Milagro sobre la mesa

Guillermo Fadanelli

Iré a saltos, como en cualquier conversación de mesa. ¿Qué tenemos encima de nuestra mesa hoy? ¿Un queso cabrales, pan de horno y aceite de oliva, pato a la manzana, un buen vino albariño y una conversación al lado de alguien humilde e inteligente? No, eso está lejos de mi alcance. Es más barato y cómodo tender hacia el modo Bukowski y beber cualquier destilado, cerveza, y rogar a los dioses que la conversación sea amena y te lleve a creer que los humanos que nos rodean son capaces, todavía, de causar alguna clase de sorpresa y emoción con su presencia y charla. Y que no expliquen el mundo, rogaría, sino que ofrezcan la descripción, bosquejo o juicio acerca de lo que experimentan en su vida. Locke y Newton estarían de acuerdo en una dinámica semejante, ya que ambos no querían adentrarse en la naturaleza íntima de las cosas, sólo sopesar los hechos y las ideas que provienen de la experiencia. Newton lo exclamó así: “Yo digo que hay cosas como, por ejemplo, la gravedad y digo cómo se deben calcular sus efectos, pero no pretendo entrar en qué carajos se basa la explicación de todo ello”. ¿Ustedes creen que sería una conversación aburrida? No lo sé, depende de tantos asegunes (casi siempre será más lúcido, cortés y asombroso quedarse callado y dejar que las leyes de la atracción ejerzan su influjo). Y si hablamos de ética o asuntos cotidianos sobre moral también es posible —así lo ha creído Bernard Williams— que un exceso de reflexión destruya al conocimiento ético, puesto que es difícil que cualquier perspectiva ética sobreviva a una sobre dosis de reflexión. Y no hay que mentirnos, en ocasiones vomitamos reflexiones sobre el bien y el mal a tal velocidad que sobre la mesa no cabe ya ningún otro platillo. Y ya que planteo un escenario utópico déjenme exigir que a nuestra mesa no se acerque nadie cuya celebridad o fama lo convierta en un bulto a la espera de ser admirado, aplaudido, escuchado y sodomizado a través de preguntas sobre su persona u obra. Quién acepta la fama merece el ocaso; despierta la tristeza, la lástima y nos recuerda —como lo dibujaba Cioran— a un grano de arena preocupado por ser una escultura sobresaliente en la explanada de arena infinita que se extiende en la playa.

En algún momento del ágora yo sacaría a relucir la noticia de que, hace unos días en Coacalco, dos asaltantes mataron a una joven madre de tres niños dentro de una combi cuando volvía de su trabajo. Y agregaría que estas personas no deberían vivir, que yo mismo las acuchillaría o estrangularía con mis manos a no ser porque la sociedad misma que sufre la afrenta cotidiana me castigaría. En un ensayo sobre relativismo y valores humanos, Hilary Putnam escribió: “Algunas personas son moralmente inmerecedoras de derechos que no estaría bien retirarles. Moralmente hablando, determinados derechos tendrían que ganarse”. Al aire recojo esta opinión y yo me inclinaría por quitarles no sólo algunos derechos, sino sobre todo el derecho a vivir, puesto que su presencia pone en peligro la mía y la de personas que no acostumbramos matar. Tal oposición nos llevaría a la socorrida y aburrida discusión acerca de si existen derechos universales inviolables o si estos derechos son consecuencia de una particular cultura, perspectiva ética o circunstancia.

En México, el linchamiento público, tal como el proceso judicial y el castigo institucional están en manos diletantes y corruptas, sin compromisos sociales y tantas veces cómplices del estado de criminalidad que se vive en México y que no terminará puesto que no existen estrategias consecuentes, inteligentes o efectivas para amenguarlo. Debido a que la lectura de libros no es del agrado de la mayoría de los seres humanos que votan será difícil persuadirlos de ser más reflexivos y a comprender —como citó Amartya Sen en su Idea de la justicia— que la estupidez genera mala conducta, con funestas consecuencias para todos. Está por concluir mi afición por las mesas informales y la charla, unos meses más, pues ya he tenido demasiadas experiencias, extraordinarias unas, verdaderas patadas en las costillas otras. Uno tiene derecho a hacer planes incluso cuando el itinerario se encuentre terminando. Estos días santos que recién han pasado recuerdo, como lo hizo Mark Twain, que el rey Leopoldo II de Bélgica —uno de los monarcas más intensamente cristianos que ha habido— robó un reino entero de África (el Congo) y en 14 años redujo su población de 30 a 15 millones mediante el asesinato, el robo, la mutilación y la rapiña. A cambio les ofreció el cielo. Mi agnosticismo me lleva a respetar a todas las religiones, pero en cuanto un político cualquiera nos añade la religión a su habilidad pragmática y cambia los hechos buenos por milagros, yo le preguntaría, como hizo Mark Twain: “¿Por qué en vez de curar milagrosamente sólo a unos cuantos tullidos no los cura a todos?” Milagros o política inteligente. Ya no sé.

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