Mirada Universal

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Los últimos diálogos en la Ciudadela

Contra lo que la crítica luchó todo este tiempo no fue contra el progreso artístico (si se puede hablar de ello) que se da en el centro, sino en contra del conservadurismo (subjetivo, pero con límites) que ostentaron como falsa bandera para atraer público: la fotografía
10/03/2017
06:43
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  Por Manuel Bayo*

    En 1874 abrió al público una exposición que cambiaría el curso de la historia del arte: primera exposición de la sociedad anónima de artistas pintores. Probablemente el nombre les resulte poco familiar, y es que la historia se encargó de rebautizarla con un apelativo: primera exposición impresionista.

   Mucho se habló de este hecho en aquellos tiempos. Los críticos se debatían entre si era arte o no, y los del bando de la negativa descalificaban a Monet, Manet, Renoir y Morisot llamándolos no-artistas. Creo que todos acordaremos si afirmo que la crítica estaba equivocada. Ahora, ¿cómo se relaciona esto con la XVII Bienal de Fotografía? Pues de la siguiente manera: 

   Tras las presentaciones de costumbre y las intervenciones de los artistas (nótese la palabra que uso para referirme a ellos), durante la sesión de preguntas y respuestas, Ricardo Cárdenas dijo, ahora desde la parte trasera del auditorio y como público, algo que me preocupo increíblemente: “La crítica descalifica a los participantes y dice que no somos artistas”. No sé si soy paranoico, pero sentí una miradita acusadora de Irving Domínguez.

   Me gustaría aclarar algo: yo no soy Louis Leroy (crítico de los impresionistas y el que nombro por accidente el movimiento) y, por esto, no descalifico; yo creo firmemente que en la Bienal hay arte, que la Bienal está organizada por artistas y que, tal vez, hasta se ha convertido en una gran pieza de performance colectivo. Lo que yo crítico, y lo que intuyo que la mayoría de los contrarios a la posición del Centro de la Imagen argumentan es que lo que está expuesto en este certamen no es fotografía, no que no es arte. También, y valiéndome de lo que dijo Xavier Aguirre sobre estar en una posición superior (en cuanto a posibilidades) al ser publicado en un medio masivo, me gustaría declarar mi simpatía total y absoluta por Irving Domínguez, Amanda de la Garza, ambos curadores, e Itala Schmelz, directora del Centro.

   Explico todo esto porque esta afirmación se repitió durante toda la charla. “La crítica nos descalifica”. ¡No! Tampoco somos fascistas, ni “abiertamente conservadores” como dijo Amanda. Es más, yo podría asegurar que si me hubiese encontrado con esta exposición con un nombre distinto, hubiera salido del recinto solo decepcionado, mas no molesto. Porque, señores, que no niegue que son artistas tampoco implica que afirme que son buenos. Y que quede claro que asimismo comparto opinión con Ulises Castellanos cuando digo que probablemente (si, probablemente) hubo un conflicto de interés al momento de premiar a Diego Berruecos.

   Aquí lo que ayer aconteció en la última presentación de autores en el Centro de la Imagen.

   Daniela Bojórquez, que, por cierto, es mi absoluta favorita de esta Bienal, abrió esclareciendo que ella no se burla de las personas que se toman fotos con el David, sino que solo los evidencia. Conto que ella quería transmitir esa sensación que la agobia, y a todos, de que “(…) cambiamos de registrar un lugar a registrarnos en él”. Igualmente, señalo que, en el mundo moderno, “cuando tratas de ver algo, esto desaparece”. Ambos puntos quedan claros con su obra, sin necesidad de justificar o de apoyarse en una ficha museográfica, por lo que su intervención en esta plática fue solo un plus. 

    En lo que a el respecta, Pancho Westendarp conto un poco más sobre su obra. Debo destacar que aunque sea visualmente agradable, su trabajo resulta en una pieza falta de foco y tema. Me parece que la faena no habla por sí misma y que requiere de una explicación. Al menos se puede decir que esta obra es fotográfica, y eso ya es ganancia en este caso; creo que si hubiese sido presentada como parte de la decoración de una habitación moderna, hubiese tenido mucho éxito; y digo esto de la manera menos despectiva posible, pues para hacer eso se requiere una sensibilidad equiparable al cualquier otro artista.

    El caso de Bruno Ruíz es desigual al de sus congéneres. Su pieza es, como dijo Domínguez, una intromisión en el museo y su ritmo. Resulta inútil agregar algo a su discurso, pues se acotó a contar las muchas fuentes de inspiración para su trabajo y a decir: “(…) no sé qué representa la traducción (de sacar periódicos de circulación y pegarlos en su obra) o que significa”.

   Criptica fue la participación de Omar Vega, que cometió lo que ya parece un pecado: citar a Walter Benjamin en un video donde, según él, explica (o ayudaba a explicar) su trabajo. La verdad yo quede bastante confundido sobre lo presentado. Me transmitió algo, pues el producto audiovisual estaba bien hecho, pero en definitiva no aclaro mis dudas. Aun así, Omar brillaría al final de la noche, cuando, entre otras cosas, desarrollo la idea de porque no se debe discriminar a un crítico por una actitud subjetiva, pues, dijo, todo el arte es subjetivo.

   Xavier Aguirre insto a superar el pensamiento positivista; intentar crear un mejor futuro; tratar de hacer que el groso de la población comprenda las obras sin necesidad de cuentos conceptuales (porque, de lo contrario, el arte se convierte en una herramienta del colonialismo, agrego); y, muy especialmente, a no tachar a nadie, critico o público como ignorante porque no le gusta tal o cual obra.

   Amanda de la Garza comentó: solo una cosa queda: “La materialidad de una fotografía no es su finalidad. La finalidad son las técnicas que se usan, pues estas hablan de algo”. Esto es absurdo, pues hace de la fotografía una suerte de performance, donde importa solo como se avientan pintura, no los manchones que quedan en el suelo. Son disciplinas distintas, con metas distintas.

   Contra lo que la crítica luchó todo este tiempo no fue contra el progreso artístico (si se puede hablar de ello) que se da en el centro, sino en contra del conservadurismo (subjetivo, pero con límites) que ostentaron como falsa bandera para atraer público: la fotografía. Muchos se hubiesen molestado si en la exposición impresionista, sabiendo lo que querían encontrar, se hubiesen topado un Bouguereau, no porque sea malo, sino porque estaría fuera de lugar. Determinarse como Bienal de Fotografía fue lo que orillo a este cataclismo. Que, como el arte, esto deje una huella indeleble en todos nosotros, y que nos orille a ser mejores personas y mejores artistas, de una forma, o de otra. 

 

Manuel Bayo*

Millennial, estudiante de fotografía (19 años, CDMX)

Nuestra tarea diaria será ofrecer aquí al futuro autor audiovisual y al público en general, así como a los fotógrafos en activo de habla hispana, un nuevo territorio de debate, reflexión, aprendizaje...

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