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Juego de pelota prehispánico: del ritual al consumo futbolero

Para el Mundial 2026, el gobierno vincula el futbol moderno con la práctica prehispánica con el lema “la pelota vuelve a casa”. Especialistas cuestionan los fines turístico-mercantiles de esa campaña, mientras el patrimonio sigue desatendido

El lema “La pelota vuelve a casa” puebla anuncios publicitarios y cruces urbanos de la capital. Crédito: VALENTE ROSAS / EL UNIVERSAL
14/06/2026 |01:08Judith Amador Tello |
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El sonido de un caracol marino y el olor de un incensario anuncian que el juego de pelota está por comenzar. Previamente, con cinco paliacates, se forma una cruz orientada a los cuatro puntos cardinales y encima de cada uno se colocan ramos de hierbas para representar la naturaleza. Con el copal, resina sagrada, se sahúman las pelotas de hule y a los jugadores para dispersar la energía y limpiar el ambiente y nadie salga lastimado.





Así inicia su entrenamiento el equipo Texocelotzin de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fundado por los estudiantes Alan Zúñiga Lazcano, de la Facultad de Química, y Bryan Lupián Herrera, de Filosofía y Letras, quienes se inspiraron en la tradición del ulama que se practica en algunas entidades del país, entre ellas Sinaloa y Nayarit.

El ulama se juega golpeando la pelota con cadera, muslos y brazos. Es una versión contemporánea del ullamaliztli, el juego de pelota que nació hace más de 3,500 años con un sentido religioso relacionado con la cosmovisión prehispánica: el inframundo, los ciclos agrícolas, la fertilidad, la dualidad vida-muerte, los astros. Hay evidencia de otro tipo de juegos donde utilizaban bastones para golpear la pelota.

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El equipo Texocelotzin tiene ahora más de 20 integrantes, en sus ramas varonil, femenil y juvenil. Crédito:FERNANDA ROJAS / EL UNIVERSAL

“Para la mente prehispánica, el juego de pelota no era un elemento más, sino una síntesis de su concepción de la vida y el universo”, le dijo el historiador Alfredo López Austin (1936-2021) en una entrevista al escritor Juan Villoro, quien lo cita en su más reciente libro Los héroes numerados.

Si bien en ocasiones se jugaba de manera lúdica y era un espectáculo público, el juego de pelota ancestral no tiene relación con el futbol contemporáneo, como los gobiernos federal y de la Ciudad de México pretenden con el lema “la pelota vuelve a casa”. Menos con los fines turístico-mercantiles y de imagen política que anima esa apropiación simbólica en decoraciones urbanas y anuncios publicitarios.

Se hicieron carteles con jugadores de pelota antigua, con cuerpos estilizados, musculosos, ataviados con coloridos taparrabos, vistosos penachos y pectorales con plumas y caracoles o cuentas, calzados con botas o botines que parecieran de cuero desgastado y suela de goma o algún otro material flexible, cuando algunas evidencias arqueológicas muestran jugadores con taparrabos menos ornamentados, algunos elementos protectores utilizados para el juego, descalzos o con huaraches, sin penachos, si acaso algún tocado entrelazado como un paliacate. Incluso los gobernantes se desprendían de sus joyas y atuendos lujosos para entrar al juego, comenta Zúñiga.

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Esculturas con forma de cabeza de serpiente en el Juego de Pelota de la Zona Arqueológica de Toniná, Chiapas. Crédito: ARCHIVO EL UNIVERSAL

No es la primera vez que el interés económico y político en el patrimonio cultural prevalece por encima del académico, educativo y de difusión. Así lo han señalado investigadores del propio Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), entre ellos el fallecido antropólogo social Jesús Antonio Machuca, cuyo tema de especialización fue precisamente el uso y abuso del patrimonio cultural y natural.

En eventos deportivos internacionales el asunto es recurrente. El día de la apertura de los Juegos Olímpicos de 1968, se dio una exhibición de ulama, como documentó el investigador de la Universidad Estatal de California, Manuel Aguilar-Moreno, en el texto “Ulama. El juego de pelota prehispánico que sobrevivió hasta nuestros días” (número 152, Arqueología Mexicana, julio-agosto de 2018). En el Mundial de Futbol de México 1986 se hicieron posters con las bellas imágenes fotográficas de Annie Leibovitz. No utilizaron el juego de pelota, pero buena parte de los escenarios son zonas arqueológicas como Chichén Itzá, Tula, Tulum, Teotihuacán, así como el Museo Nacional de Antropología (MNA).

Ahora, como desde el sexenio calderonista —que destacaba en el mundo por la violencia desatada por la guerra contra el narco—, las autoridades gubernamentales hablan de mostrar a México como una “potencia cultural” al tiempo que los presupuestos para el sector cultural han venido disminuyendo. El destinado al patrimonio es selectivo. Se hizo una inversión de 400 millones de pesos para intervenir 12 juegos de pelota de diversas entidades, 46 zonas arqueológicas y 15 museos, pero no se atienden rezagos acumulados en otras áreas como la investigación antropológica.

Se quiere aprovechar la idea de que en la época prehispánica se jugaba a la pelota, “con decisiones de carácter político que privan sobre las necesidades reales. Como en el Programa de Mejoramiento de las Zonas Arqueológicas (Promeza), en el sureste mexicano fundamentalmente, donde la elección de sitios para aplicar los recursos no tiene sustento académico, de conservación o de difusión del patrimonio”, considera el arqueólogo Sergio Gómez Chávez, director del Proyecto Tlalocan “Camino bajo tierra”, en Teotihuacán.

“Desde la época de Porfirio Díaz el patrimonio arqueológico se ha utilizado con fines políticos. En los años sesenta, Teotihuacán sufrió una reconstrucción con el fin de reforzar la identidad nacional. En efecto, es un elemento importante, pero se está perdiendo el interés por destacar el aspecto identitario, ahora sólo importa la cuestión turística y la obtención de recursos económicos”.

La gesta deportiva es un escaparate para el consumo en el cual la cultura no queda fuera. A ello obedece el despliegue en programas artísticos y culturales de las instituciones culturales. Como en 1968, habrá exhibiciones de ulama en diversos espacios. La UNAM realizará las propias en las Islas, en donde intervendrá el equipo Texocelotzin, “bajo protesta”, porque no todos aprueban su utilización para el Mundial. Para Zúñiga, no deja de ser una oportunidad para llamar la atención y, quizá, lograr mayores apoyos en la difusión de un proyecto que busca recuperar el juego ancestral con más de 3,500 años de antigüedad, considerado el más antiguo del que se tenga conocimiento en el mundo.

El libro de leyendas mayas, Popol Vuh, habla ya del juego de pelota. Narra que los hermanos gemelos Hunahpúh e Ixbalanqué se enfrentan a los señores de Xibalbá en el juego de pelota en una lucha que simboliza la continuidad del día y la noche.

Larga historia

En excavaciones arqueológicas se han hallado miles de evidencias sobre el juego de pelota. Desde figurillas de cerámica con representaciones de jugadores hombres y mujeres; maquetas con canchas, jugadores y público; esculturas y esferas en piedra; pelotas de hule; marcadores; murales con representaciones; y canchas, no sólo en lo que fue Mesoamérica, sino también en el norte de México y el suroeste de Estados Unidos, explica el arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez, director del Programa de Arqueología Urbana del Museo del Templo Mayor.

El Museo Nacional de Antropología resguarda un conjunto de figurillas que datan de entre 1,500 y 1,200 a.C., encontradas en El Opeño, Jacona, Michoacán. El propio Barrera hizo hallazgos en el sitio arqueológico Las Playas, en el Occidente de México, en las tumbas de tiro, donde encontró ofrendas con figurillas y diminutas maquetas con jugadores y canchas de juego. En 1988, en El Manatí, Veracruz, se descubrieron 14 pelotas de caucho con una antigüedad entre 3,200 a 3,600 años.

El MNA resguarda también una enorme escultura conocida como marcador del juego de pelota, hallada en Teotihuacán, aunque Chávez precisa que no ha encontrado hasta hoy propiamente una cancha, pero sí murales con representaciones. Él excavó restos de una estructura. Establece que esa construcción pudo ser el juego de pelota que se destruyó para construir otro gran espacio ritual que es la Ciudadela, convertido después en el escenario para el juego. Durante los trabajos del proyecto Tlalocan, en el cual se descubrió un túnel construido por los propios teotihuacanos, se encontraron asimismo varias pelotas.

A lo largo del territorio ocupado por las culturas prehispánicas, desde Centroamérica hasta el suroeste de Estados Unidos, se han hallado alrededor de 3,000 canchas. En Cantona, Puebla, la mayor cantidad, con 27; en El Tajín cerca de 20.

Generalmente, explica Barrera, eran alargadas y con medidas variables. Algunas “muy sofisticadas”. En Chichén Itzá está la más grande, mide unos cien metros de longitud, igual en Tula. En otros sitios se han encontrado algunas de 25 metros o menos. Las más conocidas son en forma de T o de I, alargadas y con cabezales en los extremos, cuentan con unos patios transversales conocidos como patios cabezales, “los dos patios le dan la forma de T, son las más elaboradas arquitectónicamente. Algunas tenían anillos empotrados en las paredes laterales, otras no. Y no siempre se desarrollaba dentro de una cancha, se jugaba en espacios abiertos dibujando la cancha en el suelo”.

Se ha descubierto además que los grandes centros ceremoniales tenían varios juegos en su interior, así como juegos pequeños en los barrios aledaños. Barrera ha investigado sobre todo el ullamaliztli o tlachtli, que era el juego de los mexicas. En los trabajos iniciados en 2009 en la calle de República de Guatemala, detrás de la Catedral Metropolitana, hizo varios hallazgos; entre ellos, detectó en 2014 el costado exterior norte del juego de pelota, “el teotlachco, que en náhuatl significa el juego de los dioses”, del cual se tenía referencia en otras excavaciones y escritos de Bernardino de Sahagún, Diego Durán y Juan de Torquemada.

Se cree que la pelota pudo ser la representación del sol o de la cabeza de algún decapitado. En el ordenamiento del centro ceremonial mexica había dos ejes rituales paralelos de este a oeste, establecidos a partir de investigaciones del exdirector del Proyecto Templo Mayor, Eduardo Matos Moctezuma.

Barrera los describe: el eje de la muerte desde el adoratorio de Huitzillopochtli, dios de la guerra, que pasa por una estructura circular, que es el Cuauhxicalco, el Huei Tzompantli y el juego de pelota. Matos ha dicho que el tzompantli es, en realidad, una estructura del juego de pelota. El Eje de la vida está relacionado con Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad de la tierra.

Falta mucho por conocer sobre las diversas connotaciones del juego, en las cuales sobresalía la de carácter religioso. No se ha precisado sobre el hecho de la decapitación como parte del juego, aunque algunas fuentes históricas lo mencionan; se desconoce si había decapitaciones siempre que se jugaba, y quién perdía la cabeza —el ganador o el perdedor—, se ha dicho que tal vez era el más apto para el sacrificio.

Por lo que afirma Sergio Gómez, tampoco hay mucho presupuesto para continuar las investigaciones en determinadas zonas. En Teotihuacán, su caso, tienen más de dos años sin recibir recursos para estudiar e interpretar los hallazgos en el túnel. La propia pirámide de la Serpiente Emplumada, como se ha denunciado en los medios, sufre un avanzado deterioro. La inversión de 37 millones de pesos anunciada este año para obras en el sitio de Teotihuacán, fue para la recepción de visitantes, que no faltarán, dada su cercanía con la Ciudad de México, sede mundialista: servicios, museografía, señalética.

El arqueólogo se pregunta cuánta gente realmente se animará a ir después del reciente suceso del joven que disparó desde la pirámide de la Luna. En su transitar diario por el lugar, advierte que las visitas han disminuido. Además, muchos visitantes no van necesariamente atraídos por el patrimonio. Desde hace mucho, la zona arqueológica sufre el impacto de un turismo y explotación voraz de quienes rentan globos aerostáticos, cuatrimotos y los vehículos todoterreno como Rzr.

Rescate de una tradición

Mientras las sedes del Mundial y los “atractivos” turísticos son vestidos de gala, el grupo de jóvenes jugadores de ulama en la UNAM no cuenta siquiera con un lugar fijo de entrenamiento. Su atuendo es lo más cercano posible al del ullamaliztli. Un fajado o taparrabo de gamuza llamado máxtlatl, para cubrir los genitales, antes se hacía de venado, ahora es de chivo o vaca; una faja en la cadera con la cual se golpea la pelota; un chimalli (en náhuatl, escudo), que es un cinturón bajo, para proteger los glúteos al momento de pegarle a la pelota a ras del suelo. Finalmente, un paliacate en la cabeza, cuyo fin es ayudarlos a no estar dispersos y concentrarse en el juego.

Juegan y entrenan descalzos siempre que les es posible, en canchas tradicionales llamadas taste, de tierra compactada o en canchas de frontón, voleibol o básquet. El día de la entrevista, se preparaban para una demostración frente a grupos de estudiantes, en un espacio entre la Dirección General de Orientación y Atención y el Taller José Villagran de la Facultad de Arquitectura, en Ciudad Universitaria, donde el suelo es demasiado rígido, roto, pedroso y con hojarasca, así que calzaron tenis. Los utilizan también cuando toca jugar en pavimento, parques o explanadas.

El equipo universitario inició sus entrenamientos en febrero de 2020, y aunque los interrumpió la pandemia, lograron retomarlos e incorporarse a la Asociación Deportiva de Juegos de Pelota de Hule, Ulama y Pok Ta Pok, de la UNAM, presidida por la antropóloga Emilie Ana Carreón Blaine, especialista del Instituto de Investigaciones Estéticas, quien ha investigado sobre el juego, y de la cual Zúñiga es vocal de alumnos.

Han logrado incorporar a más estudiantes. Texocelotzin tiene ahora más de 20 integrantes. En su equipo varonil hay 7, en el femenil 6, y en el juvenil 6 mujeres y 2 hombres, estos últimos del Colegio de Ciencias y Humanidades.

El día de la demostración —posterior a la entrevista— participaron Brandon Yáñez, de Arquitectura; Víctor Luna, de Urbanismo; Lucía Ortega, egresada de Derecho; Amelie Fuentes, del Taller de Ulama, y Zúñiga, que es también profesor de Metodología del Deporte.

Están abiertos para recibir a más jóvenes en sus fuerzas principiantes y avanzadas, para seguir difundiendo este juego milenario. Su práctica se sustenta en investigaciones académicas de Carreón Blaine, María Teresa Uriarte y otros especialistas:

“Para nosotros, su trascendencia en la cultura es muy importante, por eso seguimos utilizando las formas y vestimentas que vienen de nuestros antepasados y se han guardado en el camino de la tradición”, enfatiza Zúñiga.