Por Juan Carlos Herrera

Durante décadas, el inversionista mexicano ha caminado solo, armado con consejos de un amigo, un dato escuchado en la sobremesa o el impulso de una tendencia viral en redes sociales. Millones de personas en México toman decisiones financieras que afectan su patrimonio, su retiro y el futuro de sus familias sin la guía de un profesional. Ya es hora de que eso cambie.

La paradoja del acceso

Vivimos una era de democratización financiera sin precedentes. Hoy, cualquier persona con un celular puede abrir una cuenta de inversión en minutos, comprar fracciones de acciones, adquirir criptomonedas o invertir en bienes raíces tokenizados. Las barreras de entrada prácticamente han desaparecido.

Pero aquí está la paradoja: más acceso no significa mejores decisiones. De hecho, la facilidad con la que ahora podemos invertir ha creado una ilusión peligrosa. La idea de que informarse es lo mismo que asesorarse. Y no lo es.

Leer artículos, seguir influencers financieros y ver tutoriales en YouTube son actividades valiosas. Nadie lo niega. Pero confundir educación financiera general con un plan personalizado de inversión es como confundir leer sobre medicina con ir al doctor. El autodiagnóstico financiero puede salir muy, muy caro.

El costo invisible de invertir sin asesoría

¿Cuánto cuesta no tener un asesor? La respuesta, por lo general, no se mide en una sola mala decisión, se mide en la acumulación silenciosa de errores a lo largo del tiempo.

Por ejemplo: Portafolios mal diversificados que concentran todo el riesgo en un solo tipo de activo; decisiones emocionales, como vender en pánico cuando el mercado cae o comprar por euforia cuando sube; ineficiencias fiscales que erosionan los rendimientos año tras año sin que nadie se dé cuenta; objetivos financieros vagos que nunca se traducen en una estrategia concreta. Y quizás lo más costoso de todo: el tiempo perdido, que es el recurso más valioso que tiene cualquier inversionista.

Estudios internacionales han estimado que un buen asesor financiero puede agregar entre 1.5% y 3% de rendimiento anual neto al patrimonio de un cliente. Y lo interesante es que no necesariamente lo logra eligiendo mejores activos, sino evitando los errores conductuales y estructurales que el inversionista solitario comete una y otra vez.

Entonces, ¿Por qué México no tiene cultura de asesoría? Las razones son múltiples y están profundamente arraigadas. Vale la pena hablar de ellas con honestidad.

La primera es la desconfianza histórica. Generaciones de mexicanos crecieron con historias de bancos que quebraron, devaluaciones que arrasaron ahorros de toda una vida y esquemas fraudulentos que prometían rendimientos imposibles. Con ese contexto, es completamente comprensible que la palabra “asesor financiero” genere escepticismo antes que confianza.

La segunda es la percepción de exclusividad. Durante mucho tiempo, la asesoría financiera fue un servicio reservado para los muy ricos. Si no tenías millones, nadie se sentaba contigo a hablar de tu dinero. Esa percepción persiste en la mente de muchos, aunque la realidad ya está empezando a cambiar.

También existe una confusión muy real entre venta y asesoría. Muchas personas en México han tenido experiencias con “asesores” que en realidad eran vendedores de productos financieros disfrazados. Esa experiencia deja un sabor amargo y refuerza la idea de que es mejor hacer las cosas por cuenta propia.

Y finalmente, está la cultura del “yo puedo solo”. Hay un componente cultural innegable. En México valoramos la autosuficiencia, la capacidad de resolver problemas con ingenio propio. Pedir ayuda profesional con el dinero se percibe, para algunos, como una señal de debilidad o de ignorancia. Aunque en realidad es todo lo contrario.

El cambio que se necesita

Construir una cultura de asesoría en México no es solo tarea de las instituciones financieras o los reguladores. Es un cambio de mentalidad colectivo que requiere varios elementos trabajando en conjunto.

Para empezar, necesitamos redefinir qué es un asesor financiero. No es alguien que te dice qué comprar. Es alguien que te ayuda a entender qué quieres lograr, diseña un camino para llegar ahí y te acompaña para que no te desvíes cuando las emociones o las circunstancias complican el trayecto. Es, en pocas palabras, un socio de largo plazo.

También la industria tiene que democratizar genuinamente el servicio. La tecnología lo permite y ya no hay excusa. Modelos híbridos que combinan herramientas digitales con acompañamiento humano pueden llevar asesoría de calidad a segmentos que antes estaban completamente desatendidos. La asesoría no debería ser un lujo, debería ser un derecho de todo inversionista.

Luego está el tema de la transparencia y aquí hay que ser radicales. El inversionista mexicano necesita saber exactamente cómo se le cobra, qué conflictos de interés existen y cómo se alinean los incentivos de su asesor con sus propios objetivos. Sin transparencia, no hay confianza, y sin confianza no hay relación de asesoría que funcione. Así de simple.

Finalmente, como inversionistas y como sociedad, debemos normalizar la conversación sobre el dinero. Hablar abiertamente de finanzas personales, de errores cometidos, de lecciones aprendidas y de la ayuda que hemos recibido. Mientras el dinero siga siendo un tabú en la mesa, la asesoría seguirá pareciendo innecesaria.

La inversión solitaria tiene fecha de vencimiento

El mundo financiero se vuelve más complejo cada día. Nuevos instrumentos, nuevas regulaciones, mercados globales interconectados, volatilidad que ya parece parte del paisaje. Pretender navegar todo esto en soledad no es valentía, es un riesgo innecesario.

Los países con mayor madurez financiera no llegaron ahí solo con más productos o mejores plataformas. Llegaron construyendo ecosistemas donde la asesoría profesional es parte natural del proceso de invertir. Tan normal como consultar a un médico cuando algo duele o a un abogado cuando se firma un contrato.

México tiene todo para dar ese salto. Una población joven y cada vez más interesada en sus finanzas, un ecosistema fintech en crecimiento acelerado, una generación de profesionales financieros comprometidos con hacer las cosas de manera diferente. Las piezas están ahí.

Lo que falta es que dejemos de romantizar al inversionista solitario y empecemos a valorar al inversionista bien acompañado. Porque, al final, la mejor inversión que puedes hacer no es elegir el activo perfecto. Es elegir a la persona correcta para que te ayude a tomar mejores decisiones, de forma consistente, a lo largo del tiempo.

El fin de la inversión solitaria no es una amenaza, es una oportunidad y México está listo para tomarla.

Chief of Advisory and Investment Solutions en GBM

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