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La impiedad de Leconte de Lisle, por Christopher Domínguez Michael

Una lectura crítica sobre la figura del poeta parnasiano Charles-Marie-René Leconte de Lisle que desentraña su feroz impiedad y su combate contra el cristianismo

Charles-Marie-René Leconte de Lisle (1818–1894), figura central del parnasianismo y autor de una obra marcada por la impiedad y el culto a la antigüedad. Retrato de autor no identificado.
03/05/2026 |01:00Christopher Domínguez Michael |
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Corría el año infausto de 1871 cuando casi todos los escritores y artistas franceses festejaron la crudelísima represión de la Comuna de París y en esos días, Leconte de Lisle publicó su Historie populaire du Christianisme, un virulento panfleto anticristiano que convirtió al ya célebre poeta parnasiano en un impío. El vandalismo de los comuneros, no obstante, contras las iglesias y los conventos enfureció a este helenista: en ningún caso, los dioses, viejos o nuevos, deberían ser desterrados del mundo.





Criollo nacido en 1818 en la isla de La Reunión, en el Océano Índico, hasta la fecha un departamento francés de ultramar, algunos de los lectores (y él mismo acaso) atribuyeron su vehemencia blasfematoria a los vigorizantes vientos bárbaros que aspiró quien fuese, por lógica, alabado traductor de Homero. Hubiese querido serlo, igualmente, de Valmiki; lo cierto es que su alguna vez célebre trilogía (Poèmes antiques, Poèmes barbares y Poèmes trágiques, publicada entre 1852 y 1884) estaba dedicada a las civilizaciones anteriores a la religión fundada por Pablo de Tarso.

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Foto: Twentieth Century Fox.

Charles–Marie­–René Leconte de Lisle, como la mayoría de los ateos y de los agnósticos del siglo XIX, admiraba a Jesucristo, justamente por haber sido un hombre de palabra ejemplar, y no un hijo de Dios inventado por apóstoles falsarios y teólogos fanáticos. El Crucificado le parecía un “cadáver suspendido veinte siglos sobre nuestras cabezas”, a cuyo “sepulcro vacío” habría que regresar y sólo así “la humanidad dejará de llorar”. La Iglesia erigida en su nombre es, para quien lea su libelo, una institución criminal, centuria por centuria, desde su primer siglo hasta el XVIII y Leconte de Lisle un expositor de todas las barbaridades autorizadas y cometidas por los obispos de Roma.

Rubén Darío, quien incluyó a Leconte de Lisle en Los raros (1905), se distinguía por su desenfado ecuménico, pues también aparece allí al piadoso Léon Bloy, “genio horrible y encantador”, según Paul Verlaine. Pero no fue Leconte de Lisle ni un positivista, ni tampoco un cultor de la Ciencia. Como en el caso de Arthur Schopenhauer, su ateísmo provenía de la frecuentación de las fuentes brahmánicas y budistas: para el filósofo alemán, como para el muy católico Calderón de la Barca, conocido por el joven criollo, el mundo era una “inmensa y venenosa” quimera.

Con un Friedrich Nietzsche, a quien acaso no leyó, creía que el camino se torció cuando los antiguos filósofos griegos, sobre todo el Sócrates de Platón, se pusieron a filosofar, dándole la espalda al mito, en opinión del poeta de La Reunión, alimento de la Belleza, como ésta lo era de la Poesía. Tanta culpa hallaba en Plotino como en Tomás de Aquino, a quienes acusaba de empequeñecer, con sus ideas, una inmensidad poblada de libérrimos y astutos dioses, y de diosas tan complacientes como veleidosas.

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Los dogmas religiosos, como las demostraciones filosóficas, envejecen y mueren sin resucitar, mientras que para este amigo de Spinoza la divinidad se expresaba en la diversidad y en la armonía de la Naturaleza, donde Eros hace de las suyas y la poesía bárbara de Leconte de Lisle es, en el más amplio sentido de la palabra, erótica. Mientras Pan duerme a los pies de las cabras, las ninfas hacen de las suyas, leemos en sus ascéticas estrofas.

Su militancia, por así decirlo, por el Arte por el Arte no hizo de Leconte de Lisle un hombre indiferente a las peleas de su tiempo. Se juntó a los falansterianos, pero acabó por hallar inicua toda doctrina política, no sin antes ser admirado por Karl Marx, gracias a la amistad que compartían con el polímata Louis Ménard, discípulo y amigo de Leconte de Lisle, quien vanamente intentó afiliar al editor de Le Parnasse contemporain a las sectas comunistas y socialistas de moda. En cambio, el poeta antecedió su Histoire populaire du Christianisme con un Catéchisme populaire républicain, que predica, con fatal sencillez, la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad, tan propias del ideal de 1789. Empero sus folletos populares eran a menudo contradictorios con sus creencias íntimas: “Toda multitud, inculta o letrada, profesa, ya se sabe, una pasión sin freno por la quimera inepta y envidiosa de la igualdad absoluta”.

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Republicano, se avino al régimen de Napoleón III, que atrajo a no pocos de los intelectuales entonces de izquierdas por haber sido, en sus comienzos, un imperio progresista. Fue un precoz partidario de la independencia de la India de sus amores y festejó, desde luego, la aparición del reino de Italia; este extraño y omnisciente “cosmopolita del pasado”, como lo llamó Darío en Los raros, compartió con el nicaragüense, el nacionalismo.

Rechazó el celibato de los sacerdotes, así como la institución del matrimonio, aunque murió en 1894 como un buen burgués. No sin esfuerzo alcanzó un sillón en la Academia Francesa, apenas en 1886, respaldado por Victor Hugo, de cuyas Orientales surgió Leconte de Lisle, así como de la naturaleza exuberante de Bernardin de Saint–Pierre, quien insufló su aliento desde La Reunión, más cercano de la India tenida por eterna y de la Grecia antigua que de París, donde siempre se sintió un meteco ostentando no tener dinero (aunque resultó que recibía pensión de la partida secreta del emperador) ni gana de amar.

De joven se fatigó pronto del profano y sentimental romanticismo a la Lord Byron, y peor aún de los románticos conciliadores con esa “religión degenerada” levantada usurpando a Cristo. Por ello su poesía es notoriamente impersonal (leí la biografía más reciente, la de Christophe Carrère, de 2009 y realmente basta con las viñetas que del parnasiano hizo Verlaine) y a través de ella nada se sabe de una vida, la suya.

No le interesó Napoleón Bonaparte, vida o leyenda, ni festejó el regreso de sus restos a Francia en 1840. Tampoco la Revolución de 1848 le calentó los pies. Su devoción se concentraba en la bella y sabia Hipatia de Alejandría. Esa “virgen sublime”, leemos en uno de los Poèmes antiques, fue martirizada por “el vil Nazareno” cuando lo de ella era “la vía láctea, ignorante de los males y de los crímenes humanos”. Y cuando apareció Charles Baudelaire, de alguna manera una mutación genética imprevista del parnasianismo, se alegró Leconte de Lisle. “Ambos tenemos alas”, dijo, somos “como los murciélagos” porque “sólo volamos en las tinieblas”, y para uno y otro Dios era “el Enemigo supremo”.

No es aburrido leer a Leconte de Lisle si se ama a la Antigüedad, que en su versión es propiamente libresca más que académica: nada de lo que dice de los bárbaros, de los antiguos o de los trágicos está sin documentar en las fuentes, sobre todo griegas, leídas por el poeta parnasiano. Algo similar, aunque en cartón, intentaron entre nosotros, Manuel Carpio y José María Pesado. Es, si se quiere, Leconte de Lisle, un Derek Walcott del siglo XIX. En los Poèmes antiques, en vano le ruega el coro a Helena de Troya, reina de Esparta, desterrar terrores vanos que acabarán por ser funestos, puesto le son enviados por los dioses, como en Omeros, de Walcott, el Premio Nobel de Literatura de 1992, en la versión de José Luis Rivas, leemos como “Héctor fue sepultado cerca de la mar que una vez había amado.” La antigüedad siempre moderna, como se le ha llamado.