Debo ser completamente honesto. Durante la carrera me costó bastante trabajo entender a Kant. No digo que lo entiendo del todo, pero veamos: antes de Kant, la filosofía europea oscilaba entre dos posiciones que se presentaban como excluyentes. El racionalismo, en sus versiones más ambiciosas desde René Descartes hasta Gottfried Wilhelm Leibniz, sostenía que la razón puede alcanzar verdades sobre la realidad con independencia de la experiencia sensible: hay ideas innatas, estructuras del pensamiento que corresponden a estructuras del ser, y la razón bien dirigida puede extraer de sí misma conocimiento genuino sobre el mundo. El empirismo, desde John Locke hasta David Hume, respondía que todo conocimiento proviene de la experiencia sensible, que la mente es inicialmente una tabla en blanco sobre la que la experiencia escribe, y que cualquier pretensión de conocimiento que vaya más allá de lo que los sentidos pueden confirmar es ilusión metafísica. Kant leyó ambas tradiciones con la profundidad que merecían y concluyó que las dos tenían razón en lo que afirmaban y se equivocaban en lo que negaban.
Su solución fue lo que denominó la revolución copernicana de la filosofía, en referencia deliberada al astrónomo polaco que invirtió la relación entre el Sol y la Tierra. Del mismo modo que Nicolás Copérnico demostró que no es el Sol quien gira alrededor de la Tierra sino al contrario, Kant propuso invertir la relación entre el sujeto y el objeto del conocimiento. No es la mente la que se adapta pasivamente a la realidad para conocerla: es la realidad tal como la conocemos la que se adapta a las estructuras de la mente. El espacio, el tiempo, la causalidad no son propiedades del mundo que descubrimos al observarlo: son las formas que el sujeto impone a la experiencia para que esta sea posible. Sin esas formas no habría experiencia coherente: habría un flujo caótico de impresiones sin estructura ni conexión. La mente no recibe el mundo: lo organiza.
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Las consecuencias de esa inversión son considerables y no todas cómodas. Si el espacio y el tiempo son formas de la sensibilidad humana, condiciones que el sujeto aporta a la experiencia y no propiedades independientes del mundo, entonces no podemos saber nada sobre cómo es la realidad con independencia de esas condiciones. La cosa en sí, el término técnico con el que Kant designó la realidad tal como existe con independencia de toda experiencia posible, existe pero es radicalmente incognoscible. No porque nuestros instrumentos de medición sean insuficientes ni porque la ciencia no haya avanzado lo suficiente: sino porque cualquier acto de conocimiento es ya un acto de organización que impone las categorías del sujeto sobre lo que se conoce. Quitarle esas categorías no produciría un conocimiento más puro: produciría la ausencia de todo conocimiento.
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Eso significa que la física, la biología, la química y cualquier otra ciencia empírica producen conocimiento genuino y riguroso sobre el mundo tal como aparece a la experiencia humana. Pero ese conocimiento, por más preciso que sea, no alcanza a la cosa en sí. La ciencia describe el mundo tal como lo estructuramos al conocerlo, no el mundo tal como es con independencia de ese acto de estructuración. Leída así, la posición kantiana no es un ataque a la ciencia sino su fundamentación filosófica más rigurosa: explica por qué la ciencia funciona, por qué sus leyes tienen validez universal dentro del campo de la experiencia posible, y al mismo tiempo traza el límite más allá del cual sus pretensiones se vuelven ilegítimas.
Ese límite es donde la metafísica tradicional había instalado sus preguntas más ambiciosas: la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la libertad de la voluntad. Kant no responde esas preguntas negando sus objetos. Demuestra algo más perturbador: que la razón humana, cuando intenta responderlas con los mismos instrumentos con que conoce el mundo, cae inevitablemente en contradicciones que no puede resolver. A esas contradicciones las llamó antinomias de la razón pura: pares de argumentos opuestos, ambos igualmente válidos desde el punto de vista lógico, que la razón produce cuando intenta ir más allá de los límites de la experiencia posible. El mundo tuvo un comienzo en el tiempo o el mundo es eterno: ambas posiciones pueden sostenerse con argumentos igualmente rigurosos. La materia es infinitamente divisible o hay átomos últimos indivisibles: idem. Esas contradicciones no son fallas del pensamiento que podrían corregirse con mayor rigor: son síntomas de que la razón ha salido de su territorio legítimo y opera en un espacio donde sus instrumentos no funcionan.
Lo que Kant extrae de ese diagnóstico no es el escepticismo sino la disciplina. La razón tiene un uso legítimo y un uso ilegítimo. El uso legítimo es el que opera dentro de los límites de la experiencia posible, organizando los datos empíricos mediante las categorías del entendimiento y produciendo conocimiento científico riguroso. El uso ilegítimo es el que pretende alcanzar la cosa en sí, el que formula afirmaciones sobre Dios, el alma o el universo como totalidad como si esos objetos fueran accesibles a la experiencia. Distinguir entre ambos usos no empobrece el conocimiento: lo purifica de las ilusiones que lo han habitado durante siglos.
La vigencia de esa distinción en el siglo XXI es más amplia de lo que parece a primera vista. Cada vez que la neurociencia afirma que la conciencia es idéntica a procesos cerebrales, está haciendo exactamente el tipo de afirmación que Kant habría clasificado como uso ilegítimo de la razón: pretender que el conocimiento de los correlatos físicos de la experiencia es equivalente al conocimiento de la experiencia misma. Cada vez que la física cuántica produce interpretaciones sobre la naturaleza de la realidad que van más allá de los datos experimentales, está bordeando el territorio que el filósofo declaró fuera del alcance del conocimiento legítimo. No porque esas preguntas sean sin sentido: sino porque los instrumentos del conocimiento empírico no alcanzan a responderlas sin traspasar el límite que Kant trazó con meticulosa precisión.