volví atrás e intenté mirar de nuevo, así que, mientras escribía esos párrafos sobre Stalin, pasé mucho tiempo mirando esa foto e intentando recordar lo que me evocaba. Las cosas vuelven porque la memoria está hecha de estas capas y si te expones a lo material, eso también evoca todo lo conceptual.
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Usted habla de la desaparición de ciertas palabras y categorías de pensamiento, de la desintegración del lenguaje bajo la ideología política, y eso nos hizo pensar en aquellas palabras tan manoseadas que pierden su significado (libertad, por ejemplo).
Habiendo vivido esa transición de un sistema a otro, tienes la posibilidad de comprender que lo que damos por sentado en un sistema es completamente diferente a lo que se da por sentado en otro. Algunas palabras y conceptos literalmente desaparecen cuando el sistema cambia. Si piensas en el comunismo, por ejemplo, nosotros hablábamos del partido, la clase, el proletariado; eran palabras muy importantes que todos decían constantemente; estaban en todos los eslóganes, escritas por todas partes. Luego, cuando el sistema cambió, fueron reemplazadas por otras: sociedad civil, mercado, libre iniciativa, rendimiento. Todas estas palabras que repetimos constantemente se convierten en los marcadores del nuevo mundo. Pero si lo miras desde fuera, desde los ojos de un niño o de alguien ajeno, comprendes inmediatamente que son solo palabras que se repiten sin que necesariamente signifiquen nada más allá de ese contexto.
Su profesora plantea la oposición ser intelectual versus ser trabajador, donde las personas realmente importantes son los trabajadores, pero al mismo tiempo, en la escuela les enseñaban que lo principal deben ser la ciencia y la razón. ¿Qué era entonces lo más importante para el partido y para la nación: ser un obrero o ser un pensador?
En las sociedades comunistas se hacía mucho hincapié en la educación; esta era fundamental. Mucha gente piensa que las sociedades comunistas no eran competitivas, pero en realidad, según recuerdo, eran de las sociedades más competitivas del mundo. La moneda de cambio de la competencia no era el dinero, ¡era el conocimiento!; se competía por y existía una sed absoluta de conocimiento y educación que lo configuraba todo. Pero, por otro lado, existía la idea de que ese era un Estado obrero que se definía en contraste con aquellos que no merecían su poder, su riqueza y sus privilegios heredados. Era un Estado obrero porque se valoraba a las personas por su trabajo, lo cual no significa que el trabajo sea opuesto a la educación. De hecho, a menudo se acusaba a las clases populares y a la burguesía de guardar el conocimiento para sí y no compartirlo. Creo que la importancia del conocimiento siempre estuvo y estará presente, y me parece positivo que sea así en una sociedad. La educación es fundamental.
“Mi familia fue la fuente de todas mis dudas”, dice. ¿Cómo fue el ejercicio narrativo de mostrarnos la manera en que la política permea la familia?
Creo que hay que pensar en la relación entre el individuo y el mundo social del que está hecho, del que forma parte. La familia es la primera unidad dentro de una unidad mayor, la sociedad, que a su vez está dentro de unidad mayor, el mundo político. Usualmente pensamos que nuestras identidades están moldeadas por nuestra familia, pero a veces olvidamos lo obvio, y es que la identidad de nuestra familia está moldeada por la sociedad en la que vivimos y, a su vez, la identidad de la sociedad está moldeada por nuestro mundo político. Si vemos que el mundo no solo está conformado por individuos autosuficientes, sino también por sus relaciones sociales, comprendemos que las dimensiones política, social y familiar están conectadas. Detrás de cada familia y de cada sistema de creencias hay un sistema político que funciona, a veces con contrastes, con tensiones, con dramas. Y a menudo, muchos dramas familiares son en sí mismos el resultado del sistema político en el que están inmersos. Supongo que lo que intento hacer con la perspectiva infantil es reconstruir, a través de la dinámica familiar, ese mundo social más amplio del que forma parte la familia, y también intentar que el lector comprenda, a través de la experiencia de la transición política, cómo esta también transforma a la familia.
Por eso afirma que usted es producto tanto de su familia como de su país. ¿Cree que comprendemos lo suficiente esa afirmación y ese hecho?
Sí, aunque también creo que somos cada vez más producto de los mercados globalizados. En el caso de mi experiencia en Albania, lo peculiar es que fue un país completamente protegido y aislado de las fuerzas del mercado global. Era una sociedad que dependía de sí misma y se basaba en gran medida en la idea de la autosuficiencia. En ese sentido, la identidad política del país era la única posible, pero creo que ahora también tenemos la identidad del consumismo, la de una sociedad de mercado. Vengo a Colombia y veo las mismas marcas, a la gente usando los mismos productos, lo cual también nos moldea. En ese sentido, ya no somos solo producto de nuestros países, sino también del mercado global del que todos formamos parte.
Uno de los aspectos más bellos del libro es el lugar que tienen las historias en la familia: “Mi abuela me contaba que…”, “Mi papá relataba cuando…”. Siempre hay un trasfondo de historias orales que se han contado a lo largo de años, que también nos moldean y construyen mucho de lo que somos.
Nosotros venimos al mundo y formamos parte de este todo interconectado, y las primeras palabras, las primeras historias que nos cuentan, las primeras experiencias que compartimos son parte de lo social que nos conforma. En el caso de mi familia lo interesante fue que esas historias, de alguna manera, no encajaban con la historia que me contó el Estado. De niña, yo escuchaba dos tipos de historias. Una era la que el Estado contaba sobre sí mismo y la otra era aquella que la familia no podía contar del todo, pero que de alguna manera estaba presente en el idioma, en el uso del francés de mi abuela, en los ejemplos, en los libros que se compartían o en las cosas que nos decían que tuviéramos en cuenta. En todas esas pequeñas señales también se construía una especie de mundo paralelo al mundo político. Para mí, lo interesante desde la perspectiva de la niña es la tensión entre el mundo político construido por el Estado y el mundo social construido por la familia, y darme cuenta de que estos no siempre van de la mano, ni son paralelos, ni necesariamente forman un todo coherente. Por eso, el sentido de identidad siempre estará un poco fracturado.
Otro concepto que atraviesa el libro es el de revolución. ¿Cómo lo interpreta hoy?
Las revoluciones son diferentes a un movimiento reaccionario. Yo las veo como momentos de afirmación de la libertad en el mundo, en los que esta se impulsa —o se intenta impulsarla, a veces con un coste muy elevado—. Creo que es importante comprender el fenómeno de las revoluciones, no solo respecto al momento en el que ocurren, sino también por el legado que dejan. Si pensamos en las revoluciones como su legado, primero debemos pensar en cómo estas amplían los límites de lo factible. A veces, algo parece completamente imposible y te dicen: «Es una buena idea, pero nunca va a suceder; la gente nunca lo hará». En realidad, las revoluciones son el tipo de acontecimientos que demuestran que la gente sí puede hacerlo, con valentía, heroísmo y, a veces, sacrificio personal. Esa, en cierto modo, es una señal importante de progreso.
¿Y respecto a su recuerdo?
Por otro lado, creo que las revoluciones también son muy importantes por el recuerdo que dejan y porque demuestran que somos capaces de hacer este tipo de cosas grandiosas. El recuerdo de las revoluciones es importante, incluso cuando se trata de una revolución fallida. A veces, las revoluciones fallidas son tan importantes como las exitosas, porque dejan huellas en la historia y, de cara a la siguiente experiencia, se obtiene un acervo de conocimiento, de modelos y ejemplos a seguir. Por supuesto, también nos dejan lecciones para pensar en lo que debe evitarse y qué podemos aprender del pasado para no repetir las tragedias. Las revoluciones también se vuelven importantes por sus fracasos.
Su abuela Nini solía decirle que uno no hereda ideas políticas, sino que las elige libremente. ¿Está de acuerdo con ella?
Estoy de acuerdo, aunque creo que quizás sea más fácil cuando tus propias opiniones políticas y las que heredas de tu familia van de la mano. Somos, por supuesto, producto de nuestras familias, pero también de una búsqueda propia. En ese sentido, a veces es necesario que las personas se rebelen contra la familia, que no hereden sus puntos de vista y que evalúen y reevalúen el mundo que habitan, basándose en sus experiencias y en el conocimiento que acumulan. Para mí, la experiencia de la migración es muy importante para eso; salir de la zona de confort, estar fuera y observar a tu país desde la perspectiva de un forastero, al tiempo que no encajas del todo en otro lugar, te da una visión un tanto alienada, pero también productiva.
Hay una reflexión final muy interesante: “Cuando el enemigo acabó de materializarse resultó ser muy parecido a nosotros”.
Es que creo que durante mucho tiempo los Estados comunistas pensaron que el enemigo sería otro. Así fue, en muchos sentidos, debido a la ausencia de mecanismos de legitimación dentro de esas sociedades: no se dieron cuenta de que en realidad había un adversario interno o una fuerza interna que se estaba construyendo contra esos mismos sistemas. Pero, como no tenían democracia, no contaban con los mecanismos para comprender esta insatisfacción y entender que, al final, no tenían que temer al enemigo externo. Lo que sí tenían que temer era el hecho de que estaban empobrecidos internamente y que se perdían a sí mismos desde dentro y no desde fuera.