La primera vez que contacté a Pablo Lepe vía Whatsapp, se encontraba a bordo del rompehielos ucraniano Noosfera, a la espera de poder pisar la tierra antártica tras un viaje de cinco días en el fin del mundo.
Junto con el resto de la tripulación y de sus colegas mexicanos, esperaba luz verde para su descenso justo en el 30 aniversario de la estación de investigación Vernadsky, cuando pasó del control británico al ucraniano.
Días después, Lepe y sus compañeros me relatarían detalles de la fascinante aventura de exploración a la Península Antártica, que formó parte de la primera Campaña Mexicana a la Antártida (CAMEX). Que esta narración para Confabulario sea una documentación periodística, pero también una breve bitácora de un viaje histórico.

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Campa antártica
La tripulación mexicana conformada por Lepe, fundador –en 2020– de la Agencia Mexicana de Estudios Antárticos (AMEA), Alfredo Yáñez (UABC), Martín Villa (CIATEJ) e Izaid Ramos (UNAM), zarpó con el objetivo de explorar los secretos microbiológicos de los sedimentos marinos y los micro-lagos de la Península Antártica. Los académicos compusieron la segunda fase de la primera campaña de expedición de científicos mexicanos al continente blanco.
“Nos dividimos en dos equipos, el primero fue mayormente de investigadores de la UNAM, quienes viajaron en diciembre del 2025; el segundo grupo de mexicanos hicimos el viaje a finales de enero-principios de febrero y regresamos a inicios de marzo, con lo cual se concluyó la primera CAMEX”, explica Pablo Lepe a su regreso.
Esta campaña histórica se consolidó tras la gestión de la AMEA ante el Comité Científico de Investigación Antártica Scar, que regula las operaciones e investigaciones antárticas y es parte del Consejo Internacional de Ciencias. Con el apoyo de la Academia Mexicana de Ciencias, la AMEA se incorporó al organismo e inició su colaboración con diversos países, donde destacó el ofrecimiento de Ucrania para transportarlos en el Noosfera hasta su base académica.
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Los mexicanos volaron primero a Santiago, Chile, desde donde continuaron por aire hasta la pequeña ciudad Punta Arenas –al norte del estrecho de Magallanes–; tras casi una jornada de viaje austral, se prepararon para abordar el rompehielos. Después de un par de días de gestión logística, administrativa y diplomática en el puerto, se embarcaron finalmente.
El primer día atravesaron el estrecho de Magallanes para salir por Tierra de Fuego, Argentina, hasta llegar a mar abierto y alcanzar el tramo oceánico más peligroso del mundo, el “cementerio de barcos”: mar de Drake, la zona donde convergen el Atlántico y Pacífico.
“Es un mar en el que hay muchas corrientes y un oleaje intenso. De ida nos tocaron olas de seis metros, de regreso hasta de catorce”, relata Lepe. “Es pesado porque te mueves todo el tiempo de un lado para otro, de arriba abajo, durante tres días”.
Poco se puede hacer durante esa travesía más que no colapsar, incluso comer o dormir se vuelve un reto, añade el tapatío; sin embargo, uno de los mexicanos dominaría el violento vaivén y se volvería parte de la tripulación del Noosfera por más días. Todo un marino antártico.
De ese mar turbulento llegaron a la isla de El Rey Jorge, la puerta de entrada a la Antártida y los archipiélagos por los que se atraviesa el estrecho de Penola, cerca de la base Vernadsky. Desde que zarparon de Punta Arenas, han pasado cinco días.
La aventura científica y el azoro paisajístico difícil de describir para los mexicanos apenas comienzan.
Trabajo de campo
Tras instalarse, conocer y recibir la capacitación de seguridad en la estación, los académicos emprendieron su campaña de recolección de muestras, primero en la Isla Petermann, en la que hicieron un primer muestreo en colaboración con el equipo de biología de Ucrania, recolectando sedimentos en tres sitios distintos en jornadas de 12 horas continuas.
Lepe y sus colegas realizaron una investigación microbiológica, en tanto que la primera expedición mexicana semanas atrás realizó trabajos de geología y evolución oceánica.
“Nosotros nos enfocamos particularmente en el muestreo de tapetes microbianos, comunidades de bacterias, algas y otros organismos que se forman en estos lagos o charcos, generados por los escurrimientos de las montañas y depósitos de hielo y nieve de temporada que se acumulan con los años”.
Los científicos analizan las muestras recabadas para si bien entender la diversidad, la ecología y los ecosistemas microbianos, para buscar microorganismos útiles en biotecnología, agricultura, alimentación, farmacéutica y medicina.
“Recolectamos muestras ambientales para la extracción de ADN de microorganismos psicrófilos –que viven en condiciones de frío– con el objetivo principal de describir quiénes conforman las comunidades microbianas y qué funciones metabólicas únicas poseen para sobrevivir a condiciones de radiación UV extrema, congelamiento y escasez de nutrientes”, explica por su parte Alfredo Yáñez, de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC).
Los sitios de muestreo ofrecen una ventana al pasado geológico, funcionando como un análogo de las condiciones de la Tierra temprana, agrega. “La estructura del paisaje rocoso sustenta una compleja red de interacciones ecológicas, donde los tapetes microbianos actúan como ingenieros del ecosistema. Esta dinámica se integra con la presencia de musgos, líquenes y avifauna, conformando un sistema biológico de alta resiliencia frente a las condiciones extremas del entorno”.
Tras su obtención, las muestras procesadas en la base Vernadsky ahora se resguardan, cultivan y secuencian en diversos laboratorios mexicanos para su análisis, lo cual tomará el resto del año para conseguir los primeros resultados. “A nivel ecológico, los resultados nos permitirán comprender cómo estos microorganismos actúan como biosensores del cambio climático en una de las regiones más sensibles del mundo”, añade el académico de la UABC.
Lepe, Yáñez y Villa hicieron un trabajo de campo físico y mentalmente demandante, el cual requirió de una buena condición para ascender montañas de hasta 150 metros. No es fácil caminar en la nieve, con equipo a cuestas, sueño y descansos irregulares, además del estrés de aprovechar al máximo la estancia, relata Lepe.
“En la Antártida hay que ser extremadamente meticuloso”, señala por su parte, Yáñez. “Toda prevención es importante para proteger tanto la integridad de la muestra, como la del frágil ecosistema antártico. Además, sentir que tú vida y la de tu compañero son tan frágiles crea hermandades para sobrevivir y sobrellevar las condiciones”.
Al respecto, Pablo Lepe recuerda que los riesgos son latentes, como caer al agua y sufrir de hipotermia. “No quieres resbalarte cuando estás haciendo las investigaciones y demás, entonces en este entorno hay adrenalina; siempre estás vigilando y alerta, teniendo cuidado ante los riesgos en el ambiente o el clima, del viento, de las nubes…”.
Ramos recuerda además que las condiciones meteorológicas pueden ser impredecibles: un día que amanece soleado puede tornarse nublado y nevar en un par de horas. “Puede aparecer una ventisca horrible que te impide tomar muestras. Era complicado predecir cuándo podríamos hacerlo”.
"Polizón" en el Noosfera
Mientras tanto, Izaid Ramos, estudiante de posgrado del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, surcaba la península antártica a bordo del Noosfera –cuyo nombre alude al concepto acuñado, entre otros, al geoquímico ruso Vladímir Vernadski, sobre la actividad humana como fuerza transformadora de la biosfera–.
La misión del universitario fue colectar muestras microbianas a diferentes profundidades, de hasta mil 300 metros, en distintas regiones con el mismo propósito que el de las muestras obtenidas en tierra. “Mi trabajo científico se desarrolló principalmente a bordo del buque de investigación, donde tomé muestras de sedimento marino en diferentes posiciones a lo largo de toda la Península Antártica y así realizar determinaciones microbiológicas”, explica.
“Buscamos qué bichitos existen ahí para entender a profundidad cómo estas comunidades microbianas interactúan con su ambiente, pero también con el fin de encontrar algunos relacionados con el metabolismo de compuestos importantes, como el metano, o con aplicación industrial”.
Izaid, quien incluso participó como intérprete durante una emergencia que incluyó a un investigador checo herido, conoció algunas de las estaciones aledañas de la península y aunque el violento oleaje se mantuvo, después de unos días surcando el mar de Drake, “fue una experiencia muy hogareña”. El espléndido trato y colaboración de los ucranianos, tanto en mar como en tierra, facilitó y enriqueció su trabajo.
El joven académico relata que, por ejemplo, en la Fosa de Palmer tomaron una muestra de cerca de mil 340 metros de profundidad. “Fue algo muy lindo e interesante de ver, porque los geólogos ucranianos estimaban que el sedimento marino que estábamos tocando podría tener hasta mil 500 o mil 800 años de antigüedad. Tocábamos la historia de la Tierra con nuestras propias manos”.
Al igual que sus compañeros en tierra, Izaid observó “cosas increíbles”.
"Otro planeta"
Mi curiosidad central sobre la experiencia del equipo es conocer el relato y la descripción del paisaje y escenario natural que presenciaron, al que no muchos seres humanos tienen acceso. Sólo académicos con las credenciales o turistas con el dinero suficiente pueden visitar a los pingüinos y glaciares antárticos.
“Para mí, la Antártida es un paraíso. Hay muchos adjetivos que puedo usar para describir la belleza de impresionante continente, pero estar ahí con una conexión física y emocional es único e inexplicable”, dice Pablo Lepe.
“Estar en la Antártida es como visitar otro planeta”, expresa por su parte Alfredo Yáñez. “Es enfrentarse a la naturaleza en su estado más puro y crudo”. La experiencia en la estación fue de una colaboración científica intensa, agrega, pero lo que realmente marcó su experiencia fue paisaje:
“Una inmensidad blanca donde el horizonte se pierde y el silencio sólo es interrumpido por el viento”.
A su vez, la descripción de Lepe es, efectivamente, como haber visitado otro planeta: “Por un lado sabes que estás lejos y con una radiación solar que quemará tu piel si la dejas expuesta (…) A la vez escuchas el hielo moverse todo el tiempo, chocando consigo mismo en el océano. Algunos glaciares que se desprenden suenan como relámpagos”.
Los mexicanos coinciden en la absoluta belleza del escenario helado. “Cada iceberg en el océano es una obra de arte y la luz del Sol reflejada en ellos única, incluso se pueden apreciar diversos arcoíris. La verdad es muy indescriptible”.
Pero entre esa intensidad y dinamismo también hay vida. Entre las ballenas, focas y otras aves, quienes robaron la atención en mar y en tierra fueron los pingüinos. “Es hermoso estar ahí entre tantos animales únicos como los pingüinos, animales muy divertidos”.
Entonces, frente a este paisaje hay muchas emociones y mucha felicidad, agrega Lepe. “Es una oportunidad única en la vida. Yo estos recuerdos me los voy a llevar toda la vida, ojalá más mexicanos puedan visitar la Antártida, ya sea como científicos, ingenieros o turistas. Es un continente mágico”, define Lepe.
En sintonía, Izaid recuerda que fue una experiencia enriquecedora, cultural y profesionalmente, pero de un significado más profundo. “También siento que regresé siendo un mejor humano”.
Turismo y base mexicana
El turismo a la Antártida no es barato, pero tampoco impagable. Pablo Lepe relata que hay diversos operadores turísticos que por un viaje de diez días pueden cobrar el equivalente a 250 mil pesos por persona; pero hay de todo, desde barcos lujosos hasta pequeños. También se puede llegar volando. Todo está muy bien regulado, agrega, y los turistas pueden incluso visitar bases como la ucraniana.
Vaya sorpresa que se dieron algunos de esos turistas mexicanos al llegar a Vernadsky y ver izada su bandera; vaya sorpresa de los investigadores connacionales ver a los turistas. “Estaban muy felices de que México estuviera presente en la Antártida con estas iniciativas de ciencia y de paz. Y bueno, si tienen la posibilidad de ir como turistas, yo lo recomendaría ampliamente”.
Por otra parte, la convivencia e intercambio cultural fue provechosa incluso en los alimentos. La base y barco contaban con chef, pero aun así en Vernadsky los mexicanos ofrecieron una muestra de su gastronomía. “Hicimos fajitas de mole, llevamos tortillas de harina y preparamos agua de horchata”.
La relación con los anfitriones ucranianos fue muy buena, en una base que llegó a albergar a 40 académicos de diversos países, porque el tráfico de personas de todo el mundo es más grande de lo que uno imagina. Por ello, no debería sorprender tanto la presencia mexicana, tampoco debería ser inimaginable tener una base propia, apunta Pablo Lepe.
“México se está perdiendo una oportunidad muy grande de vincularse con el mundo por la ciencia y la paz en la Antártida. Si bien no necesitamos una base, podemos tener infraestructura y enviar a mexicanos de todas las áreas para trabajar ahí y convivir con el resto de la comunidad internacional y cuidar este continente único vital para el planeta”.
Parece poco asequible, pero no lo es, enfatiza. México sólo necesitaría firmar los pactos internacionales necesarios y ratificar el Tratado de la Antártida. Posteriormente, añade, realizar un planteamiento de ciencia y trabajo por varios años, con lo que se podrían solicitar facilidades para, más adelante, consolidar una base. No se necesitaría un rompehielos, puesto que México tiene aeronaves militares que han alcanzado el continente de hielo.
“Se requieren diversas cosas, pero sobre todo gestión política y fondos”, agrega Lepe, quien añade que se pueden hacer alianzas como con Ucrania o encabezar grupos en la región. “Nosotros facilitamos esas conversaciones y vinculación si México quiere tener una base y un rol más activo en la investigación y el cuidado del lugar (…), esa es nuestra visión como mexicanos antárticos”.