Un nuevo estudio redescubrió la existencia de “ ”, identificadas por primera vez en y olvidadas por casi 140 años, que se alojan en los tejidos de algunas de las y que las han provisto de la capacidad necesaria para evolucionar y sobrevivir al .

Actualmente, han obtenido un lugar dentro de la clasificación de .

En el siglo de las conquistas científicas, un gran número de investigadores se dedicó al estudio de estas células, distinguidas dentro de los tejidos de animales marinos templados que viajan a través de las aguas en busca de recursos de supervivencia, como las medusas , los corales y las anémonas de mar .

Los estudiosos quedaron perplejos ante la presencia de estos compuestos, pues en aquella época la aún desarrollaba sus primeras metodologías. Fue así que comprender si estas células formaban parte del animal o de organismos separados, así como si los beneficiaban o perjudicaban, se convirtió en un reto.

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Sir Patrick Geddes

, de la Universidad de Edimburgo , fue el primero en reconocer que estas células no sólo eran entidades distintas, sino que también favorecían a los animales donde se hospedaban.

En una publicación de “Nature”, fechada en 1882, el biólogo escocés asignó a las células amarillas a un nuevo género, denominado como “ Philozoon ”. Está palabra deriva del griego; “phileo” significa “amar como un amigo”, y “zoon” hace alusión a la palabra animal.

“Geddes fue quien reconoció de manera inequívoca el significado total de la evidencia que tenía ante él”, declaró Todd LaJeunesse, profesor de biología de Penn State , y líder del trabajo que resucitó a las células amarillas.

Sin embargo, no tardó mucho para que Geddes abandonara la biología y se convirtiera en un pionero de planificación y diseño urbano. Poco después, el género Philozoon fue olvidado y empolvado por más de un siglo.

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En la actualidad, un equipo de científicos internacionales se interesaron en desenterrar las premisas de Geddes y desentrañar las bondades de estas algas fotosintéticas, pertenecientes a la familia de organismos unicelulares “Symbiodiniaceae”.

El nuevo estudio, divulgado en “European Journal of Phycology”, caracterizó a fondo a este género y halló seis nuevas especies relacionadas. Para lograr su objetivo, los expertos usaron tecnologías de última innovación genética.

Los resultados confirmaron que las células amarillas son simbiontes de microalgas que existen dentro de los tejidos del animal, transformándolo es una especie fotosintética.

"Al enmendar y revivir el género Philozoon, estamos honrando el trabajo de este historiador natural", insistió el investigador.

Para alcanzar dichas conclusiones, los especialistas recurrieron a datos e información sobre las características externas físicas y morfológicas, rasgos ecológicos, así como de la distribución geográfica del género Philozoon.

El equipo de investigadores obtuvo muestras de animales como corales blandos y pedregosos, medusas y anémonas de mar, ubicadas en distintas partes del mundo, incluidas especies italianas, región donde Geddes realizó la investigación original.

"Debido a que nuestro equipo está compuesto por científicos de siete países, pudimos recolectar todas estas muestras, y algunas durante la pandemia mundial", expresó LaJeunesse.

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"Este estudio destaca cómo el espíritu del descubrimiento científico une a las personas, incluso en tiempos de dificultad", destacó el académico haciendo referencia a la pandemia del .

Para LaJeunesse el hecho que estas algas existan en animales desde el hasta y es una prueba de cuán extendidas están estas simbiosis en la .

"Se ha pensado que la mayoría de las algas de la familia Symbiodiniaceae son en su mayoría tropicales, donde son críticas para la formación de arrecifes de coral, encontrar y describir estas nuevas especies en aguas frías destaca la capacidad de estas simbiosis para evolucionar y vivir bajo una amplia gama de condiciones ambientales. La vida encuentra la manera de persistir y proliferar", puntualizó.

El equipo documentó que en sus extremos latitudinales más al norte y al sur, Philozoon experimenta temperaturas del agua que pueden alcanzar mínimos invernales de casi 40 grados F y máximos de verano cercanos a 90 F.

Esta adaptación -consideraron- a un rango tan diverso de temperaturas podría protegerlos a ellos y a los animales de los efectos del cambio climático y a tolerar futuros aumentos del dióxido de carbono atmosférico.

mlc

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