¿Qué hacemos con Meade? o ¿qué hará Meade?

Ricardo Rocha

Lo de su lejano tercer lugar adquiere ya tintes melodramáticos. Por eso desde las alturas de los poderes formales y fácticos crece la sombra negrísima que anticipa un final funesto y cuasi apocalíptico. Una derrota histórica para un candidato del PRI-gobierno. Si fuera futbol, una goliza de escándalo.

Y es que lo que hasta hace poco eran rumores entre dientes son ahora lastimeros gritos desesperados: “¡están ciegos y sordos los que lo ven perdedor y declinando!”, asegura el líder de su partido, el más repudiado por los electores; “Voy a luchar hasta el final”, dice el propio y frustrado candidato.

No es para menos. Salvo sondeítos a modo, cada encuesta mínimamente seria lo ubica en la tercera parte de las preferencias del odiado puntero López Obrador y todavía distante del segundo lugar que conserva Ricardo Anaya. Lo más desesperante para él y alarmante para la cúpula, es que la tendencia es a la baja cada día que pasa.

Por eso la pregunta ¿Qué hacemos con Meade? es irritante e insistente entre los detentadores del poder político y el dinero. Y se escucha a veces con un dejo de ofensiva conmiseración aunque también con algo parecido a la rabia.

Las opciones no son muchas y se plantean todavía entre murmullos, aunque cada vez en voz más alta: enfermarlo y que renuncie; que el mismo se asuma y decline en favor de Anaya, para evitar a toda costa que AMLO gane la Presidencia en las urnas del 1º de julio; o la muy difundida versión de que en las alturas ya se negocia un prianato con el mismo propósito anti-morenista.

Lo que menos se comenta es lo poco probable aunque todavía posible: que Meade se reinvente; que se yerga con un feroz puñetazo sobre la mesa y se niegue al injusto papel de convidado de piedra que le han asignado los traidores, los negligentes y los ineptos de que se ha rodeado o le han impuesto.

A ver: todas sus estrategias de campaña y comunicación han fracasado; no hay ni propuestas ni frases recordables; ni una sola polémica originada en sus declaraciones; sólo respuestas automáticas a lo dicho por AMLO el día anterior. Un candidato previsible y francamente aburrido, sumido en la más paralizante indefinición: ni simpatizante ni crítico del gobierno, ni priísta ni candidato ciudadano, ni conservador ni progresista; ni conciliador ni peleonero. Que no ha entendido que una cosa son los informes financieros destinados al raciocinio y otra muy distinta los mensajes políticos que se dirigen al corazón y las emociones.

Y que dadas sus cualidades morales e intelectuales resulta doloroso el escarnio al que está sometido. Así que de él y solamente de él depende intentar —aunque no lo dejen— el rescate de sí mismo.

P.D. El caos que viene: Con la aprobación del spot de los niños marioneta y sus titiriteros perversos, el INE ha abierto una gigantesca Caja de Pandora. Ahora cualquier particular disfrazado de asociación civil podrá influir en el proceso electoral mediante la producción de spots y compra de espacios en medios para su difusión. Desde luego esto no será parte del juego democrático, sino un privilegio de quienes tengan los millones para producirlos y difundirlos.

No importa si se los caricaturiza o se pronuncian o no abiertamente los nombres de los candidatos, todos tendrán una direccionalidad evidente. Se necesita ser muy estúpido para no entender que estarán jugando con fuego.

 

Periodista. [email protected]

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