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Una chica prevé de forma infalible que todo, siempre, va a salir mal. Tiene poca fe en el mundo y, al mismo tiempo, muere de ganas por salir a su encuentro. Le fascinan los lugares opacos y malditos, y tiene la enorme capacidad de apreciar la santidad tierna de los delincuentes. La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama) nos lleva de la mano de Javiera, una chilena recientemente aterrizada en Barcelona, quien creyó merecer Europa y el primer mundo y que, afincada en su perspectiva aspiracional del amor, sueña con sacar un doctorado en educación sentimental (ojalá al lado de su roomie Manuel, un chico punk peruano que la trastorna).
Javiera vive creando pequeñas teorías de la vida cotidiana y, aunque se esfuerza, no logra explicar el absurdo general de la vida y de la muerte, obsesionada con la idea de controlar el mundo propio y el de otros —sobre todo las relaciones no monogámas—. Al final, acompañada por su conejo Jaime y luchando por terminar su posgrado en literatura, habita un mundo en el que le gusta “confundir fantasía con realidad para obtener catarsis poéticas y sublimar la pena”.
Usted ha descrito esta novela como una de tipo picaresco entre otros géneros. ¿Cómo es el trabajo narrativo para que el humor no se convierta en una caricatura fácil?
Es como ir en una cuerda floja. Diría que mi preocupación más importante es que no se vuelva demasiado cínico, en no caer del todo en un humor irónico que en el fondo es nihilista; tampoco caer en la irrealidad de la ilusión y no sonar cursimente optimista. Pero también me tomo en serio la caricatura, porque me gusta mucho Walter Benjamin; él ama la caricatura porque tiene mucho de fábula y puede ser un instrumento muy sofisticado. Me interesa la caricatura porque la psicología a veces se ha tornado en un discurso demasiado solipsista en el sentido de entender el trauma, y la verdad es que yo creo que funcionamos más como sistema. Siempre apunto a algo más sistémico y trato de divertirme también porque la literatura es entretención. Pero hay que estar atento porque, para mí, siempre es un trabajo de contrapunto. Al igual que con el ritmo narrativo, es algo que me interesa bastante. Es como la música, que de repente estás haciendo algo y necesitas algo que cambie el peso. Yo tenía un profesor de teoría literaria que decía que la narrativa era como un baile: tensión y distensión, tesis y antítesis, todo el rato conteniendo y desconteniendo. Creo que la narrativa funciona así, con una especie de geometría.
En esta novela son muy interesantes esas que a veces llamamos “las pequeñas teorías de la vida cotidiana” que Javiera enuncia todo el tiempo, buscando explicarlo todo sobre ella misma y sobre los demás: la precarización aesthetic, las expectativas, las recomendaciones sensatas, la condición de sudaca, lo absurda que es la vida…
Puede que sea un síndrome de la época. Javiera es muy observadora y tiene premisas a veces más coherentes o más sensatas, y de repente tiene unas que son absurdas. Hay algo de la novela que para mí tiene que ver con el presente. Bajtin decía que la novela es el único género literario que nace después de la escritura —todos los anteriores, la poesía, la epopeya, son orales—, y dice que la epopeya y la tragedia de cierta forma se alimentan de algo que está cristalizado, del tiempo pasado, mientras que la novela se alimenta del presente. Ese es su objeto de estudio y para analizar el presente lo hace a través, no de una visión solemne, heroica, cristalizadora —que son además todos elementos aristocráticos—, sino a través de la risa, y la risa viene del folclor y de las clases populares. Concluye que por medio de la risa se critica, se analiza, se deconstruye, se desmonta y se trabaja con el presente. A mí me interesa bastante eso; es lindo cuando leo un texto o un libro y alguien de la época que sea, se atreve a hacer un comentario; me parece valiente. Y es que hoy estamos obsesionados con la idea de que se está acabando el mundo.
… Que este es el peor de los mundos heredados.
Y que nunca habíamos estado peor. Si uno lo piensa, en el aspecto histórico la humanidad tiene una memoria corta; nadie se acuerda de cosas que pasaron en 1400, y no tiene que ver con los medios de comunicación. Hay eventos que quedan fijados históricamente, pero eso no tiene que ver con el registro, sino con el hecho de que la gente se olvida del paso del tiempo y de las cosas del pasado. Por eso trato de conectar con algo que tampoco sea el presente; eso me da, tal vez, alivio. Hace un tiempo leí Anatomía de la melancolía, un libro por allá de 1600, y juro que leerlo era como leer un libro actual: la gente tenía las mismas ansiedades, la misma neurosis. Desde la Biblia el futuro es el apocalipsis, ¡y miren hace cuánto se escribió! La idea de que el futuro no va más es una idea bíblica. Es muy divertido que todavía se insista en aquello. Por eso trato de hacer conexiones a nivel literario: estar en el presente pero tamizar todo eso con libros antiguos, porque en el fondo ahí sales de tu solipsismo, de tu egocentrismo moderno.
Ahí aparecen precisamente las apreciaciones políticas que usted hace y que, aunque no son el eje, enriquecen la historia y los personajes. Habla de la socialdemocracia del primer mundo, el colonialismo, los países pobres, el aspiracionismo, el hecho de ser sudaca, el tardocapitalismo…
Yo lo hago desde siempre, hablar de la vergüenza, de la decepción. En el fondo, el capitalismo, por desgracia, es como el clima; es algo que uno respira. Uno le va poniendo dificultades a los personajes, argumentos narrativos, drama. Eso es la novela burguesa clásica del siglo XIX. No diría que era una vida fácil, pero parecía que tenían mucho tiempo libre en las cortes. En cambio, es heavy tener drama y además no saber cómo llegar a fin de mes, tener líos sentimentales… Estoy siendo burlesca con Flaubert porque él lo hace también; Madame Bovary termina endeudadísima justamente por esa dimensión económica. En el fondo es como decir: Mira, los personajes viven en un mundo que no es justo. Pero eso no es hacer panfleto de nada ¡porque es algo obvio! A mí me gusta ver cómo estos personajes se enfrentan al sistema capitalista, cómo lo ven como un enemigo, cómo lo ven como sus súbditos. Javiera termina diciendo que ella es una sumisa del amor, del arte y del capital. En esta sociedad, amor y capital van muy de la mano; de nuevo, Madame Bovary es una buena tesis sobre eso. Me gusta ir profundizando en esas ideas.
En la novela parece que hay una intención de desrromantizar el oficio de la escritura. Usted dice: “La escritura es la causa del fuego” y esta especie de manifiesto empieza con: “Yo, más que punto de vista, tengo miedo de no llegar a fin de mes”.
Sí, hay evidentemente una intención. En la protagonista, diría que hay desesperación. Entonces hay eso y también una pregunta por el oficio. Es curioso que Javiera dice: Yo no tengo argumento, yo necesito un trabajo, ¡pero lo siguiente que hace es convertirse en asesina! Decide que va a matar a Laura; decimos: Ok, Javiera, ya no te funciona la escritura, entonces, ¿que será? ¡Ser criminal! Y yo, como Paulina la escritora, todavía no lo entiendo bien. Cuando entré a la universidad y cuando quise ser escritora, lo hacía precisamente porque quería una forma de vida alternativa a la forma usual, normal. Yo era antisistema y no quería participar de la forma metafórica en que el dinero retribuye un trabajo útil. Pero luego es terrible y es doloroso, porque cuando hay problemas de dinero, cuando la inestabilidad habitacional de vida se torna no solamente tan cercana, sino además tan visible en las calles, pues no sabemos cómo pensar eso, nadie habla de eso, no sabemos decir nada y solo hay un miedo; casi que no podemos mirarlo, es muy extraño. Está eso también: por un lado, quiero ser artista, vivir en el bosque lejos del mundo y no hablar con nadie, pero por otro lado tengo muchas críticas respecto a cómo los Estados están privatizando todos los derechos sociales, la salud, la educación, cómo las ciudades se están transformando para que en ellas solo viva gente rica.
A través de Javiera expresa esa dualidad.
Claro, están todas esas críticas que tienen que ver con mi yo social y al mismo tiempo todavía permanece en mí la idea de ser una outsider. Las dos están en lucha; cuando me va mal, llego a la desesperación y cuando están bien, siento vergüenza, como si no hubiera trabajado toda la puta vida para ganarme lo que tengo. Siento que me ha hecho muy bien en el último tiempo hacerme amiga de personas que son diez o quince años mayores que yo. Cuando uno tiene amigos de su misma edad o su misma generación, no tiene una perspectiva de realidad más grande, a no ser que sean tus abuelos, tu familia, pero los amigos son otra cosa. Últimamente me ha pasado eso y me ha permitido darme cuenta de que sí se puede.
¿Qué es lo que le resulta más interesante de la idea de amor que tiene Javiera y con cuál de sus ideas riñe?
Creo que la que más me gusta, y la que guía toda su defensa del amor romántico, es que es como el arte: absolutamente inútil. Javiera no se enamora de Jack Kerouac o Don Draper o qué sé yo. Se enamora de alguien por su olor. Es algo que no tiene que ver con el discurso; ella sobre todo se enamora de una cosa muy corporal. Ahora que tengo una gatita me doy cuenta de la animalidad que existe en mí y que yo noto. Es heavy que uno pueda acariciarse de manera tan amorosa con un animal, de manera tan sensitiva, cuando no median palabras, la clase social, nada de eso. Es un animal y aún así genera una serie de sentimientos, emociones y preguntas; yo la miro y me cuestiono cosas.
Javiera hace lo mismo.
Eso me gusta, sobre todo porque ella en el fondo —aunque no lo sabe— está defendiendo que a las mujeres siempre se nos exige tener buenas razones para enamorarnos del hombre que nos enamoramos: tiene que ser listo, tiene que ser seguro, un maestro, esto o lo otro. A los hombres no se les exige enamorarse de mujeres por buenas razones o por razones útiles; ellos pueden hacer lo que quieran porque son hombres y no importa la que esté a su lado, lo que importa son ellos. Me gusta que ella se enamore en ese sentido irracional o corporal, porque es una defensa de que el amor no se puede transformar en discurso, pese a todas las historias de amor que hemos leído y toda la teoría sobre los afectos, que es muy importante para el feminismo, evidentemente. También tenemos derecho a equivocarnos en eso, que a veces es una proyección: Ay, si me enamoro de un tonto es porque soy tonta. ¿Cuándo un hombre ha dicho eso? ¡Nunca, porque los hombres son seguros de sí mismos!
Sobre eso, Javiera se pregunta cómo moverse en el mapa de las relaciones en este mundo del capital, del mercado, de los rótulos.
Uf, no creo que hayamos salido de esa cosa cortesana de debutantes y máscaras; como que se expandió y hoy el mundo es eso, pero en lo digital. Me parece que no hay mucha escapatoria y que más bien se pueden construir lugares alternativos, no desde la polarización. Yo estoy viviendo paso a paso y no sé mucho de la vida, entonces cada día me sorprendo más. Es muy fuerte todo lo del network; lo que hacemos ahora es conceptualizar cosas como nepobaby, pero ¿cuándo no fue así? Les estamos dando palabras a cosas que han existido desde siempre, aunque ahora se cuestionan. Lo bacán es advertir que eso es así, al menos, y también ser consciente, para ser feliz o al menos entender eso que decía Kant: siempre que vemos al otro, vemos un espejo, nunca lo vemos del todo. Por eso, cuando uno se separa el otro es un extraño. Hay que hacer ese baile de entregarse completamente y de verdad esforzarse por ver al otro, conectar y a la vez entender que también va a ser difícil o casi imposible a nivel humano no ver un espejo en el otro.
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