19 de septiembre 2017, 13:14 hrs

#HistoriasDelSismo

"Había escuchando la palabra solidaridad, pero vivirla en carne propia me hizo más fuerte de lo que jamás pensé que podría ser"

Miriam Garcia Valencia
 

Escribo esto para mí, para sanar. Y porque tal vez si alguien más lo lee sabrá que no está solo o sola y que alguien más ha pasado por esto. No me pasó nada, no estoy herida y tampoco perdí mi casa. Pero el trauma va más allá de eso y por eso quiero escribirlo.

Apenas había sido el simulacro y la nueva señora de seguridad tocó los timbres de todos los depas del edificio. Escuché cómo se enojaba la vecina que siempre se queja de todo y yo sólo me asomé por el balcón. En el CUM se escuchaba a lo lejos cómo voceaban algo inaudible y regresé a hacer maletas. Todo el cuarto era un relajo, lleno de ropa, zapatos, maletas, la cama deshecha y bonchecitos de ropa por todos lados. Estaba en mi cama dándome un break, tomándole fotos a Lola, mi perrita, dejándola deshacer los bonches de ropa. Fredrik, mi novio, había bajado a hacer sándwiches pero la señora que va a hacer el aseo (Pau) estaba en la cocina y escuché como Fredrik decía “should we order something?” mientras subía las escaleras.

Entonces empecé a sentir el movimiento. Sólo recuerdo gritar “Get out! There is an earthquake!” Y agarré a Lola tan fuerte como pude. Para ser honesta tengo un blackout, así como el de una noche de borrachera en la que no te acuerdas cómo llegaste a tu casa, sólo que esta vez fue de no acordarme cómo salí de mi casa. Recuerdo ver una camioneta moviéndose tan agresivamente que pensé que iba a chocar o atropellarnos y después otro black out. Me desmayé. Al siguiente segundo estaba en la banqueta de la casa de enfrente con Pau y Fredrik sosteniéndome y diciéndome que soltara a Lola (nunca la solté).

Se escuchaba el megáfono del CUM con una voz aterrada intentando mantener la calma y gritos de niños. La gente empezó a correr en la calle.

Entre lágrimas y baba le pedí a Pau que contactara a mi mamá. No tenía idea en que hospital estaba trabajando. Pau solo recibió un mensaje de que estaba bien y perdió señal. Se fue la luz. Alguien me dio una tortilla al mismo tiempo que alguien intentó quitármela porque “es un mito que el pan te quite el susto”.

Van a decir que qué dramática pero me dan ataques de pánico en todos los temblores porque en cuarto de primaria me quedé encerrada en un cuarto piso porque no sabía dónde estaban las llaves. De ahí, cada temblor es memorable de una manera cómica para mi mamá. Pero nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Y presumo a mi psique que se “protege” y que hizo esos blackouts. Funcionales para mi, aterradores para la gente a mi alrededor.

Pasaron como diez minutos y decidimos ir por la correa de Lola. En mi histeria le dije a Fredrik que teníamos que ir a comprar el garrafón de agua al Oxxo a una cuadra de mi casa. Al salir a Gabriel Mancera parecía escena de terror: la gente corría por todos lados, pidiendo ride, caminando rápido. Vi a una familia de seis personas con una bolsa de pan caminando despacito también y me dieron ganas de googlear si sí es cierto lo de pan y el susto. Pero no tenía señal.

El Oxxo estaba cerrado con el cajero y su uniforme rojo con amarillo sentado donde están los hot dogs haciendo seña de no. El teléfono de monedas de enfrente del Oxxo que regularmente nadie usa, tenía una fila como de diez personas. Le pregunté a los del restaurante de mariscos de la esquina si sabían algo y sólo contestaron que no había metro pero que tal vez había metrobús.

Y de repente volteé a donde todos corrían y se veía polvo. Con lágrimas en los ojos solo volteé a decirle a Fredrik que seguramente un edificio se había caído ahí. No tenía ni idea.

Regresamos a mi casa y del miedo no podíamos estar adentro. Le dije a Pau que se podía ir si quería pero que no había metro, que si quería la llevaba a algún lado pero se negó y dijo que iba a acabar de limpiar. Después me di cuenta que no había luz y la reja del garage no se podía abrir, entonces realmente no podía llevarla a ningún lado.

No sabíamos nada, no teníamos señal en los teléfonos ni luz en la casa, sólo sabíamos que nos estábamos quedando sin agua. Decidí que la mejor opción era subirme al coche que estaba en la sótano a escuchar las noticias. Fredrik me mando a volar y dijo que no iba a ir al sótano e intentaba como loco llamarle a su familia, pero no teníamos señal. Empecé a llorar. Mencionaban edificios caídos, una escuela.

Cuando salí a buscarlo vi que mi mamá iba llegando, todavía con pijama quirúrgica. Me abrazó y me regañó por no contestar el teléfono que seguía sin señal. Nos quedamos en el coche escuchando las noticias e intentando de todos los teléfonos hablarle a los papás de Fredrik para avisarles que estaba bien. Por dos segundos llegó señal a mi teléfono y tenía mensajes de amigos en el extranjero preguntándome si estaba bien. Qué impresión la rapidez de las noticias en el mundo, fue lo único que pude pensar.

De repente llegó gente corriendo pidiendo cubetas y cuerdas. Ya llevaba un rato diciéndole a mi mamá que quería ir a ayudar, me dijo bueno, ve a buscar las cuerdas.

Con dos cubetas y un montón de cuerda nos fuimos a una cuadra del depa a la dirección contraria del Oxxo pasando Division del Norte que no tenía semáforos funcionando. Ya había gente y nos unimos a una cadena humana de cubetas de escombro. Mi mamá se iba a unir y yo solo le grite “vete a la ambulancia” y la perdí de vista. Fredrik tenía las cubetas y alguien le estaba hablando mientras yo gritaba en spanglish que se las diera. Era un desmadre.

Entre una organización que parecía caos, la gente estaba ayudando. Llegaba gente gritando "¡agua, agua!", ofreciendo bolsitas. Fredrik estaba en una fila cargando escombro y yo recogiendo cubetas vacías. Después de tener un bonche de la mitad de mi tamaño las lleve al frente y no lo podía creer. La verdad es que mentiría si les digo que hacía mi actividad lo más rápido posible porque el caos era impresionante y porque seguramente me daba el congelamiento de ver una estructura tan potente como un edificio simplemente derrumbado al lado de un verificentro.

No sólo eran cubetas, eran botes de basura grandes, carretas, carritos del súper de Soriana, algo que parecía un contenedor de pet con rueditas. El esfuerzo era titánico y todos intentaban hacer algo. Se veía un hueco donde entraba la línea de personas a la estructura y de repente sólo gritaban “¡doctor!” y dejaban pasar a alguien. Nunca vi a mi mamá.

De repente vi a alguien parado viendo el edificio y dos segundos después alguien le dijo que se moviera. El señor volteó y vio a la cara a la persona que rompió su momento y se deshizo en lágrimas. “Mis dos niños estaban adentro” y un grito desgarrador. Me fui al final de la fila a recolectar más cubetas.

Una muchacha como de mi edad me decía que una fila era de cubetas vacías y las otras de cubetas llenas pero era un desmadre y yo seguía haciendo mi labor de recoge-cubetas. También me metía a la fila cuando había un bloque de concreto que rompía con la armonía del ir y venir de las cubetas llenas de escombro. No sé cuánto tiempo estuve haciendo eso pero de repente la línea de cubetas vacías empezó a funcionar.

Luego alguien me dijo que ayudará a repartir agua. Fue la cosa más inútil que he hecho en mi vida porque con solo dos manos podía agarrar ¿qué les gusta? ¿Cinco vasos de agua? Y nadie quería. Regresé el agua al contenedor que traía la mujer y sus vasos y me puse a recoger escombro que hacía que la gente se tropezara.

Había gente que llegaba y decía que cuidaba mochilas. Otros que repartían dulces, cubrebocas y mucha, mucha agua. El sentimiento de solidaridad era impresionante y jamás, ni un segundo, sentí que algún hombre me decía que no podía por ser mujer.

Debo recalcar que soy el tipo de ser humano que sino desayuna y sale de casa sin comer se desmaya. Me ha pasado varias veces en la fila del banco y en los elevadores. Pero ese día sólo me había tomado un yogurth y me sentía más fuerte que nunca. Ya que estaba organizada la fila de cubetas vacías podía formar parte de la de cubetas llenas y acomodaba el escombro a la orilla de la calle “¡sin bloquear entradas!”

No sé cuánto tiempo estuvimos ahí cuando llegó alguien y dijo “hasta aquí, los demás váyanse al otro edificio.”

¡¿Qué?!

La verdad, la mujer dio las direcciones más confusas de la vida “izquierda, izquierda, derecha, derecha” pero no tuvimos que caminar mucho para encontrar el otro edificio solamente dando una vuelta a la izquierda. Nos detuvimos tantito antes de llegar porque después de horas ya había señal y Fredrik se acordó que su mamá había perdido su teléfono (o sea, nunca nos iba a contestar) y su papá colgaba. Terminamos llamándole a su hermana pero la señal se perdía.

Llegamos a la calle de Escocia enfrente del Soriana ¿era una cerrada?. La calle era tan angosta que el caos era indescriptible. Las banquetas estaban llenas de filas de civiles sacando escombro, alguien había improvisado una mesa con agua pero era tanta que estorbaba.

Afuera en la esquina había un camión que se estaba llenando de escombros, pero en la desesperación por hacer todo más rápido, la gente vaciaba las cubetas en el piso. También ví como alguien con un mazo rompía un pedacito de banqueta para que entraran más fácil las grúas. Ví como sacaron fácil cuatro coches, unos más destrozados que otros.

En el montón de escombros afuera del camión nos pusimos a llenar cubetas para subir al camión de escombros. Hicimos una cadena como de cuatro personas pero nadie aguantaba y el montón se hacía cada vez más grande.

Llego un policía de repente y me dijo que ayudara a llevar a las personas de “servicios urbanos” hasta enfrente. Estas personas son las que recogen basura, con su uniforme naranja chillón y algunos con escobas, palas y sus sombreritos. Estaban más confundidas que los propios civiles y fue imposible llevarlos hasta enfrente.

No, no era una cerrada, el edificio desplomado había cerrado la calle. Escuche a alguien decir que era de diez pisos. No tengo palabras para describir cómo se ve un edificio de diez pisos desmoronado.

Como pude les dije a los de servicios urbanos que se uniera a las filas y salían y entraban grúas, camioncitos esos de paletas y gente cargando desde columnas de cemento, colchones y tambores de cumbia. Pedazos de metal en forma de micrófonos, lámparas y demás.

Creo que lo más impresionante era ver fotografías. Cómo ese pedacito de memoria impresa estaba entre polvo y pedazos de lo que fue un hogar. Vi tareas de matemáticas, cuadernos, libros de colorear, impresoras, ropa, pedazos de cama. ¿Y las personas? Aplaudimos una vez con lágrimas en los ojos, después de guardar silencio y levantar las manos más de diez veces. Hicimos espacio para la ambulancia y fue hermoso sentir esa punzada de esperanza. De vida.

No sé cómo alguien supo que sobre Eugenia había un lote baldío. Entonces la cadena humana creció hasta ahí y como pudimos organizamos que se empezará a llenar al fondo.

Al lado una chica quería platicar conmigo y yo de verdad no podía. Me preguntó dónde vivía y si sabía si había gente adentro. De vez en cuando se ponía a revisar su celular y tenía que saltármela para pasarle cubetas al chavo de al lado de ella. La odié poquito.

El señor del otro lado estaba en un montón de escombros y me ayudaba cuando veía que estaba muy pesado para mi. Escuchamos aplausos y vimos desde el fondo del terreno que la marina y el ejército habían llegado.

Tenía una botellita de agua atorada al pantalón y la compartía con Fredrik que estaba en la otra fila. Logramos mover todo el escombro que ya estaba en el terreno a un solo lugar para que el camión entrara más rápido y más fácil. Las cubetas ya no llegaban y de repente llegaban personas preguntando por cubetas vacías pero no llegaban ni llenas.

En el terreno había una casa de campaña con una cocina improvisada afuera que seguramente era del velador del lugar que seguramente fue el que abrió el terreno.

Cada que entraba el camión se levantaba la nube de polvo y era imposible ver. El ardor de los ojos era insoportable. Fredrik me dijo que necesitaba descansar y fuimos atrás de las ambulancias. Vi como los paramédicos tenían unas lonas de colores en el piso para clasificar a los heridos.

Al lado de las ambulancias gente había improvisado una estación de agua y comida. Partían sandías en pedazos con una navaja de esas pequeñitas y llenaban bolsas de plástico de agua para colocarlas en una bolsa de basura negra extendida y entre dos personas la llevaban a la fila de las personas cargando cubetas.

Antes de llegar a la banqueta, en medio de la calle, me tuve que sentar. En menos de medio minuto llegaron dos personas a preguntarme si todo bien y a darme agua. Siendo una experta en los desmayos a lo largo de mi vida me impresionó porque jamás alguien había estado tan atento del prójimo. La verdad es que la espalda me estaba matando y tenía que sentarme tantito.

Le dije a Fredrik que se quedara en las escaleras de salida de emergencia del Soriana a descansar. Tenía que seguir ayudando. Me regresé y ví gente nueva, de compañías de seguro en traje, arremangándose y uniéndose a la cadena.

Escuché como decían que el ejército y la marina estaban sacando a los civiles. Regresaba de vez en cuando a donde estaba Fredrik y seguramente el cansancio se me veía por fuera aunque por dentro me sintiera tan fuerte. Fredrik me abrazó y me dijo "ya hay mucha gente, es mejor si nos vamos". Y tosiendo dije que sí.

Tuvimos que regresar dos calles más porque estaba atascado. Ya había un camión de bomberos, camiones de cascajo, ambulancias, camiones del ejército.

En una esquina ví a alguien en el piso abrazando a una persona llorando. Después leí en internet que había ido a la tintorería y cuando regresó el edificio estaba destruído.

Caminábamos en las calles aledañas entre el tráfico a vuelta de rueda pero los coches no tocaban el claxon. Sabían lo que había pasado. En Gabriel Mancera vi a una mujer como de mi edad, deshaciéndose en gritos y lágrimas por su mamá que estaba en el edificio.

En el cruce con División del Norte había personas, civiles deteniendo el tráfico para los peatones y para agilizar el movimiento de los autos. Escuché un “no se vayan sin mi” y era mi mamá. Su pijama quirúrgica color azul estaba llena de sangre. La abracé y me dijo “ugh, tienes que bañarte” cuando llegamos al depa entendí porqué. Estaba llena de polvo. Mi cara, mi cabello y toda mi ropa.

Fredrik se rifó con unos sandwichitos y mi mamá y yo nos quedamos en el coche escuchando el radio. No teníamos ni agua ni luz. Ya empezaban a pedir lámparas y pilas en los edificios derrumbados.

Cuando llegó la luz nos metimos a ver las noticias y era aún más impactante. Docenas de edificios colapsados, entre ellos, la escuela. Fredrik se metió a bañar cuando llegó la luz y ya luego mi mamá y yo.

Me acordé que tenía que ir a la farmacia y mi mamá sugirió irnos caminando. Ante mi negativa porque estaba muy lejos dijo "bueno vamos los tres". No sabíamos lo que esperaba.

El tráfico estaba a vuelta de rueda y la farmacia a la que queríamos ir, cerrada. Por Obrero Mundial, donde estaba la farmacia, también se había caído otro edificio.

Las calles estaban totalmente oscuras y se podía identificar a la gente por la lucecita del celular. Llegamos a una farmacia y fue impresionante platicar tantito con la gente que estaba formada. Dos grupos de personas iban a comprar víveres y ayuda, otros dos iban a comprar productos de necesidades básicas porque no podían regresar a sus hogares.

Un chavo dijo que el edificio de enfrente de la farmacia había sido desalojado pero que varias personas no se quisieron ir. Días después ví fotos en las noticias de cómo se estaba desmoronando.

Luego llegó un extranjero, como colombiano, con una lista escrita en un cubrebocas. Traía un bonche de billetes de muchas denominaciones y pidió permiso para meterse en la fila porque iba por cosas para “el edificio que se cayó allá”. Creo que en la misma zona había como cinco. Gente de la fila le dio más dinero.

Cuando regresamos al depa teníamos que terminar maletas. Teníamos que estar en el aeropuerto a las tres. Obviamente dije varias veces que no me quería ir y mi mamá siempre contestaba “estás loca, ya váyanse”.

Viendo las noticias mi mamá me contó como en el hospital donde estaba se cayeron las escaleras y en el quirófano todos se fueron menos ella y la paciente. Me dijo “si se caía el hospital, hubiéramos sobrevivido pero no nos hubieran encontrado porque estábamos en la planta baja.” Luego me contó cómo ayudó a sacar a dos personas bajo los escombros y cada que salían las listas de heridos en los hospitales en la tele mi mamá ponía mucha atención. Nunca vió los nombres de sus pacientes.

No dormimos nada y en el aeropuerto despidiéndome de mi mamá fue la primera vez que en verdad lloré y ya no pude parar. Fue el peor vuelo de mi vida. Con una escala en Miami donde compramos hamburguesas y las tiramos casi enteras. Y ahí estaba yo, 24 horas después de estar en medio de un desastre natural en un vuelo a Noruega.

Tanto Fredrik como yo seguíamos mareados y después leí que es el subconsciente haciéndote creer que está temblando para estar listo para huir.

Cuando ví a la mamá de Fredrik volví a llorar hasta ahogarme. Y la culpabilidad de dejar a mi mamá, a mi país, a mi colonia, era insoportable. No podía dejar de pensar que los edificios se cayeron al azar y que el mío también se pudo haber caído.

La siguiente semana fue mi peor semana. No paraba de llorar diciendo que quería regresar. Nada más abría redes sociales y empezaba a llorar otra vez. No dormía, no comía.

Como psicóloga me sentía inútil. Sabía que tenía PTSD y no podía ni controlarme. Me consolaban los mensajitos de mis amigos diciéndome “hay mucha ayuda” y mi compañero fiel que me abrazó sin preguntar y me dejó llorar todo lo que quise.

Sé que no perdí a ningún familiar, ni mi casa y que estoy bien. Pero vivir algo así fue impactante y es importante identificar los síntomas.

México se va a levantar, como todos lo hemos hecho alguna vez. Y ojalá después de levantarnos no nos dejemos ir, porque había escuchando la palabra solidaridad, pero vivirla en carne propia me hizo más fuerte de lo que jamás pensé que podría ser.

Guardando favorito...

Comentarios