Las cuentas amargas del tricolor

Raúl Rodríguez Cortés

Circuló en el PRI la semana pasada una encuesta interna que pudo ver quien esto escribe. Sus resultados son muy parecidos, casi idénticos, a la publicada ayer por El Financiero: AMLO sigue en ascenso y alcanzó 42%, Meade remontó el tercer lugar con 24%, Anaya descendió para ubicarse en 23% y Margarita Zavala (a quien el INE le ratificó ayer que será la única candidata independiente, salvo resolución en contra del tribunal electoral), se mantuvo en el 7% que trae desde el mes pasado.

Como todo es según el color del cristal con que se mira, los priístas prefirieron regocijarse un poco con el dato de que su candidato ya está en el segundo lugar de las preferencias electorales. Sería un grave error, sin embargo, que no ponderen que la diferencia de apenas un punto con el frentista Anaya los tiene, en los hechos, en un empate técnico; y garrafal si soslayan que el aspirante morenista ya remontó el umbral de 40% y su tendencia sigue al alza.
   
Es cierto que las campañas están por iniciar y que, conforme avancen, se acomodarán los melones. La pregunta hoy es si el tiempo y las estrategias serán suficientes y eficientes para alcanzar al aventajado Peje. Algunos lo ven muy cuesta arriba, pero otros le apuestan a la maquinaria de apoyo del gobierno y a la compra del voto con tarjetas Monex, rosas o las que sean, al fin que el TEPJF ya dijo que es válido usarlas.
   
Pero sumémonos a las cuentas que hacen estos días los priístas y que de ninguna manera pueden ser consideradas alegres, sino más bien amargas.
   
Según la “encuesta de encuestas” que el sitio Oraculus actualiza conforme se van conociendo los diversos ejercicios demoscópicos, Morena y su candidato traen 39.7% de las preferencias; PAN-PRD-MC, con Anaya, traen 27.6%; PRI-Verde-Panal, con Meade, 23.1%; y la independiente Zavala 5.3%.
   
De esos datos duros se infiere otro que, de confirmarse en la elección, no tendría precedente: el PRI sólo alcanzaría entre ocho y diez millones de votos, su más baja votación en la historia reciente.
   
De acuerdo con una investigación de Telus Inteligencia Geopolítica, citada por La Carpeta Púrpura, publicación de análisis quincenal que dirige Yuri Serbolov, el voto duro del PRI es, por primera vez en la historia, menor que el de la oposición. Ese voto duro tricolor es cuantificado en ocho millones 400 mil, mientras que el del Frente PAN-PRD-MC lo estiman en once millones 250 mil y el de Morena en doce millones.
   
Existe, por supuesto, el llamado voto blando, el que podría captarse con la maquinaria del sistema. Pero éste es estimado por Telus Inteligencia Geopolítica en tres millones 158 mil. Eso significa que, en el mejor de los escenarios, y de acuerdo con las preferencias de hoy, el PRI sumaría once millones 568 mil votos, cuando en la pasada elección presidencial obtuvo con Peña Nieto 19 millones 226 mil; en la de 2006, con Roberto Madrazo, nueve millones 301 mil 441; y en la de 2000, con Francisco Labastida Ochoa, 13 millones 579 mil 718.
   
Pero enfoquémonos en la más reciente, la de 2012, con los 19 millones 226 mil votos obtenidos con EPN para regresar al PRI a Los Pinos. Si hoy, con Meade, el umbral estimado es de once millones 568 mil votos, le estarían faltando siete millones 658 mil.

   
¿Cómo los obtendrían? Pues comprándolos. Se dice que el año pasado, en las elecciones del Estado de México, el gobierno se gastó en compra de votos 35 mil millones de pesos, y el candidato priísta apenas y pudo ganar. ¿Les alcanzaría para la presidencial?

En los hechos, y por desgracia, la posibilidad de que la gente venda su voto es alta por los niveles de pobreza en que se encuentra la gente: 10% sobrevive en la miseria, 30% vive en la pobreza y 40% son clases medias depauperadas.
   
De acuerdo con una investigación realizada por alumnos de la FES-Acatlán de la UNAM, dirigida por el profesor Jaime Pérez Dávila y publicada en el libro ¿Por qué vendo mi voto?, quienes más venden su sufragio pertenecen al segmento social “D”, que agrupa los deciles 2, 3 y 4, que representan 18% de la población. Hablamos de 16 millones de electores que sobreviven en la pobreza, con un ingreso mensual de dos mil 700 a siete mil pesos, no cuentan con educación formal (menos de secundaria) y a quienes se les ofrece por su voto entre 750 y mil 200 pesos o bien televisores, despensas, mochilas, playeras y empleo. Miles de millones de pesos.

El único antídoto contra esta práctica nefasta es una votación copiosa que marque una diferencia incontestable y que sea vigilada y defendida en las casillas mismas. Si la diferencia entre el ganador y el segundo lugar no supera el millón de votos, cabe la posibilidad de “operar” los resultados. Si es de más de tres millones, el fraude es imposible. Al menos eso fue lo que dijeron algunos “ingenieros electorales” priístas (vulgo mapaches) consultados por este reportero.

El panorama no deja mucho margen de maniobra. De acuerdo con resultados actualizados del estudio Massive Caller, el PRI no encabeza las preferencias electorales en ninguno de los nueve estados que renovarán gobernador. Está en tercer lugar en siete (Chiapas, CDMX, Guanajuato, Morelos, Puebla, Tabasco y Veracruz) y en segundo lugar en dos, Jalisco y Yucatán.

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