Para este momento los interesados ya lo saben: el coreano Bong Joon-ho ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes. La pregunta sobre si la merecía es fácil de responder: para mí es un claro “sí”. Sin embargo Parasite ( Gisaengchung , 2019), en mi opinión, no es la única película que podía haber ganado el premio mayor. Dolor y gloria (2019), un film de Almodóvar; Portrait of a Lady on Fire ( Portrait de la jeune fille en feu , 2019), de Céline Sciamma; Little Joe (2019), de Jessica Hausner, o Frankie (2019), de Ira Sachs, eran también buenas candidatas. Me cuentan —y lamento tener que admitir que no la vi— que It Must Be Heaven (2019), del palestino Elia Suleiman, era acaso la mejor contendiente.

Las razones para mi definitivo —y, ahora que lo reviso, diminuto— juicio se basan en la habilidad narrativa de Bong. La lucha de clases iniciada por un padre de familia obrera que infiltra una casa lujosa no es precisamente profunda, sin embargo la trama tiene un ritmo brillante que permite la ondulación de la farsa —repleta de originales chistes que van desde lo físico hasta lo político— al melodrama más hondo. No conviene revelar qué sucede en la película pero sí decir que Bong alcanza la habilidad para manipular que mostró en Memorias de un asesino ( Salinui chueok , 2003), otro filme, más que profundo, cautivador.

Ya en la anterior entrega había hablado de varias de las películas que bien pudieron haberse llevado la Palma. Faltaba Frankie , que me tomó por sorpresa. Ira Sachs no se caracteriza por ser un director muy preocupado por el estilo audiovisual. Más bien su cine tiende a ser una especie de teatro filmado, hecho de manera precisa pero económica, y escrito siempre con apego a la dramaturgia más clásica, por no decir convencional. En Frankie la cámara está más deliberadamente tiesa que nunca y nos obsequia —palabra cursi pero justa— un plano final nada menos que asombroso. El guión, que habla de una actriz moribunda que ansía reunirse con una gran amiga y atar cabos sueltos, va en contra de la voluntad de Frankie (Isabelle Huppert) al dejar todo irresuelto, como sucede en la vida. Por encima de todo: el elenco es formidable. Huppert, Marisa Tomei, Brendan Gleeson y Greg Kinnear añaden a sus filmografías unas interpretaciones clásicas.

La actuación de Willem Dafoe, en cambio, es quizá una de las pocas razones para ver la nueva película de Abel Ferrara, Tommaso (2019). Grotesco autorretrato de su incontrolable violencia, la película es al mismo tiempo una crítica y una redención para Ferrara, que pareciera poner en pantalla la vida con su joven esposa e hija, quienes se interpretan a sí mismas. A menudo se trata de un ejercicio autoindulgente, aunque el intenso desenlace deja algunas dudas. Uno de los aspectos más interesantes es la fotografía, que aunque demuestra el bajo presupuesto de la película, logra compensar la textura digital con expresivos movimientos y un colorido contrastante e intenso que captura el mundo interno del protagonista. Y el de su director.

En la sección Un certain regard me encontré con el mayor riesgo dentro de la selección oficial. Ya antes hablé de Liberté (2019), de Albert Serra —aún invicta como la mayor película del festival, a mi gusto—, y de Jeanne (2019), de Bruno Dumont. Para darle seguimiento al tema del hombre violento en crisis, vale la pena mencionar otra película de la sección que también resulta uno de los grandes momentos de la semana pasada: O que arde (2019), del gallego Oliver Laxe. En ella vemos cómo un hombre acusado de un incendio regresa a su pueblo para reconstruir su vida. El desarrollo es menos impresionante que el principio y el final —ambos momentos visionarios en los que la ambigüedad crea imágenes de pesadilla—, pero eso no quiere decir que sólo por ellos valga la pena ver la cinta. Laxe utiliza el clima y el color para sugerir una transformación justo antes de la desazón absoluta, y nos expresa, sobre todo, una pregunta que va más allá de la culpa y se interna a los misterios de la identidad.

Es momento de un intermedio humorístico. Si Albert Serra le dio a la delegación de millennials mexicanos en Cannes la memorable frase: “¡Ábreme las puertas del infierno!” —prefiero no contextualizarla para no restarle su gracia original—, Alejo Moguillansky nos dio algunos de los usos más musicales e hilarantes del acento argentino en Por el dinero (2019). En una escena del filme un compositor explica en tono de caricatura su pieza musical para un proyecto audiovisual y grita, ufano: “¡Más gloria que esta no vas a tener!”. En buena medida este momento captura el tono de una película que, al parodiar elementos de Godard —sobre todo la voz en off—, podría parecer inaccesible pero resulta tan encantadora como su trama sobre un grupo teatral que aspira a ganar un premio con una obra ridícula. Si bien se trata de un trabajo menor, su gracia lo compensa todo.

Deerskin

( Le daim , 2019), del absurdo Quentin Dupieux, es otro gran remedio para la seriedad. Protagonizada por Jean Dujardin y Adèle Haenel, la película cuenta las aventuras de una chaqueta que sueña con ser la única en el mundo y que decide controlar a un insulso hombre de mediana edad para llevar a cabo sus planes. La ridiculez de todo y el aumento imparable de su tono configuran una farsa casi magnífica, salvo por el hecho de que Dupieux no sabe cómo terminarla y simplemente la da un final que, aunque no desentona con sus chistes, anula toda posibilidad de sentido, si es que alguna vez hubo una, claro.

A momentos, el filipino Lav Diaz parece aspirar a un tono similar que el de Moguillansky, pero es sólo una fracción de todo lo que abarca en las cuatro horas con casi 40 minutos que dura The Halt ( Ang Hupa , 2019). Valiente golpe contra el gobierno fascistoide de Rodrigo Duterte, la película ridiculiza a un presidente filipino del futuro cuando lo muestra hablando con el fantasma de su madre o haciendo berrinches, pero a menudo también lo compadece. En 2034 el sudeste asiático se ha sumido en la penumbra debido a una serie de erupciones volcánicas, pero esto no es más que una metáfora de un país que, hoy, permite a la policía cazar traficantes y adictos y ejecutarlos de manera extrajudicial. Hay que añadir que Diaz logra algo magnífico en su filme: narrar con fluidez una serie de historias poco dramáticas que representan la desigualdad, la corrupción y el ánimo revolucionario que ya existen en Filipinas. Si bien el tono es desigual y la crítica un tanto superficial para la inmensa duración, The Halt es una aventura que al menos no exige más horas de nuestras vidas, como otras películas del gran autor filipino.

Y ahora una película muy esperada cuyo tono humorístico está también un poco apagado pero presente: Érase una vez en Hollywood ( Once Upon a Time in Hollywood , 2019), de Quentin Tarantino. Es difícil hablar de una trama porque no existe como tal en esta película, y es difícil revelar la poca que hay —no porque nos lo pidieran sino porque la fuerza del filme recae en las sorpresas—, pero puedo decir que buena parte del metraje sigue a un actor en declive y su doble, mientras en el fondo se aparece Sharon Tate. Y no sólo ella. La película es un paseo por el Hollywood de finales de los 60 y una declaración de amor al cine de explotación que formó a Tarantino. Los problemas vienen cuando evaluamos el sentido de Tate en la trama, que termina funcionando más como un artefacto que como un personaje. La violencia contra personajes femeninos se filma en el contexto del combate pero no parece una decisión sensata en medio de la revolución feminista. Ya habrá tiempo para discutirla más.

Llegando a la recta final, es importante hablar de los melodramas de Cannes. Un par de ellos son ejemplos no muy decorosos del género, ya sea porque se hunden en las convenciones o por la incapacidad de eludirlas.

No hay mucho que decir de Matthias & Maxime (2019), de Xavier Dolan, que no se haya dicho de sus demás películas: se puede hacer un excelente concurso alcohólico bebiendo cada vez que el personaje de Dolan haga algo virtuoso o cada vez que alguien grite. De nuevo su madre es malvada y de nuevo sus penas son inefables. Como ya lo decía: nada nuevo, ni siquiera la trama de amor imposible, aunque esta vez se centra en las dudas de un par de amigos que podrían ser algo más.

Rescatando su carrera del error grave que fue La chica desconocida ( La fille inconnue , 2016), pero no por mucho, los hermanos Dardenne nos dan una película interesante y un tanto fallida con Young Ahmed ( Le jeune Ahmed , 2019). Los estereotipos, un par de momentos intensamente didácticos y un desenlace inverosímil ensucian la historia de un adolescente musulmán que desea matar a su maestra. Lo interesante viene en el proceso de rehabilitación, que el protagonista constantemente niega, y en la aparición del erotismo, que lo busca en escenas tiernas y fascinantes. La renuencia de Ahmed no sólo le da volumen a su carácter sino que además plantea la oposición del fanatismo y la humanidad con una inteligencia típica de los Dardenne clásicos.

Debo confesar que The Traitor ( Il tradittore , 2019) me atraía sólo debido a mi inusual interés por el crimen organizado, y aunque Marco Bellocchio no logra —ni intenta— eludir las referencias a El padrino ( The Godfather , 1972), y hace algunas escenas que más bien parecen de teleserie latinoamericana, la película es una agradable sorpresa. Quizá la historia del famoso pentito Tommaso Buscetta alcance sus mejores momentos cuando recrea los juicios en los que encaró a sus antiguos socios y amigos. Un conocimiento de la guerra de los corleonesi contra el gobierno italiano ayuda mucho para comprender la trama pero el absurdo de los procedimientos y la desvergüenza de los mafiosi crean una autenticidad que envidiaría Scorsese. La actuación de Pierfrancesco Favino en el rol principal no es nada menos que memorable, con su masculinidad acomplejada y su fragilidad escondida.

Para finalizar, no sólo quiero escribir de dos de las películas que vi en los últimos días sino de experiencias espectrales que, a partir de un estilo formidable, logran una conmoción trascendental.

Dwelling in the Fuchun Mountains

( Chun Jiang Shui Nuan , 2019), de Gu Xiaogang, es la única película que vi en la Semana de la Crítica pero bien lo valió. Su tema — y su ritmo— es la vida misma, que fluye hacia el infinito cauce del mar. Una familia se deshace, se reforma y el tiempo los atraviesa. Para lograr esta impresión, Gu, un debutante, filma larguísimos planos que, sin llegar a la sofisticación técnica de los de Bi Gan, comunican la transitoriedad de la vida. En uno de ellos seguimos a un personaje mientras nada, sale del agua y da una caminata con su novia. No es más que un travel pero la ejecución logra transmitir mucho más que la imagen literal. La escena demuestra ser uno de los ejes vitales de los personajes y Gu se propone como uno de los talentos a seguir.

Ghost Tropic

(2019), del director belga Bas Devos, comparte mucho de la sensibilidad de Gu. El tiempo resulta esencial en la historia de una mujer que tarda una noche entera en regresar a casa del trabajo. En largos y lentos planos, Devos capta las intrusiones de luz y sombra pero no para hacer denuncias sino para celebrar vínculos. La protagonista, tiernamente interpretada por Saadia Bentaïeb, tiene una serie de encuentros que la integran a su mundo y que expresan la necesidad inmensa de comunicarnos. Palabra escrita en imágenes, la película pareciera decir algo grande y a la vez simple: serenidad. No necesitamos mucho más.

Twitter:@diazdelavega1

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