El paradero de la colección de Jacques y Natasha Gelman ha sido seguido por la prensa desde hace más de 20 años, eso ha permitido que exista un registro sobre las declaraciones e indagaciones que han realizado periodistas especializados y ayudan a dar un panorama más completo sobre las pretensiones que tuvieron los propietarios de la y que hoy están a debate, con nuevas versiones. Una condición fue que la colección de arte no debía dispersarse, pero sí ha ocurrido en los últimos años.

Antecedentes

Por años, se ha manejado que Robert Littman era el albacea de la Colección Gelman. Hoy lo asumen como el dueño del acervo, incluso Alejandra de la Paz, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), dijo el pasado 6 de abril en una entrevista con Canal 22, que Littman fue el legatario. Esto también se señala en el sitio web de Sotheby’s, que en noviembre de 2024 vendió piezas de esta colección, suceso que prendió las alertas sobre el cambio en la gestión de la colección. En la procedencia de varias de esas obras de arte se señala que Littman, a través de su Fundación Vergel, adquirió las obras por herencia.

En 2009, la periodista Arelí Quintero, publicó fragmentos del testamento de Natasha Gelman donde se indica que la colección de arte mexicano la heredaba a Littman, quien fue su amigo, curador y quien en un momento dirigió el Museo Tamayo y el Centro Cultural Arte Contemporáneo. Pero, el estadounidense debía cumplir condiciones establecidas en el testamento: “conservarla, no dividirla, exponerla en un museo de carácter privado con acceso al público general y autorizar a que, en caso de ser necesario, con previo consentimiento del INBAL, ésta pudiera salir del país para ser expuesta en el extranjero”, reportó Quintero.

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Diez años antes de ese reportaje, el propio Littman ya había compartido esas condiciones en entrevista con Angélica Abelleyra, dijo que en México no había instituciones con condiciones necesarias para que “mi colección” no corriera “el riesgo de que por una razón u otra se disperse”. Algo similar había declarado Littman a la periodista Merry MacMasters en 1998, cuando habló sobre la posibilidad de que la colección se fuera al Museo Nacional de Arte (Munal), afirmó que quien la quisiera debería respetar “tres condiciones básicas: que se quede en México, que la obra se mantenga junta y que se conserve el nombre original”.

Littman no fue el único en decir que la Colección Gelman no debía dispersarse. En los dos catálogos publicados sobre el acervo: Frida Kahlo, Diego Rivera and Twentieth-Century Mexican Art: The Jacques and Natasha Gelman Collection, publicado en 2000 por los museos de Arte Contemporáneo de San Diego, el de Arte de Dallas y el de Arte de Phoenix, y La Colección Gelman: selecciones, editado en 2004 por Fundación Muros y Fundación Vergel, el crítico de arte Pierre Schneider, amigo cercano de los Gelman, señala que para los dueños “dispersarla, venderla en forma compulsiva estaba fuera de discusión”.

Retrato de Jaques Gelman, de Gunther
Gerzso. Foto: SANTIAGO CADENA/EL UNIVERSAL
Retrato de Jaques Gelman, de Gunther Gerzso. Foto: SANTIAGO CADENA/EL UNIVERSAL

Separación

Más de 20 años después de estas declaraciones, ocurrió la dispersión de la colección Semilla de los Gelman, es decir, aquellas obras adquiridas por el matrimonio y las últimas que compró Natasha ya como viuda. La exposición Relatos modernos. Obras emblemáticas de la Colección Gelman Santander, del Museo de Arte Moderno echa luz sobre esta separación.

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Ahí se exhiben 68 obras, entre las que hay piezas que se sumaron luego de la muerte de los propietarios, como los desnudos que hizo Diego Rivera sobre Dolores Olmedo y Frida Kahlo, o Autorretrato con sombrero, de Francisco Toledo. Natasha, ya viuda, sólo compró Perro con escoba, como indica Sylvia Navarrete en Frida Kahlo, Diego Rivera and Twentieth-Century Mexican Art: The Jacques and Natasha Gelman Collection.

La gran mayoría de las piezas, aun siendo agregadas o de la Semilla, pertenecen a la familia Zambrano, actual propietario, y se identifican con la leyenda “Colección Gelman Santander”, en las fichas museográficas. Sin embargo, hay seis pinturas propiedad de la Fundación Vergel, de Robert Littman: Retrato de Jacques Gelman (1945), Retrato de Natasha Gelman (inconcluso) (1946) y Sin título (1915-1917), de Ángel Zárraga; Retrato de Natasha Gelman (1948), de Rufino Tamayo, Retrato de Jacques Gelman (1945), de Gunther Gerzso, y Juegos peligrosos (1930-1932), de Agustín Lazo. De este último artista, Natasha lo compró ya como viuda: “(Lo conocí) por primera vez en 1990, en el catálogo de una casa subastadora estadounidense. Me gustaron mucho y los compré”, dijo la coleccionista, como documentó Navarrete.

En el Convenio de Colaboración entre el INBAL, Santander y la familia Zambrano se consideran 30 obras con declaratoria de monumento artístico –10 de Frida Kahlo, dos de María Izquierdo, siete de José Clemente Orozco, 10 de Diego Rivera y una de David Alfaro Siqueiros– de las cuáles sólo una, Escena de circo de María Izquierdo, no está en exhibición. Además, Girasoles, de Diego Rivera, es la única en un apartado distinto por ser de otro propietario. Una fuente cercana a la colección confirma que su dueño es un miembro particualr de la familia Zambrano.

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La selección de obras que adquirieron los Zambrano, al excluir los retratos de los Gelman de Zárraga, Gerzso y de Tamayo, daba la impresión de que en especial se interesaron por las piezas con declaratoria de monumento de la colección Semilla. Al cuestionar cuál fue el criterio de adquisición y por qué no comprar todas las obras de la colección original, la fuente cercana a la colección declaró a EL UNIVERSAL que la compra “no fue una selección, es lo que ofreció Robert Littman. Ellos no conocen su razonamiento de porque quiso quedarse con ciertas obras”.

La subasta

La venta a la familia Zambrano ocurrió en 2023, pero en 2024, salieron a la venta 14 obras de la colección Semilla de los Gelman a través de Sotheby’s. En su procedencia decía que las pinturas habían sido de los Gelman, luego de Fundación Vergel “adquiridas por herencia” y finalmente adquiridas por el “dueño actual”.

Entre esas 14 estaba Siqueiros por Siqueiros, que tras la presión mediática, el INBAL obligó a Sotheby’s a indicar que dicha obra no podía salir de territorio mexicano por ser Monumento artístico. Natasha la había comprado en el remate de una galería neoyorquina; en 2024 se vendió por 72 mil dólares. En esa ocasión también por ser obra con declaratoria, se retiró de la subasta por indicaciones del INBAL el cuadro Caballo en el circo, de María Izquierdo y de la que se desconoce su paradero.

Los Gelman le compraron a Gunther Gerzso 40 obras, como da cuenta Navarrete. De estos, tres se vendieron con Sotheby’s, Paisaje arcáico por 900 mil dólares, Verde-amarillo y El señor del viento, cada uno por 180 mil dls, y uno está en la muestra del MAM y es de Littman. Se desconoce el paradero de los otros 36 cuadros de Gerzso.

En esa subasta también se vendió por 108 mil dólares una caricatura que hizo Miguel Covarrubias a Diego Rivera, que según documenta Navarrete, le interesó a Natasha porque “apenas (era) una caricatura: así iba Diego vestido cuando Covarrubias fue por él para llevarlo a una feria”.

Carlos Mérida aportó el toque abstracto a la colección Gelman. El matrimonio le compró El mensaje, junto con su estudio; Cinco paneles y Fiesta de pájaros, que se vendieron en esa subasta. En el MAM se exhibe Variación de un tema viejo.

Protesta y Tlacololeros, de Carlos Orozco Romero, también fueron subastados. La novia, que ahora es del acervo que administra Santander y se exhibe en el MAM. Natasha Gelman, indicó Navarrete, eligió esas piezas en particular porque era el estilo de composición que le gustaba más de Orozco Romero.

Sotheby’s también vendió From the Painter's Log-Book, de Wolfgang Paalen, y Xochimilco, de Miguel Covarrubias, piezas que en la última edición de Zona Maco fueron parte del booth de la Galería Enrique Guerrero, sin embargo, estas obras fueron de las adquisiciones hechas por Littman.

Juegos peligrosos (1930-1932) de
Agustín Lazo. Foto: SANTIAGO CADENA/EL UNIVERSAL
Juegos peligrosos (1930-1932) de Agustín Lazo. Foto: SANTIAGO CADENA/EL UNIVERSAL

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