En 2026, México no solo será evaluado por la calidad de sus estadios o la fluidez de su logística. También por su capacidad para sostener una operación digital bajo presión extrema, ya que no será un torneo cualquiera. Con 104 partidos, 48 selecciones y más de siete millones de aficionados esperados en los estadios, el Mundial tendrá un alcance global estimado de seis mil millones de personas.
Es por esto que la conversación pública no debe quedarse o centrarse en la obra física. Hay una capa que se discute poco y que importa tanto como el concreto: la continuidad de las redes que sostienen pagos, movilidad, coordinación operativa y experiencia digital en tiempo real.
El punto de partida no es una demanda marginal. En México, 83.1% de la población de seis años en adelante ya usa internet. El IFT reportó que solo en el tercer trimestre de 2024 el consumo de datos móviles fue de 2,278 petabytes, 3.4% más que el año anterior. Entonces, el Mundial llegará a una infraestructura que ya opera con demanda estructuralmente alta y en crecimiento constante.
A eso se suma un cambio de patrón que agrava el diagnóstico. La presión sobre la red ya no depende sólo de cuántas personas se conectan, sino de cómo lo hacen. El consumo promedio mensual por smartphone activo llegó a 21 GB globalmente en 2025. Y en ubicaciones urbanas densas, la demanda puede ser hasta mil veces mayor que en zonas rurales. El evento no tensionará la red de forma homogénea: concentrará la presión en puntos muy específicos como estadios, aeropuertos, corredores de movilidad, hoteles y zonas de convivencia masiva
La evidencia internacional nos ayuda a dimensionar el problema. Por ejemplo, en el Super Bowl de 2025, Verizon reportó 93.5 terabytes consumidos en Nueva Orleans en un solo día, 38.1 de ellos generados dentro y alrededor del estadio. Un evento de pocas horas puede producir cargas extraordinarias en puntos muy concretos. Multiplicar eso por semanas, ciudades y partidos simultáneos es el escenario real que enfrenta el país.
La conversación seria empieza con la palabra continuidad. Y la continuidad no se improvisa, sino que exige una capacidad adicional, pero sobre todo exige operación preparada para lo que no estaba en el guión. París 2024 nos ofrece un referente: Orange desplegó redes 5G privadas en sitios clave y habilitó streaming desde más de cien cámaras HD. Los megaeventos no solo exigen ancho de banda, también exigen toda una orquestación.
La otra mitad del problema es la ciberseguridad, que suele tratarse como apéndice técnico cuando debería ser eje de cualquier estrategia de preparación. Cloudflare reportó que en 2025 mitigó 47.1 millones de ataques DDoS, más del doble que el año anterior. El Foro Económico Mundial advierte que 64% de las organizaciones ya incorpora ataques con motivación geopolítica en su estrategia de mitigación.
Un Mundial es, entre otras cosas, la concentración digital más grande que el país habrá enfrentado y la medida correcta de preparación debe ser la capacidad de mantener viva la operación cuando la presión sube, y la seguridad de que, si algo falla, el impacto sea el menor posible en tiempo y alcance. Eso distingue a una red grande de una red madura.
México todavía está a tiempo de orientar esa conversación hacia donde corresponde, no hacia lo que la infraestructura puede presumir en condiciones normales, sino hacia lo que puede sostener cuando más importa.
Porque en un evento de esta magnitud, el país no se mide solo por lo que inaugura.
También se mide por lo que lo logra sostener.
Director de Ingeniería y Operaciones en Axtel
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